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UNITATIS REDINTEGRATIO
DECRETO SOBRE EL ECUMENISMO
21.11.1964
PROEMIO
1. Promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno
de los fines principales que se ha propuesto el Sacrosanto Concilio Vaticano
II, puesto que única es la Iglesia fundada por Cristo Señor, aun cuando son
muchas las comuniones cristianas que se presentan a los hombres como la
herencia de Jesucristo. Los discípulos del Señor, como si Cristo mismo
estuviera dividido. División que abiertamente repugna a la voluntad de Cristo
y es piedra de escándalo para el mundo y obstáculo para la causa de la
difusión del Evangelio por todo el mundo.
Con todo, el Señor de los tiempos, que sabia y pacientemente prosigue su
voluntad de gracia para con nosotros los pecadores, en nuestros días ha
empezado a infundir con mayor abundancia en los cristianos separados entre sí
la compunción de espíritu y el anhelo de unión. Esta gracia ha llegado a
muchas almas dispersas por todo el mundo, e incluso entre nuestros hermanos
separados ha surgido, por el impuso del Espíritu Santo, un movimiento
dirigido a restaurar la unidad de todos los cristianos. En este movimiento de
unidad, llamado ecuménico, participan los que invocan al Dios Trino y
confiesan a Jesucristo como Señor y salvador, y esto lo hacen no solamente
por separado, sino también reunidos en asambleas en las que conocieron el
Evangelio y a las que cada grupo llama Iglesia suya y de Dios. Casi todos, sin
embargo, aunque de modo diverso, suspiran por una Iglesia de Dios única y
visible, que sea verdaderamente universal y enviada a todo el mundo, para que
el mundo se convierta al Evangelio y se salve para gloria de Dios.
Considerando, pues, este Sacrosanto Concilio con grato ánimo todos estos
problemas, una vez expuesta la doctrina sobre la Iglesia, impulsado por el
deseo de restablecer la unidad entre todos los discípulos de Cristo, quiere
proponer atodos los católicos los medios, los caminos y las formas por las
que puedan responder a este divina vocación y gracia.
Capítulo I
Principios Católicos Sobre El Ecumenismo
Unidad y unicidad de la Iglesia
2. La caridad de Dios hacia nosotros se manifestó en que el Hijo
Unigénito de Dios fue enviado al mundo por el Padre, para que, hecho hombre,
regenerara a todo el género humano con la redención y lo redujera a la
unidad. Cristo, antes de ofrecerse a sí mismo en el ara de la cruz, como
víctima inmaculada, oró al Padre por los creyentes, diciendo: "Que
todos sean uno, como Tú, Padre, estás en mi y yo en tí, para que también
ellos sean en nosotros, y el mundo crea que Tú me has enviado", e
instituyó en su Iglesia el admirable sacramento de la Eucaristía, por medio
del cual se significa y se realiza la unidad de la Iglesia. Impuso a sus
discípulos e mandato nuevo del amor mutuo y les prometió el Espíritu
Paráclito, que permanecería eternamente con ellos como Señor y vivificador.
Una vez que el Señor Jesús fue exaltado en la cruz y glorificado,
derramó el Espíritu que había prometido, por el cual llamó y congregó en
unidad de la fe, de la esperanza y de la caridad al pueblo del Nuevo
Testamento, que es la Iglesia, como enseña el Apóstol: "Un solo cuerpo
y un solo Espíritu, como habéis sido llamados en una esperanza, la de
vuestra vocación. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismos".
Puesto que "todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis
revestido de Cristo.... porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús".
El Espíritu Santo que habita en los creyentes, y llena y gobierna toda la
Iglesia, efectúa esa admirable unión de los fieles y los congrega tan
íntimamente a todos en Cristo, que El mismo es el principio de la unidad de
la Iglesia. El realiza la distribución de las gracias y de los ministerios,
enriqueciendo a la Iglesia de Jesucristo con la variedad de dones "para
la perfección consumada de los santosen orden a la obra del ministerio y a la
edificación del Cuerpo de Cristo".
Para el establecimiento de esta su santa Iglesia en todas partes y hasta el
fin de los tiempos, confió Jesucristo al Colegio de los Doce el oficio de
enseñar, de regir y de santificar. De entre ellos destacó a Pedro, sobre el
cual determinó edificar su Iglesia, después de exigirle la profesión de fe;
a él prometió las llaves del reino de los cielos y previa la manifestación
de su amor, le confió todas las ovejas, para que las confirmara en la fe y
las apacentara en la perfecta unidad, reservándose Jesucristo el ser El mismo
para siempre la piedra fundamental y el pastor de nuestras almas.
Jesucristo quiere que su pueblo se desarrolle por medio de la fiel
predicación del Evangelio, y la administración de los sacramentos, y por el
gobierno en el amor, efectuado todo ello por los Apóstoles y sus sucesores,
es decir, por los Obispos con su cabeza, el sucesor de Pedro, obrando el
Espíritu Santo; y realiza su comunión en la unidad, en la profesión de una
sola fe, en la común celebración del culto divino, y en la concordia
fraterna de la familia de Dios.
Así, la Iglesia, único rebaño de Dios como un lábaro alzado ante todos
los pueblos, comunicando el Evangelio de la paz a todo el género humano,
peregrina llena de esperanza hacia la patria celestial.
