Curia Generalis Fratrum Minorum

Roma, 4 de octubre del 2000
Solemnidad de nuestro seráfico Padre san Francisco.

Carta del Ministro
y del Definitorio generales
con ocasión de la Solemnidad de San Francisco

A.D. 2000

Bien sabéis lo generoso
que ha sido nuestro Señor Jesucristo:
siendo rico, por vosotros se hizo pobre,
para que vosotros, con su pobreza,
os hagáis ricos (2 Cor 8, 9)

Queridos Hermanos: ¡El señor les dé su paz!

Nos hemos reunido en Fratta Todina, en el convento franciscano de Spineta, cerca de Asís, para reflexionar ­ a mitad de nuestro servicio- sobre la tarea que nos espera en el próximo trienio y examinar qué caminos debemos recorrer juntos, Ustedes y nosotros, al principio del tercer milenio. Viendo la situación actual de nuestra Orden y teniendo presentes los próximos congresos internacionales sobre pastoral vocacional y sobre «Justicia y Paz», que se celebrarán, respectivamente, en Asís y en Vossenack, les indicamos el camino de la solidaridad como actitud fundamental de nuestra vida común.

Jesús, el amor de Dios hecho carne,
y Francisco, el enamorado de la Encarnación

El punto de partida de la solidaridad es la contemplación del amor de Dios a los hombres y a toda la creación. Este amor recibió un rostro en Jesús de Nazaret (cf. Jn 1, 14). El rostro de Jesús, en efecto, refleja el rostro del Padre: «Yo y el Padre somos uno», dice el Señor (Jn 10, 30).
Pero el rostro de Jesús no refleja sólo el rostro del Padre, sino también el del hombre, pues Jesucristo es la solidaridad divina con los hombres. Jesucristo libera a los hombres para una nueva solidaridad y comunión entre ellos (cf. GS 32), a fin de que «también nosotros andemos en una vida nueva» (Rom 6, 4).
Al principio de la «vida nueva» de san Francisco, «alter Christus» y enamorado de la Encarnación (cf. Greccio, Alverna), está su conversión, producida en su encuentro con el leproso a las puertas de Asís. En aquel encuentro Francisco no sólo realizó un gesto de piedad, sino, sobre todo, restituyó al pobre la dignidad humana, cuyo fundamento profundo y último consiste en la semejanza del hombre con Dios.
Así como Jesús nos muestra con su vida el rostro del Padre y la solidaridad con los hombres, Francisco, hombre solidario, nos indica con su seguimiento evangélico el rostro de Jesucristo en los pobres, que son para él el sacramento de Dios (cf. Mt 25). He aquí, pues, un camino bien preciso para actuar con solidaridad: «Vivir los unos para los otros» (cf. Jn 13, 34-35).

Del Hermano solidario a la Fraternidad solidaria

El camino hacia el futuro, que es el mismo para nosotros y para todos los hombres, lo encontramos haciéndonos compañeros de viaje de Jesús hecho hombre y teniendo fijos los ojos en san Francisco, que se hizo hermano de todos y solidario con todos. La Encarnación debe realizarse sin cesar en nuestra vida, pues Dios quiere habitar también hoy con los hombres. Y la vida fraterna en común es un lugar privilegiado para experimentar a Dios, el espacio donde Dios realiza el plan de solidaridad con nosotros (cf. CCGG 40; La formación permanente en la Orden de Hermanos Menores 35; VC 42).
¿Conocemos este lugar en el que Dios nos ofrece su comunión? ¿Hemos olvidado quizás este espacio de la solidaridad divina? ¿Vivimos y trabajamos en fraternidad de manera tan significativa que la presencia de Dios se hace visible para nosotros y para quienes quieren compartir nuestra vida? ¿Cómo refleja nuestro comportamiento solidario con los hermanos de nuestra comunidad el actuar solidario de Dios?
En la vida fraterna, la solidaridad significa hacernos garantes de los otros, compartir la vida, evitar el individualismo, oponerse al aislamiento, resistir a la manía del culto a la personalidad. Compartir la vida fraterna en comunidad conlleva, sobre todo, vivir como la primitiva comunidad de Jerusalén, de la que leemos: «La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo lo tenían en común» (Hech 4, 32).

