| |

Roma, 16.III.2003
Queridos hermanos y hermanas:
Vivimos trágicos tiempos de violencia y destrucción. A las 24 guerras en curso se está uniendo otra todavía más perturbadora para la humanidad entera. Tantas personas de buena voluntad de todas las religiones y condiciones sociales quieren disociarse de los propósitos de muerte, que ofenden a Dios y al hombre. Dicen: "Basta a la guerra! ¡Basta a la violencia! ¡Basta a los atropellos y a toda forma de terrorismo! ¡Basta al deseo desenfrenado de poder! ¡Basta a las injusticias y a los desequilibrios sociales que son la causa de toda discordia y división!"
Los franciscanos no podemos quedar en silencio, al margen de este movimiento por la vida. San Francisco nos pide que seamos artífices de paz dondequiera que vivamos.
* Con nuestra vida pacificada, armoniosa y re-centrada en Dios. Seremos portadores de paz cuando estemos pacificados dentro de nosotros mismos.
* Con nuestra presencia dialogante en medio de los hombres y mujeres de buena voluntad, yendo al encuentro de todos, amigos y enemigos, acogiendo y valorando todos los deseos de comunión. Cada hermano y cada Fraternidad deben encontrar los medios y los instrumentos para expresar este tipo de presencia en el ambiente donde viven.
* Con el ayuno y la penitencia. El hambre mata como la guerra y más que la guerra: debemos empeñarnos en una coparticipación fraterna. San Francisco nos recuerda que todo viene del único Dios, Padre de todos, y que debe compartirse todo con los otros, como simple deber de restitución. El ayuno orientado a Dios y a la condivisión es un instrumento de paz muy importante, pues nos ayuda a purificarnos de la avidez de poseer y de lo superfluo, que es siempre una forma de violencia respecto al pobre. El ayuno y la penitencia apoyan nuestra oración y acreditan nuestra palabra.
* Con el anuncio explícito de la paz, hecho en fraternidad con valentía y creatividad. Cada uno es responsable, en su propio ámbito y actividad, de este empeño y tiene el deber de anunciar la paz con la vida y con la palabra. San Francisco recuerda que el silencio puede ser culpable y que la inacción puede ser una ´vergüenzaª (cf. LP 84b). No podemos abandonarnos a una resignación estéril: el admirable ejemplo de Su Santidad Juan Pablo II debe incitarnos a usar todos los medios posibles para construir paz y reconciliación.
Hermanos y hermanas: Como franciscanos, estamos llamados a ser profetas de paz, hombres y mujeres que saben entrever y recorrer con las otras personas senderos de paz; que saben poner gestos fraternos de reconciliación y de comunión; testigos valientes del amor, pues el Dios de la paz no nos ha abandonado y toda semilla de fraternidad arrojada en el campo del mundo producirá sin duda fruto.
Profetas de paz que, con sabiduría evangélica, saben vivir y anunciar la esperanza cristiana, basada sobre la fidelidad de Dios al hombre, no obstante los tiempos críticos y difíciles que estamos viviendo. Debemos tener los ojos fijos en la misericordia del Padre, de la que todos somos deudores.
Como profetas, y como franciscanos, estamos llamados a vivir y a proclamar con sencillez evangélica esta misericordia del Padre a todos los hombres, ´malos y buenos, justos e injustosª (cf. Mt 5, 45). Sólo así podremos evitar toda forma de funtamentalismo, de terrorismo, de amenaza o de venganza, que se alimentan siempre de una visión parcial y reductora de la vida, con el riesgo de difundir terror, guerra y muerte en torno a nosotros.
La Virgen de la paz interceda por nosotros.
Dios, Padre nuestro: Tú ves nuestra tierra ensangrentada por tantas guerra y abatida por tantos sufrimientos; una vez más -y más que en el pasado- las víctimas del odio son civiles inocentes, mujeres y niños. Te presentamos este dolor como sacrificio que unimos al de tu Hijo en la Cruz por la redención del mundo.
¡Señor! Te pedimos el don de la paz. ¡Haz de todos nosotros instrumentos de tu paz!
Fray Giacomo Bini, ofm
Ministro general
|