Este es el Sagrado misterio de la unidad de la Iglesia de Cristo y por
medio de Cristo, comunicando el Espíritu Santo la variedad de sus dones, El
modelo supremo y el principio de este misterio es la unidad de un solo Dios en
la Trinidad de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Relación de los hermanos separados con la Iglesia católica
3. En esta una y única Iglesia de Dios, ya desde los primeros tiempos, se
efectuaron algunas escisiones que el Apóstol condena con severidad, pero en
tiempos sucesivos surgieron discrepancias mayores, separándose de la plena
comunión de la Iglesia no pocas comunidades, a veces no sin responsabilidad
de ambas partes. pero los que ahora nacen y se nutren de la fe de Jesucristo
dentro de esas comunidades no pueden ser tenidos como responsables del pecado
de la separación, y la Iglesia católica los abraza con fraterno respeto y
amor; puesto que quienes creen en Cristo y recibieron el bautismo debidamente,
quedan constituidos en alguna comunión, aunque no sea perfecta, con la
Iglesia católica.
Efectivamente, por causa de las varias discrepancias existentes entre ellos
y la Iglesia católica, ya en cuanto a la doctrina, y a veces también en
cuanto a la disciplina, ya en lo relativo a la estructura de la Iglesia, se
interponen a la plena comunión eclesiástica no pocos obstáculos, a veces
muy graves, que el movimiento ecumenista trata de superar. Sin embargo,
justificados por la fe en el bautismo, quedan incorporados a Cristo y, por
tanto, reciben el nombre de cristianos con todo derecho y justamente son
reconocidos como hermanos en el Señor por los hijos de la Iglesia católica.
Es más: de entre el conjunto de elementos o bienes con que la Iglesia se
edifica y vive, algunos, o mejor, muchísimos y muy importantes pueden
encontrarse fuera del recinto visible de la Iglesia católica: la Palabra de
Dios escrita, la vida de la gracia, la fe, la esperanza y la caridad, y
algunos dones interiores del Espíritu Santo y elementos visibles; todo esto,
que proviene de Cristo y a El conduce, pertenece por derecho a la única
Iglesia de Cristo.
Los hermanos separados practican no pocos actos de culto de la religión
cristiana, los cuales, de varias formas, según la diversa condición de cada
Iglesia o comunidad, pueden, sin duda alguna, producir la vida de la gracia, y
hay que confesar que son aptos para dejar abierto el acceso a la comunión de
la salvación.
Por consiguiente, aunque creamos que las Iglesias y comunidades separadas
tienen sus defectos, no están desprovistas de sentido y de valor en el
misterio de la salvación, porque el Espíritu de Cristo no ha rehusado
servirse de ellas como medios de salvación, cuya virtud deriva de la misma
plenitud de la gracia y de la verdad que se confió a la Iglesia.
Los hermanos separados, sin embargo, ya particularmente, ya sus comunidades
y sus iglesias, no gozan de aquella unidad que Cristo quiso dar a los que
regeneró y vivificó en un cuerpo y en una vida nueva y que manifiestan la
Sagrada Escritura y la Tradición venerable de la Iglesia. Solamente por medio
de la Iglesia católica de Cristo, que es auxilio general de la salvación,
puede conseguirse la plenitud total de los medios salvíficos. Creemos que el
Señor entregó todos los bienes de la Nueva Alianza a un solo colegio
apostólico, a saber, el que preside Pedro, para constituir un solo Cuerpo de
Cristo en la tierra, al que tienen que incorporarse totalmente todos los que
de alguna manera pertenecen ya al Pueblo de Dios. Pueblo que durante su
peregrinación por la tierra, aunque permanezca sujeto al pecado, crece en
Cristo y es conducido suavemente por Dios, según sus inescrutables designios,
hasta que arribe gozoso a la total plenitud de la gloria eterna en la
Jerusalén celestial.
Ecumenismo
4. Hoy, en muchas partes del mundo, por inspiración del Espíritu Santo,
se hacen muchos intentos con la oración, la palabra y la acción para llegar
a aquella plenitud de unidad que quiere Jesucristo. Este Sacrosanto Concilio
exhorta a todos los fieles católicos a que, reconociendo los signos de los
tiempos, cooperen diligentemente en la empresa ecuménica.
Por "movimiento ecuménico" se entiende el conjunto de
actividades y de empresas que, conforme a las distintas necesidades de la
Iglesia y a las circunstancias de los tiempos, se suscitan y se ordenan a
favorecer la unidad de los cristianos.
Tales son, en primer lugar, todos los intentos de eliminar palabras,
juicios y actos que no sean conformes, según justicia y verdad, a la
condición de los hermanos separados, y que, por tanto, pueden hacer más
difíciles las mutuas relaciones en ellos; en segundo lugar, "el
diálogo" entablado entre peritos y técnicos en reuniones de cristianos
de las diversas Iglesias o comunidades, y celebradas en espíritu religioso.
En este diálogo expone cada uno, por su parte, con
toda profundidad la doctrina de su comunión, presentado claramente los
caracteres de la misma.
Por medio de este diálogo, todos adquieren un
conocimiento más auténtico y un aprecio más justo de la doctrina y de la
vida de cada comunión; en tercer lugar, las diversas comuniones consiguen una
más amplia colaboración en todas las obligaciones exigidas por toda
conciencia cristiana en orden al bien común y, en cuanto es posible,
participan en la oración unánime. Todos, finalmente, examinan su fidelidad a
la voluntad de Cristo con relación a la Iglesia y, como es debido, emprenden
animosos la obra de renovación y de reforma.