Tener un solo corazón y una sola alma en la vida fraterna en común, significa:

  • compartir la vida en Fraternidad como signo de la actitud solidaria de unos con otros;

  • tener una palabra amable para todos y cada uno de los hermanos, sobre todo para el hermano «cansado» o desanimado;

  • tender la mano amiga al hermano débil, enfermo o anciano;

  • dar a la Fraternidad y, en ella, a los hermanos más jóvenes la riqueza de un espíritu formado y de un corazón abierto;

  • colaborar en las labores domésticas y hacerlo con naturalidad (cf. CCGG 80, 1);

  • respetar el que la Fraternidad elija los trabajos y servicios y que en esta elección «se busque de modo particular el aspecto de solidaridad y de servicio a los pobres» (CCGG 78, 1; cf. 79, 1);

  • converger constantemente en la coparticipación de la mesa de la Palabra y de la Eucaristía, centro y fundamento de la unidad (cf. VC 42).

En estos tres años hemos hecho visitas fraternas a muchas de nuestras comunidades. Con frecuencia hemos encontrado este espíritu de solidaridad, pero a veces hemos topado con formas de aridez de corazón y de espíritu. De hecho, en ocasiones hemos hallado en las Fraternidades formas sutilísimas de discriminación, de injusticia y de discordia, consecuencia, sin duda, de pequeñas envidias o celotipias, de avaricia o de nimiedad de espíritu, del miedo a mirar más allá del propio yo, pero que no raramente pueden transformar la vida fraterna en comunidad en un purgatorio, si no en un infierno. Ha faltado a menudo valor y fuerza para acercarse unos a otros, para darse la mano en señal de reconciliación y de paz, para buscar en cuanto era posible una verdadera fraternidad, para decir una palabra abierta y sincera, una palabra no hiriente sino de aliento.

¿Qué es lo que nos impide compartir generosamente los bienes espirituales, intelectuales y materiales que hemos recibido regalados por la generosidad del Señor y de otras personas? ¿No sabemos que debemos poner todo - continuamente, no sólo al fin de nuestra- en las manos del Creador? Hemos de aprender todavía a vivir juntos, reconciliados con nosotros mismos, con nuestros hermanos y con Dios. La solidaridad nos ayuda a realizar este proyecto, pues nace de la disponibilidad a la reconciliación. Cuanto más progresamos en este camino, tanto más creíble es nuestro testimonio de una vida fraterna en comunidad en cuyo centro ha puesto su morada el Señor.

De la Fraternidad solidaria a un mundo solidario

El mundo actual busca testimonios creíbles de solidaridad y ejemplos concretos de vida fraterna y solidaria. ¿Y dónde puede encontrarlos sino en nosotros, que somos Fraternidad por vocación? ¿Qué debemos hacer para que el mundo pueda encontrarnos? ¿Qué podemos hacer para que el mundo viva en justicia y en paz, para que la creación sea la «casa» del hombre? ¿Aceptamos también nosotros que la globalización de la economía, de la cultura, de la familia influya de manera cada vez más destructiva en la vida humana? ¿Aceptamos que la globalización convierta al hombre en un ser «colectivizado» por la producción y el consumo? ¿Nos resignamos a que en esta globalización el hombre pierda su personalidad, no raras veces su identidad y frecuentemente su subsistencia económica, mientras nosotros permanecemos tranquilos, protegidos por los seguros muros de nuestras Casas? ¿Conocemos la pobreza existente a las puertas de nuestras Casas? ¿Seguimos estando con los pobres que buscan nuestra «cercanía»?

