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Francisco,¿por qué a ti? Giacomo Bini OFM |
Nadie duda de la actualidad y de la capacidad de atracción del mensaje evangélico que san Francisco encarnó hace ocho siglos. El testimonio del Pobrecillo rebasa las fronteras de su época y de su cultura. Parece imposible recluir al Santo de Asís en una confesión religiosa o, menos aún, interpretarlo como una «propiedad privada» de sus seguidores. Se trata de una experiencia espiritual con un dinamismo singular y con un atractivo que no puede circunscribirse a una época histórica o a un grupo particular. Cuando se intenta encerrar su mensaje en definiciones y se cree haberlo formulado y comprendido plenamente, estalla su riqueza con contenidos insospechados y de maneras nuevas y sorprendentes. La aparición, a lo largo de los siglos, de numerosas familias religiosas y de grupos que se remiten a su carisma, así como los distintos intentos de «reforma» de las órdenes franciscanas, son una señal evidente de esta riqueza e inquietud. Se trata de un mensaje, de una espiritualidad que reivindica su libertad, su alegría de vivir. Parece encontrar su casa sólo cuando no tiene casa propia. Desde que se desnudó en presencia del obispo y de sus conciudadanos, en la plaza de Asís, y restituyó todo a su padre exclamando: «Desde ahora diré con libertad: "Padre nuestro que estás en los cielos" y no padre Pedro Bernardone», Francisco y su mensaje no soportan ninguna esclavitud. Ningún vestido será de su talla. «¿Por qué a ti? ¿Por qué todo el mundo va detrás de ti y no parece sino que todos pugnan por verte, oírte y obedecerte? ¿Por qué a ti?» (Flor 10). La pregunta de fray Maseo a Francisco recibiría hoy muchas respuestas distintas: por el espíritu poético, por el amor a la naturaleza y a las criaturas, por el compartir entrañable con los más pobres, por la capacidad de reconciliar y de pacificar... Podrían añadirse otras. Mejor dicho, cada siglo tiene su lista de respuestas. Cada uno de los cientos de institutos o familias franciscanas surgidos en el curso de la historia puede reivindicar y definir su símbolo, su «hábito», su estructura, su compromiso social, ¡pero sería un craso error considerar estas obras u otras formas externas como la realización definitiva de la espiritualidad franciscana! Francisco repite a cada uno: «No quiero que me mentéis regla alguna, ni de san Benito, ni de san Agustín, ni de san Bernardo, ni otro camino o forma de vida fuera de aquella que el Señor misericordiosamente me mostró y me dio. Y me dijo el Señor que quería que fuera yo un nuevo loco en este mundo...» (EP 68b; cf. 1 Cor 4, 10). El «milagro evangélico» llamado Francisco nació cuando la imagen de Cristo pobre, la imagen de un Dios que se revela en la pobreza, en la fragilidad, en la expropiación, en el don radical de sí mismo -«El Hijo del hombre no tiene dónde reposar su cabeza»-... sustituyó la eficacia de una vida basada sobre el comercio y la acumulación, sobre el ideal caballeresco que definía ante los otros su imagen. En esa «inseguridad» vivida por el Hijo de Dios en nuestro mundo, el Santo de Asís encontró su seguridad, su punto de referencia, un horizonte tan claro, fascinante y comprensivo que da a todo un nuevo rostro y un nuevo sentido. En Francisco nacen relaciones nuevas, profundas, libres y liberadoras. Sus intuiciones, su afectividad sin límites, su fantasía simbólica cada año más audaz y confiada..., todo es potenciado en Francisco. Y vive todo en simplicidad y unidad, enmarcado en el horizonte determinante: «Desde ahora diré con libertad: "Padre nuestro que estás en los cielos"». Su pobreza es ofrecer espacio en sí mismo al Espíritu, que multiplica la capacidad creativa, proveniente únicamente de Dios. ¿Por qué Francisco sigue fascinando y no deja «dormir» en paz? Porque remite directamente a la Buena Noticia, al encuentro directo con el mensaje evangélico, e invita a cada uno: «Ahora te toca a ti, ahora toca a tu cuerpo, a tu corazón dar carne al Evangelio, con audacia y sin titubeos. Estás en las manos de Dios Padre: ¡No tengas miedo!». Francisco fascina porque revela y expresa todas las posibilidades existentes en nosotros y que con frecuencia no logramos liberar debido al repliegue sobre nosotros mismos que nos sofoca y angustia. El abandono en Dios despertó en Francisco la confianza en sí mismo como objeto de los inagotables dones de Dios y de infinitas posibilidades que expresar, le reveló la alegría de la expropiación radical y de la libertad por el Reino, le abrió a la interminable fecundidad de las relaciones con las personas y con la creación entera, transformándolo en el hombre del diálogo, de la comunión y de la paz. Pero este abandono total, semejante al del niño que espera todo de sus padres, hay que conquistarlo día a día con la escucha de la Palabra, casi defendiendo a Dios de nosotros mismos, recorriendo con audacia los caminos del desnudamiento. «Francisco -escribe su primer biógrafo- parecía un hombre del otro mundo» (1 Cel 36): de un mundo más humano, fraterno, respetuoso, solidario: el mundo que todos deseamos y soñamos. Podría ser el mundo del tercer milenio, si no permanecemos pasivos ante la imposición de las infinitas formas idólatras y egocéntricas con que se nos grava y acogemos con corazón renovado el proyecto originario de Dios sobre nosotros. Es esencial asumir con entusiasmo la novedad del mensaje evangélico trasmitido por la fascinación original de Francisco; dar a este contenido formas nuevas, más transparentes, más elocuentes, más significativas; encontrar «odres nuevos para el vino nuevo», de manera que nuestra vida se convierta en un anuncio coherente de Aquel en quien hemos puesto nuestra esperanza. A cada uno de nosotros, varón o mujer, va dirigida la gran consigna que el Pobrecillo pronunció poco antes de morir: «He concluido mi tarea; Cristo os enseñe la vuestra» (2 Cel 214b). Francisco nos dejó un contenido «desnudo», como lo estaba él mismo ante su padre, el obispo y el pueblo en la plaza de Asís; nos ha transmitido un mensaje claro para que lo encarnemos y demos testimonio de él. «¿Por qué ti? ¿Por qué a ti?». Cuando Francisco pasaba por las calles, todos corrían tras él porque sentían que en él había mucho más que él mismo. Corresponde a nosotros dar concreción y actualidad a este mensaje. No podemos desilusionar al mundo en que vivimos. |
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