Todo esto, realizado prudente y pacientemente por los fieles de la Iglesia
católica, bajo la vigilancia de los pastores, conduce al bien de la equidad y
de la verdad, de la concordia y de la colaboración, del amor fraterno y de la
unión; para que poco a poco por esta vía, superados todos los obstáculos
que impiden la perfecta comunión eclesiástica, todos los cristianos se
congreguen en una única celebración de la Eucaristía, en orden a la unidad
de la una y única Iglesia, a la unidad que Cristo dio a su Iglesia desde un
principio, y que creemos subsiste indefectible en la Iglesia católica de los
siglos.
Es manifiesto, sin embargo, que la obra de preparación y reconciliación
individuales de los que desean la plena comunión católica se diferencia, por
su naturaleza, de la empresa ecumenista, pero no encierra oposición alguna,
ya que ambos proceden del admirable designio de Dios.
Los fieles católicos han de ser, sin duda, solícitos de los hermanos
separados en la acción ecumenista, orando por ellos, hablándoles de las
cosas de la Iglesia, dando los primeros pasos hacia ellos. Pero deben
considerar también por su parte con ánimo sincero y diligente, lo que hay
que renovar y corregir en la misma familia católica, para que su vida dé
más fiel y claro testimonio de la doctrina y de las normas dadas por Cristo a
través de los Apóstoles.
Pues, aunque la Iglesia católica posea toda la verdad revelada por Dios, y
todos los medios de la gracia, sin embargo, sus miembros no la viven
consecuentemente con todo el fervor, hasta el punto que la faz de la Iglesia
resplandece menos ante los ojos de nuestros hermanos separados y de todo el
mundo, retardándose con ello el crecimiento del reino de Dios.
Por tanto, todos los católicos deben tender a la perfección cristiana y
esforzarse cada uno según su condición para que la Iglesia, portadora de la
humildad y de la pasión de Jesús en su cuerpo, se purifique y se renueve de
día en día, hasta que Cristo se la presente a sí mismo gloriosa, sin mancha
ni arruga.
Guardando la unidad en lo necesario, todos en la Iglesia, cada uno según
el cometido que le ha sido dado, observen la debida libertad, tanto en las
diversas formas de vida espiritual y de disciplina como en la diversidad de
ritos litúrgicos, e incluso en la elaboración teológica de la verdad
revelada; pero en todo practiquen la caridad. Pues con este proceder
manifestarán cada día más plenamente la auténtica catolicidad y la
apostolicidad de la Iglesia.
Por otra parte, es necesario que los católicos, con gozo, reconozcan y
aprecien en su valor los tesoros verdaderamente cristianos que, procedentes
del patrimonio común, se encuentran en nuestros hermanos separados. Es justo
y saludable reconocer las riquezas de Cristo y las virtudes en la vida de
quienes dan testimonio de Cristo y, a veces, hasta el derramamiento de su
sangre, porque Dios es siempre admirable y digno de admiración en sus obras.
Ni hay que olvidar tampoco que todo lo que obra el Espíritu Santo en los
corazones de los hermanos separados puede conducir también a nuestra
edificación. Lo que de verdad es cristiano no puede oponerse en forma alguna
a los auténticos bienes de la fe, antes al contrario, siempre puede hacer que
se alcance más perfectamente el misterio mismo de Cristo y de la Iglesia.
Sin embargo, las divisiones de los cristianos impiden que la Iglesia lleve
a efecto su propia plenitud de catolicidad en aquellos hijos que, estando
verdaderamente incorporados a ella por el bautismo, están, sin embargo,
separados de su plena comunión. Más aún, a la misma Iglesia le resulta muy
difícil expresar, bajo todos los aspectos, en la realidad misma de la vida,
la plenitud de la catolicidad.
Este Sacrosanto Concilio advierte con gozo que la participación de los
fieles católicos en la acción ecumenista crece cada día, y la recomienda a
los Obispos de todo el mundo, para que la promuevan con diligencia y la
dirijan prudentemente.
Capítulo II
La Práctica Del Ecumenismo
La unión afecta a todos
5. El empeño por el restablecimiento de la unión corresponde a la Iglesia
entera, afecta tanto a los fieles como a los pastores, a cada uno según su
propio valor, ya en la vida cristiana diaria, ya en las investigaciones
teológicas e históricas. Este interés manifiesta la unión fraterna
existente ya de alguna manera entre todos los cristianos, y conduce a la plena
y perfecta unidad, según la benevolencia de Dios.
La reforma de la Iglesia
6. Puesto que toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en
el aumento de la fidelidad a su vocación, por eso, sin duda, hay un
movimiento que tiende hacia la unidad. Cristo llama a la Iglesia peregrinante
hacia una perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución
humana y terrena, tiene siempre necesidad hasta el punto de que si algunas
cosas fueron menos cuidadosamente observadas, bien por circunstancias
especiales, bien por costumbres, o por disciplina eclesiástica, o también
por formas de exponer la doctrina
— que debe cuidadosamente distinguirse
del mismo depósito de la fe
— , se restauren en el tiempo oportuno
recta y debidamente.