Durante nuestras visitas hemos encontrado hermanos que viven y trabajan como «instrumentos de paz» en medio de grupos contrarios que luchan entre ellos a causa de la economía, el poder, el odio o por razones ideológicas; hermanos que viven y trabajan para ofrecer un futuro a los niños forzados a trabajar en vez de ir a una escuela donde prepararse a afrontar la vida; para dar esperanza a quienes son perseguidos, arrestados, condenados, desterrados por su fe, sus convicciones políticas o su visión del mundo; para compartir la vida de los pobres y de los marginados que han abandonado sus tierras de origen a causa de la manía del provecho y que ahora viven en ciudades salvajemente urbanizadas donde la pobreza se transforma en miseria; para caminar con quienes han perdido la orientación o el sentido de la vida. Expresamos a todos estos hermanos nuestro agradecimiento cordial por su empeño fraterno y solidario en restituir a los «leprosos» de nuestro tiempo la dignidad humana que les ha sido injustamente sustraída o violada.

¿Pero qué más podemos hacer? ¿Qué debemos hacer para que todos los hombres puedan vivir en justicia, en paz, en un ambiente sano, reconciliados con Dios y consigo mismos?

Una cosa es cierta: los pobres, los marginados, los emigrantes, los hombres convertidos en esclavos y la creación enteraesperan de nosotros un signo creíble de solidaridad. Y el signo que se nos pide es compartir la vida de los hombres de hoy y ser defensores de su dignidad y de sus derechos. Podemos hacerlo:

  • abriendo nuestras Fraternidades como casas de acogida, sobre todo para los pobres;

  • compartiendo nuestra riqueza material con quienes disponen de menos bienes que nosotros;

  • dedicándonos, con los hombres de buena voluntad, a instaurar una sociedad justa, libre y pacífica, participando activamente en las iniciativas eclesiales de caridad, de justicia y de solidaridad internacional (cf. CCGG 96, 2);

  • procurando un verdadero diálogo con todos los grupos culturales, religiosos y ecuménicos, un diálogo que respete al interlocutor y se empeñe en promover una vida digna para todos;

  • dando de comer al hambriento y de beber al sediento, hospedando al forastero, vistiendo al desnudo, visitando al enfermo y al encarcelado (cf. Mt 25, 35-36);

  • siendo frugales en el uso de los recursos de la tierra;

  • anunciando la Buena Noticia a los necesitados y dejándonos interrogar por su situación.

Queridos Hermanos: Somos «menores». Así quería san Francisco que fueran todos los que se le unían para seguir, tras sus huellas, a Cristo (Rb 1 y 2).

Si queremos ser solidarios entre nosotros y solidarios con los demás, debemos asumir la actitud de Francisco. Es la actitud del Hijo de Dios, que plantó su tienda entre nosotros haciéndose menor para restituir al otro, al que sufre, al débil lo que había perdido o le habían sustraído: la dignidad, el respeto, la justicia, la paz, la reconciliación. Sí, la solidaridad no es otra cosa que la fraternidad vivida de verdad entre nosotros y con todos los hombres (cf. CCGG 1, 2).

Con la bendición de san Francisco, hermano solidario, y con gran alegría en el corazón, les saludamos y alentamos a «caminar en una vida nueva».


Fr. Kapistran Martzall ofm, Def. gen.

Fr. Sean Collins ofm, Def. gen.

Fr. José R. Carballo ofm, Def. gen.

Fr. Gerardo Moore ofm, Def. gen.

Fr. Peter Williams ofm, Def. gen.

Fr. Antonio Riccio ofm, Def. gen.

Fr. Peter Schorr ofm, Def. gen.

Fr. Xavier Yu Soo Il ofm, Def. gen.

Fr. Estevão Ottênbreit ofm, Vicario general
 

Fr. Giacomo Bini ofm, Ministro general

Fr. Antonio Franjic ofm, Secretario general
 

Prot. n. 090103




© Macmade on Thu, Sep 28, 2000 at 13:59:05 by John Abela ofm (Communications Office - Rome)
HTML 3.0 compatible Java enabled browser required - Best viewed with Netscape at 640x480x67Hz
Maintained by John Abela ofm and Gianfranco Pinto Ostuni ofm