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 EL DIÁLOGO,
 CAMINO PARA LA PAZ

Con San Francisco, empezar sin demora la paz

Nutrimos respecto a la paz, sobre todo en estos días, espera y esperanza, y oramos por la paz. Convencidos de que la paz está en manos de otros, nuestra esperanza y nuestra espera de paz se dirigen a los poderosos del mundo y pedimos a Dios que infunda voluntad de paz en sus corazones. Pero Francisco nos enseña que la paz podemos empezarla nosotros. Francisco conoce en primera persona el itinerario que lleva de la guerra a la paz.

En su juventud aspiraba a la nobleza caballeresca y estaba convencido de poder construirse un futuro honroso enrolándose en una empresa de guerra: ése era, para él, el camino del triunfo y del poder. Convencido de haber encontrado en el capitán guerrero al señor que le aseguraría el triunfo, y mientras se preparaba para ir al campo de batalla en la Apulia, una voz le pregunta con insistencia: «¿Qué es mejor, servir al siervo o al señor?». Entonces se da cuenta de que el señor de la guerra es un esclavo y, siguiendo aquella voz misteriosa, regresa a su tierra natal. Allí, en San Damián, encuentra al verdadero Señor: el Crucifijo viviente, con los ojos abiertos, que le indica el camino que dará sentido a su vida y vitalidad a la Iglesia. Abandonando la guerra y siguiendo al Crucifijo, San Francisco encuentra la paz y repara la Iglesia.

Una segunda experiencia relacionada con la paz la vivió Francisco con ocasión de las cruzadas contra el gran enemigo: el Sultán. En sus relaciones con el islam, Francisco sigue una lógica completamente distinta de la de los promotores de las cruzadas. Siente que no es con la fuerza como pueden resolverse las relaciones con el «enemigo» tradicional. El «estatus» de enemigo no encuentra espacio en su alma. Lo que le impulsa es el amor a cuantos llevan impresa la imagen de Dios creador, y se siente enviado no por un hombre sino por el Señor. Debe superar muchas dificultades para lograr pasar del campo armado al del diálogo pacificador.

Los relatos de las fuentes sobre el encuentro de Francisco con el Sultán nos sitúan en una atmósfera paradisíaca y escatológica: los representantes de dos grandes civilizaciones y de dos religiones en guerra mutua se hablan con cordialidad y amabilidad, y no intercambian meros gestos de cortesía, sino que hablan de su fe y de su experiencia religiosa. Francisco se da cuenta de haber acertado creyendo en el bien presente en el Sultán y en su fe, y descubre no sólo que los musulmanes han sido creados por Dios y redimidos por Cristo, sino también que son hombres de oración. Esta experiencia la conservará como un tesoro y, a su regreso, escribirá a las autoridades de los pueblos pidiéndoles que envíen todas las tardes a un mensajero o que encuentren otro medio para invitar a todo el pueblo a proclamar las alabanzas del Señor. Por su parte, el Sultán quiere despedir al extraño y simpático huésped ofreciéndole dones que éste rechaza tanto para sí como para los pobres y las iglesias de los cristianos: la pobreza y la simplicidad le llevaron al Sultán y regresa con ellas, sin dejarse contaminar por ventajas o privilegios.

El itinerario de paz de Francisco puede esquematizarse en tres etapas, marcadas por el derribo de tres muros. Abrazando y besando al leproso derribó el muro de la autodefensa personal que ve en el otro a un enemigo o un peligro o un riesgo. El segundo muro es el de querer separar a los buenos de los malos, marginando a estos últimos. Para Francisco los ladrones no deben ser expulsados de mala manera de los conventos por los frailes, sino que éstos deben prestarles ayuda; una vez que un fraile expulsó bruscamente a unos ladrones, lo envió a buscarlos para que les diera pan blanco y buen vino y les llamara en alta voz: «Hermanos ladrones». El tercer muro, quizás el más enraizado en el sentir común, es el religioso. Se justifica en una visión maniquea de la vida, que divide netamente a los buenos, identificados con los cristianos y con quienes conservan la fe ortodoxa, y a los malos, identificados con los no cristianos y con los herejes. Esta división es la más profunda, pues se la justifica con motivos de carácter religioso y asume frecuentemente tanta intensidad que legitima el recurso a la fuerza para defender la verdad.

No tiene nada de extraño que, tras haber abatido estos tres muros, Francisco se convierta en un pacificador de personas y de ciudades. Y también sus frailes, en la vida de fraternidad y en la evangelización, deben ante todo ser pacíficos y evitar contiendas y disputas. Quienes van entre sarracenos deben antes que nada someterse a sus autoridades y a sus leyes: es una actitud de paz y de respeto que hará creíbles su testimonio y su anuncio.

La paz deriva de una relación justa con las cosas, mientras que las guerras nacen de la voluntad de apoderarse de ellas. Francisco encontró su punto exacto en la creación descubriendo a Dios como único Padre y viendo en todos los seres a hermanos y hermanas. Con su pobreza empezó un mundo de paz.

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