Esta reforma, pues, tiene una extraordinario importancia ecumenista. Muchas
de las formas de la vida de la Iglesia, por las que ya se va realizando esta
renovación — como el movimiento bíblico y
litúrgico, la predicación de la palabra de Dios y la catequesis, el
apostolado de los seglares, las nuevas formas de vida religiosa, la
espiritualidad del matrimonio, la doctrina y la actividad de la Iglesia en el
campo social
— , hay que recibirlas como prendas y
augurios quefelizmente presagian los futuros progresos del ecumenismo.
La conversión del corazón
7. El verdadero ecumenismo no puede darse sin la conversión interior. En
efecto, los deseos de la unidad surgen y maduran de la renovación del alma,
de la abnegación de sí mismo y de la efusión generosa de la caridad. Por
eso tenemos que implorar del Espíritu Santo la gracia de la abnegación
sincera, de la humildad y de la mansedumbre en nuestros servicios y de la
fraterna generosidad del alma para con los demás. "Así, pues, os
exhorto yo
— dice el Apóstol a las Gentes
— , preso en el Señor, a andar de una
manera digna de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad,
mansedumbre y longanimidad, soportándoos los unos a los otros con caridad,
solícitos de conservar la unidad del espíritu mediante el vínculo de la
paz" (Ef., 4,1-3). Esta exhortación se refiere, sobre todo, a los
que han sido investidos del orden sagrado, para continuar la misión de
Cristo, que "vino no a ser servido, sino a servir" entre nosotros.
A las faltas contra la unidad pueden aplicarse las palabras de San Juan:
" Si decimos que no hemos pecado, hacemos a Dios mentiroso, y su palabra
no está en nosotros". Humildemente, pues, pedimos perdón a Dios y a los
hermanos separados, como nosotros perdonamos a quienes nos hayan ofendido.
Recuerden todos los fieles, que tanto mejor promoverán y realizarán la
unión de los cristianos, cuanto más se esfuercen en llevar una vida más
pura, según el Evangelio. Porque cuanto más se unan en estrecha comunión
con el Padre, con el Verbo y con el Espíritu, tanto más íntima y
fácilmente podrán acrecentar la mutua hermandad.
La oración unánime
8. Esta conversión del corazón y santidad de vida, juntamente con las
oraciones privadas y públicas por la unidad de los cristianos, han de
considerarse como el alma de todo el movimiento ecuménico, y con razón puede
llamarse ecumenismo espiritual.
Es frecuente entre los católicos concurrir a la oración por la unidad de
la Iglesia, que el mismo Salvador dirigió enardecido al Padre en vísperas de
su muerte: "Que todos sean uno".
En ciertas circunstancias especiales, como sucede cuando se ordenan
oraciones "por la unidad", y en las asambleas ecumenistas es
lícito, más aún, es de desear que los católicos se unan en la oración con
los hermanos separados. Tales preces comunes son un medio muy eficaz para
impetrar la gracia de la unidad y la expresión genuina de los vínculos con
que estánunidos los católicos con los hermanos separados: "Pues donde
hay dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de
ellos".
Sin embargo, no es lícito considerar la comunicación en las funciones
sagradas como medio que pueda usarse indiscriminadamente para restablecer la
unidad de los cristianos. Esta comunicación depende, sobre todo, de dos
principios: de la significación de la unidad de la Iglesia y de la
participación en los medios de la gracia.
La significación de la unidad prohíbe de ordinario la comunicación. La
consecución de la gracia algunas veces la recomienda. La autoridad episcopal
local ha de determinar prudentemente el modo de obrar en concreto, atendidas
las circunstancias de tiempo, lugar y personas, a no ser que la Conferencia
episcopal, a tenor de sus propios estatutos, o la Santa Sede provean de otro
modo.
El conocimiento mutuo de los hermanos
9. Conviene conocer la disposición de ánimo de los hermanos separados.
Para ello se necesita el estudio que hay que realizar con un alma benévola
guiada por la verdad. Es preciso que los católicos, debidamente preparados,
adquieran mejor conocimiento de la doctrina y de la historia de la vida
espiritual y cultural, de la psicología religiosa y de la cultura peculiares
de los hermanos.
Para lograrlo, ayudan mucho por ambas partes las reuniones destinadas a
tratar, sobre todo, cuestiones teológicas, donde cada uno pueda tratar a los
demás de igual a igual, con tal que los que toman parte, bajo la vigilancia
de los prelados, sean verdaderamente peritos. De tal diálogo puede incluso
esclarecerse más cuál sea la verdadera naturaleza de la Iglesia católica.
De esta forma conoceremos mejor el pensamiento de los hermanos separados y
nuestra fe aparecerá entre ellos más claramente expresada.
La formación ecumenista
10. Es necesario que las instituciones de la sagrada teología y de las
otras disciplinas, sobre todo, históricas, se expliquen también en sentido
ecuménico, para que respondan lo más posible a la realidad.
Es muy conveniente que los que han de ser pastores y sacerdotes se imbuyan
de la teología elaborada de esta forma, con sumo cuidado, y no
polémicamente, máxime en lo que respecta a las relaciones de los hermanos
separados para con la Iglesia católica, ya que de la formación de los
sacerdotes, sobre todo, depende la necesaria instrucción y
formaciónespiritual de los fieles y de los religiosos.
Es también conveniente que los católicos, empeñados en obras misioneras
en las mismas tierras en que hay también otros cristianos, conozcan hoy,
sobre todo, los problemas y los frutos que surgen del ecumenismo en su
apostolado.
La forma de expresar y de exponer la doctrina de la fe
11. En ningún caso debe ser obstáculo para el diálogo con los hermanos
del sistema de exposición de la fe católica. Es totalmente necesario que se
exponga con claridad toda la doctrina. nada es tan ajeno al ecumenismo como el
falso irenismo, que pretendiera desvirtuar la pureza de la doctrina católica
y obscurecer su genuino y verdadero sentido.
La fe católica hay que exponerla al mismo tiempo con más profundidad y
con más rectitud, para que tanto por la forma como por las palabras pueda ser
cabalmente comprendida también por los hermanos separados.
Finalmente, en el diálogo ecumenista los teólogos católicos, bien
imbuidos de la doctrina de la Iglesia, al tratar con los hermanos separados de
investigar los divinos misterios, deben proceder con amor a la verdad, con
caridad y con humildad. Al confrontar las doctrinas no olviden que hay un
orden o "jerarquía" de las verdades en la doctrina católica, por
ser diversa su conexión con el fundamente de la fe cristiana. De esta forma
se preparará el camino por donde todos se estimulen a proseguir con esta
fraterna emulación hacia un conocimiento más profundo y una exposición más
clara de las incalculables riquezas de Cristo (Cf. Ef., 3,8).
La cooperación con los hermanos separados
12. Todos los cristianos deben confesar delante del mundo entero su fe en
Dios uno y trino, en el Hijo de Dios encarnado, Redentor y Señor nuestro, y
con empeño común en su mutuo aprecio den testimonio de nuestra esperanza,
que no confunde.
Como en estos tiempos se exige una colaboración amplísima en el campo
social, todos los hombres son llamados a esta empresa común, sobre todo los
que creen en Dios y aún más singularmente todos los cristianos, por verse
honrados con el nombre de Cristo.
La cooperación de todos los cristianos expresa vivamente la unión con la
que ya están vinculados y presenta con luz más radiante la imagen de Cristo
Siervo. Esta cooperación, establecida ya en no pocas naciones, debe ir
perfeccionándose más y más, sobre todo en las regiones desarrolladas social
y técnicamente, ya en el justo aprecio de la dignidad de la persona humana,
ya procurando el bien de la paz, ya en laaplicación social del Evangelio, ya
en el progreso de las ciencias y de las artes, con espíritu cristiano, ya en
la aplicación de cualquier género de remedio contra los infortunios de
nuestros tiempos, como son el hambre y las calamidades, el analfabetismo y la
miseria, la escasez de viviendas y la distribución injusta de las riquezas.
Por medio de esta cooperación podrán advertir fácilmente todos los que
creen en Cristo cómo pueden conocerse mejor unos a otros, apreciando más y
cómo se allana el camino para la unidad de los cristianos.
Capítulo III
Las Iglesias y las Comunidades Eclesiales
SEPARADAS DE LA SEDE APOSTLICA ROMANA
13. Nuestra atención se fija en las dos categorías principales de
escisiones que afectan a la túnica inconsútil de Cristo.
Las primeras tuvieron lugar en el Oriente, a resultas de las declaraciones
dogmáticas de los concilios de Efeso y de Calcedonia, y en tiempos
posteriores por la ruptura de la comunidad eclesiástica entre los patriarcas
orientales y la Sede Romana.
Más de cuatro siglos después sobrevienen otras en las misma Iglesia de
Occidente, como secuela de los acontecimientos que ordinariamente se designan
con el nombre de reforma. Desde entonces, muchas comuniones nacionales o
confesionales quedaron disgregadas de la Sede Romana. Entre las que conservan,
en parte, las tradiciones y las estructuras católicas, ocupa lugar especial
la comunión anglicana.
Hay, sin embargo, diferencias muy notables en estos diversos grupos no
sólo por razón de su origen, lugar y tiempo, sino especialmente por la
naturaleza y gravedad de los problemas pertinentes a la fe y a la estructura
eclesiástica.
Por ello, este Sacrosanto Concilio, valorando escrupulosamente las diversas
condiciones de cada uno de los grupos cristianos, y teniendo en cuenta los
vínculos existentes entre ellas, a pesar de su división, determina proponer
las siguientes consideraciones para llevar a cabo una prudente acción
ecumenista.
I. Consideración Particular
de las Iglesia Orientales
Carácter e historia propia de los orientales
14. Las Iglesias del Oriente y del Occidente, durante muchos siglos
siguieron su propio camino unidas en la comunión fraterna de la fe y de la
vida sacramental, siendo la Sede Romana, con el consentimiento común,
árbitro si surgía entre ellas algún disentimiento en cuenta a la fe y a la
disciplina. El Sacrosanto Concilio se complace en recordar, entre otras cosas
importantes, que existen en Oriente muchas Iglesias particulares o locales,
entre las cuales ocupan el primer lugar las Iglesias patriarcales, y de los
cuales no pocas traen origen de los mismos Apóstoles.
Por este motivo han prevalecido y prevalece entre los orientales el empeño
y el interés de conservar aquellas relaciones fraternas en la comunión de la
fe y de la caridad, que deben observarse entre las Iglesias locales como entre
hermanas.
No debe olvidarse tampoco que las Iglesias del Oriente tienen desde el
principio un tesoro del que tomó la Iglesia del Occidente muchas cosas en la
Liturgia, en la tradición espiritual y en el ordenamiento jurídico. Y es de
sumo interés el que los dogmas fundamentales de la fe cristiana, el de la
Trinidad, el del Hijo de Dios hecho carne de la Virgen Madre de Dios, quedaron
definidos en concilio ecuménicos celebrados en el Oriente. Aquellas Iglesias
han sufrido y sufren mucho por la conservación de esta fe.
La herencia transmitida por los Apóstoles fue recibida de diversas formas
y maneras y, en consecuencia, desde los orígenes mismos de la Iglesia fue
explicada diversamente en una y otra parte por la diversidad del carácter y
de las condiciones de la vida. Todo ello, a más de las causas externas, por
la falta de comprensión y de caridad, motivó las separaciones.
Por lo cual el Sacrosanto Concilio exhorta a todos, pero especialmente a
quienes han de trabajar por restablecer la plena comunión entra las Iglesias
orientales y la Iglesia católica, que tengan las debidas consideraciones a la
especial condición de las Iglesias que nacen y se desarrollan en el Oriente,
así como a la índole de las relaciones que existían entre ellas y la Sede
Romana antes de la separación, y que seformen una opinión recta de todo
ello; observar esto cuidadosamente servirá muchísimo para el pretendido
diálogo.
La tradición litúrgica y espiritual de los orientales
15. Todos conocen con cuánto amor los cristianos orientales celebran el
culto litúrgico, sobre todo la celebración eucarística, fuente de la vida
de la Iglesia y prenda de la gloria futura, por la cual los fieles unidos a su
Obispo, teniendo acogida ante Dios Padre por su Hijo el Verbo encarnado,
muerto y glorificado en la efusión del Espíritu Santo, consiguen la
comunión con la Santísima Trinidad, hechos "partícipes de la
naturaleza divina". Consiguientemente, por la celebración de la
Eucaristía del Señor en cada una de estas Iglesias, se edifica y crece la
Iglesia de Dios, y por la concelebración se manifiesta la comunión entre
ellas.
En este culto litúrgico los orientales ensalzan con hermosos himnos a
María, siempre Virgen, a quien el Concilio Ecuménico de Efeso, proclamó
solemnemente Santísima Madre de Dios, para que Cristo fuera reconocido como
Hijo de Dios e Hijo del hombre, según las Escrituras, y honran también a
muchos santos, entre ellos a los Padres de la Iglesia universal. Puesto que
estas Iglesias, aunque separadas, tienen verdaderos sacramentos y, sobre todo
por su sucesión apostólica, el sacerdocio y la Eucaristía, por los que se
unen a nosotros con vínculos estrechísimos, no solamente es posible, sino
que se aconseja, alguna comunicación con ellos en las funciones sagradas en
circunstancias oportunas y aprobándolo la autoridad eclesiástica. También
se encuentran en el Oriente las riquezas de aquellas tradiciones espirituales
que creó, sobre todo, el monaquismo. Allí, pues, desde los primeros tiempos
gloriosos de los santo Padres floreció la espiritualidad monástica, que se
extendió luego a los pueblos occidentales. De ella procede, como de su
fuente, la institución religiosa de los latinos, que aún después tomó
nuevo vigor en el Oriente. Por lo cual se recomienda encarecidamente a los
católicos que acudan con mayor frecuencia a estas riquezas espirituales de
los Padres del Oriente, que levantan a todo hombre a la contemplación de lo
divino.
Tengan todos presente que el conocer, venerar, conservar y favorecer el
riquísimo patrimonio litúrgico y espiritual de los orientales es de una gran
importancia para conservar fielmente la plenitud de la tradición cristiana y
para conseguir la reconciliación de los cristianos orientales y occidentales.
Disciplina propia de los orientales
16. Las Iglesias del Oriente, además, desde los primeros tiempos seguían
las disciplinas propias sancionadas por los santos Padres y por los concilios,
incluso ecuménicos. No poniéndose a la unidad de la Iglesia una cierta
variedad de ritos y costumbres, sino acrecentando más bien su hermosura y
contribuyendo al más exacto cumplimiento de su misión como antes hemos
dicho, el Sacrosanto Concilio, para disipar todo temor declara que las
Iglesias orientales, conscientes de la necesaria unidad de toda la Iglesia,
tienen el derecho y la obligación de regirse según sus propias ordenaciones,
puesto que son más acomodadas a la idiosincrasia de sus fieles y más
adecuadas para promover el bien de sus almas. No siempre, es verdad, se ha
observado bien este principio tradicional, pero su observancia es una
condición previa absolutamente necesaria para el restablecimiento de la
unión.
Carácter propio de los orientales en la exposición de los misterios
17. Lo que antes hemos dicho acerca de la legítima diversidad, nos es
grato repetirlo también de la diversa exposición de la doctrina teológica,
puesto que en el Oriente y en el Occidente se han seguido diversos pasos y
métodos en la investigación de la verdad revelada y en el reconocimiento y
exposición de lo divino. No hay que sorprenderse, pues, de que algunos
aspectos del misterio revelado a veces se hayan captado mejor y se hayan
expuesto con más claridad por unos que por otros, de manera que hemos de
declarar que las diversas fórmulas teológicas, más bien que oponerse entre
sí, se completan y perfeccionan unas a otras. En cuanto a las auténticas
tradiciones teológicas de los orientales, hay que reconocer que radican de
una modo manifiesto en la Sagrada Escritura, se fomentan y se vigorizan con la
vida litúrgica, se nutren de la viva tradición apostólica y de las
enseñanzas de los Padres orientales y de los autores eclesiásticos hacia una
recta ordenación de la vida; más aún, tienden hacia una contemplación
cabal de la verdad cristiana. Este Sacrosanto Concilio declara que todo este
patrimonio espiritual y litúrgico, disciplinar y teológico, en sus diversas
tradiciones, pertenece a la plena catolicidad y apostolicidad de la Iglesia,
dando gracias a Dios, porque muchos orientales, hijos de la Iglesia católica,
que conservan esta herencia y ansían vivirla en su plena pureza e integridad,
viven ya en comunión perfecta con los hermanos que practican la tradición
occidental.
Conclusión
18. Bien considerado todo lo que precede, este Sacrosanto Concilio renueva
solemnemente todo lo que han declarado los sacrosantos concilios anteriores y
los Romanos Pontífices; a saber, que para el restablecimiento y mantenimiento
de la comunión y de la unidad es preciso "no imponer ninguna otra carga
más que la necesaria" (Act., 15,28). Desea, asimismo,
vehementemente, que en adelante se dirijan todos los esfuerzos en los varios
institutos y formas de vida de la Iglesia, sobre todo en la oración y en el
diálogo fraterno acerca de la doctrina y de las necesidades más urgentes del
cargo pastoral en nuestros días y se encaucen para lograr paulatinamente la
comunión. De igual manera recomienda a los pastores y a los fieles de la
Iglesia católica estrecha amistad con quienes pasan la vida no ya en Oriente,
sino lejos de la patria para incrementar la colaboración fraterna con ellos
con espíritu de caridad, dejando todo ánimo de controversia y de emulación.
Si llega a ponerse toda el alma en esta empresa, este Sacrosanto Concilio
espera que, derrocado todo muro que separa la Iglesia occidental y la
oriental, se hará una sola morada, cuya piedra angular es Cristo Jesús, que
hará de las dos una sola cosa.
II. Las Iglesias y Comunidades Eclesiales separadas en Occidente
Condición propia de estas comunidades
19. Las Iglesias y comunidades eclesiales que se disgregaron de la Sede
Apostólica Romana, bien en aquella gravísima perturbación que comenzó en
el Occidente ya a finales de la Edad Media, bien en tiempos sucesivos, están
unidas con la Iglesia católica por una afinidad de lazos y obligaciones
peculiares por haber desarrollado en los tiempos pasados una vida cristiana
multisecular en comunión eclesiástica.
Puesto que estas Iglesias y comunidades eclesiales por la diversidad de su
origen, de su doctrina y de su vida espiritual, discrepan bastante no
solamente de nosotros, sino también entre sí, es tarea muy difícil
describirlas cumplidamente, cosa que no pretendemos hacer aquí.
Aunque todavía no es universal el movimiento ecuménico y el deseo de
armonía con la Iglesia católica, abrigamos, no obstante, la esperanza de que
este sentimiento ecuménico y el mutuo aprecio irán imponiéndose poco a poco
en todos.
Hay que reconocer, ciertamente que entre estas Iglesias y comunidades y la
Iglesia católica hay discrepancias esenciales no sólo de índole histórica,
sociológica, psicológica y cultural, sino, ante todo, de interpretación de
la verdad revelada. Mas para que, a pesar de estas dificultades, pueda
entablarse más fácilmente el diálogo ecuménico, en los siguientes
párrafos trataremos de ofrecer algunos puntos que pueden y deben ser
fundamento y estímulo para este diálogo.
La confesión de Cristo
20. Nuestra atención se dirige, ante todo, a los cristianos que reconocen
públicamente a Jesucristo como Dios y Señor y Mediador único entre Dios y
los hombres, para gloria del único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Sabemos que existen graves divergencias entre la doctrina de estos cristianos
y la doctrina de la Iglesia católica aun respecto a Cristo, Verbo de Dios
encarnado, de la obra de la redención y, por consiguiente, del misterio y
ministerio de la Iglesia y de la función de María en la obra de la
salvación. Nos gozamos, sin embargo, viendo a los hermanos separados tender
hacia Cristo, como fuente y centro de la comunión eclesiástica. Movidos por
el deseo de la unión con Cristo, se sienten impulsados a buscar más y más
la unidad y también a dar testimonio de su fe delante de todo el mundo.
Estudio de la Sagrada Escritura
21. El amor y la veneración y casi culto a las Sagradas Escrituras
conducen a nuestros hermanos separados el estudio constante y solícito de la
Biblia, pues el Evangelio "es poder de Dios para la salud de todo el que
cree, del judío primero, pero también del griego" (Rom., 1,16).
Invocando al Espíritu Santo, buscan en las Escrituras a Dios, que, en
cierto modo, les habla en Cristo, preanunciado por los profetas, Verbo de Dios
encarnado por nosotros. En ellas contemplan la vida de Cristo y cuanto el
divino Maestro enseñó y realizó para la salvación de los hombres, sobre
todo los misterios de su muerte y de su resurrección.
Pero cuando los hermanos separados reconocen la autoridad divina de los
sagrados libros sienten -cada uno a su manera- diversamente de nosotros en
cuanto a la relación entre las Escrituras y la Iglesia, en la cual, según la
fe católica, el magisterio auténtico tiene un lugar especial en orden a la
exposición y predicación de la palabra de Dios escrita.
Sin embargo, las Sagradas Escrituras son, en el diálogo mismo,
instrumentos preciosos en la mano poderosa de Dios para lograr aquella unidad
que el Salvador presenta a todos los hombres.
La vida sacramental
22. Por el sacramento del bautismo, debidamente administrado según la
institución del Señor, y recibido con la requerida disposición del alma, el
hombre se incorpora realmente a Cristo crucificado y glorioso y se regenera
para el consorcio de la vida divina, según las palabras del Apóstol:
"Con El fuisteis sepultados en el bautismo, y en El, asimismo, fuisteis
resucitados por la fe en el poder de Dios, que lo resucitó de entre los
muertos" (Col., 2,12; Rom., 6,4).
El bautismo, por tanto, constituye un poderoso vínculo sacramental de
unidad entre todos los que con él se han regenerado. Sin embargo, el bautismo
por sí mismo es tan sólo un principio y un comienzo, porque todo él se
dirige a la consecución de la plenitud de la vida en Cristo. Así, pues, el
bautismo se ordena a la profesión íntegra de la fe, a la plena
incorporación, a los medios de salvación determinados por Cristo y,
finalmente, a la íntegra incorporación en la comunión eucarística.
Las comunidades eclesiales separadas, aunque les falte esa unidad plena con
nosotros que dimana del bautismo, y aunque creamos que, sobre todo por la
carencia del sacramentodel orden, no han conservado la genuina e íntegra
sustancia del misterio eucarístico, sin embargo, mientras conmemoran en la
santa cena la muerte y la resurrección del Señor, profesan que en la
comunión de Cristo se representa la vida y esperan su glorioso advenimiento.
Por consiguiente, la doctrina sobre la cena del Señor, sobre los demás
sacramentos, sobre el culto y los misterios de la Iglesia deben ser objeto de
diálogo.
La vida con Cristo
23. La vida cristiana de estos hermanos se nutre de la fe e cristo y se
robustece con la gracia del bautismo y con la palabra de Dios oída. Se
manifiesta en la oración privada, en la meditación bíblica, en la vida de
la familia cristiana, en el culto de la comunidad congregada para alabar a
Dios. Por lo demás, su culto muchas veces presenta elementos claros de la
antigua Liturgia común.
La fe por la cual se cree en Cristo produce frutos de alabanza y de acción
de gracias por los beneficios recibidos de Dios; únesele también un vivo
sentimiento de justicia y una sincera caridad para con el prójimo. Esta fe
laboriosa ha producido no pocas instituciones para socorrer la miseria
espiritual y corporal, para perfeccionar la educación de la juventud, para
hacer más llevaderas las condiciones sociales de la vida, para establecer la
paz en el mundo.
Pero si muchos cristianos no entienden siempre el Evangelio en su aspecto
moral, en la misma manera que los católicos, ni admiten las mismas soluciones
a los problemas más complicados de la sociedad moderna, no obstante quieren
seguir, lo mismo que nosotros, la palabra de Cristo, como fuente de virtud
cristiana, y obedecer al precepto del Apóstol: "Todo cuanto hacéis de
palabra o de obra, hacedlo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a
Dios Padre por El" (Col., 3,17). De aquí puede surgir el diálogo
ecuménico sobre la aplicación moral del Evangelio
Conclusión
24. Expuestas brevemente las condiciones en que se desarrolla la acción
ecuménica y los principios por los que se debe regir, dirigimos confiadamente
nuestra mirada al futuro. Este Sagrado Concilio exhorta a los fieles a que se
abstengan de toda ligereza o imprudente celo, que podrían perjudicar al
progreso de la unidad. Su acción ecuménica ha de ser plena y sinceramente
católica, es decir, fiel a la verdad recibida de los Apóstoles y de los
Padres y conforme a la fe, que siempre ha profesado la Iglesia católica,
tendiendo constantemente hacia la plenitud con que el Señor desea que se
perfeccione su Cuerpo en el decurso de los tiempos.
Este Sagrada Concilio desea ardientemente que los proyectos de los fieles
católicos progresen en unión con los proyectos de los hermanos separados,
sin que se pongan obstáculos a los caminos de la Providencia y sin prejuicios
contra los impulsos que puedan venir del Espíritu Santo.Además, se declara
conocedor de que este santo propósito de reconciliar a todos los cristianos
en la unidad de la única Iglesia de Jesucristo excede las fuerzas y la
capacidad humana. Por eso pone toda su esperanza en la oración de Cristo por
la Iglesia, en el amor del Padre para con nosotros, en la virtud del Espíritu
Santo. "Y la esperanza no quedará fallida, pues el amor de Dios se ha
derramado en nuestros corazones por la virtud del Espíritu Santo, que nos ha
sido dado" (Cf.Rom., 5,5).
Todas y cada una de las cosas contenidas en este Decreto han obtenido el
beneplácito de los Padres del Sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud de la
potestad apostólica recibida de Cristo, juntamente con los Venerables Padres,
las aprobamos, decretamos y establecemos en el Espíritu Santo, y mandamos que
lo así decidido conciliarmente sea promulgado para gloria de Dios.
Roma, en San Pedro, 21 de noviembre de 1964.
Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia Católica
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