Solemnidad de nuestro seráfico Padre san Francisco. |
Carta del Ministro
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Queridos Hermanos: ¡El señor les dé su paz!
Nos hemos reunido en Fratta Todina, en el convento franciscano de Spineta, cerca de Asís, para reflexionar a mitad de nuestro servicio- sobre la tarea que nos espera en el próximo trienio y examinar qué caminos debemos recorrer juntos, Ustedes y nosotros, al principio del tercer milenio. Viendo la situación actual de nuestra Orden y teniendo presentes los próximos congresos internacionales sobre pastoral vocacional y sobre «Justicia y Paz», que se celebrarán, respectivamente, en Asís y en Vossenack, les indicamos el camino de la solidaridad como actitud fundamental de nuestra vida común. Jesús, el
amor de Dios hecho carne, El punto de partida de la solidaridad es la
contemplación del amor de Dios a los hombres y a toda la
creación. Este amor recibió un rostro en Jesús
de Nazaret (cf. Jn 1, 14). El rostro de Jesús, en efecto,
refleja el rostro del Padre: «Yo y el Padre somos uno»,
dice el Señor (Jn 10, 30). Del Hermano solidario a la Fraternidad solidaria El camino hacia el futuro, que es el mismo para
nosotros y para todos los hombres, lo encontramos haciéndonos
compañeros de viaje de Jesús hecho hombre y teniendo
fijos los ojos en san Francisco, que se hizo hermano de todos y
solidario con todos. La Encarnación debe realizarse sin cesar
en nuestra vida, pues Dios quiere habitar también hoy con los
hombres. Y la vida fraterna en común es un lugar privilegiado
para experimentar a Dios, el espacio donde Dios realiza el plan de
solidaridad con nosotros (cf. CCGG 40; La formación permanente
en la Orden de Hermanos Menores 35; VC 42).
Tener un solo corazón y una sola alma en la vida fraterna en
común, significa:
En estos tres años hemos hecho visitas fraternas a muchas de nuestras comunidades. Con frecuencia hemos encontrado este espíritu de solidaridad, pero a veces hemos topado con formas de aridez de corazón y de espíritu. De hecho, en ocasiones hemos hallado en las Fraternidades formas sutilísimas de discriminación, de injusticia y de discordia, consecuencia, sin duda, de pequeñas envidias o celotipias, de avaricia o de nimiedad de espíritu, del miedo a mirar más allá del propio yo, pero que no raramente pueden transformar la vida fraterna en comunidad en un purgatorio, si no en un infierno. Ha faltado a menudo valor y fuerza para acercarse unos a otros, para darse la mano en señal de reconciliación y de paz, para buscar en cuanto era posible una verdadera fraternidad, para decir una palabra abierta y sincera, una palabra no hiriente sino de aliento. ¿Qué es lo que nos impide compartir generosamente los bienes espirituales, intelectuales y materiales que hemos recibido regalados por la generosidad del Señor y de otras personas? ¿No sabemos que debemos poner todo - continuamente, no sólo al fin de nuestra- en las manos del Creador? Hemos de aprender todavía a vivir juntos, reconciliados con nosotros mismos, con nuestros hermanos y con Dios. La solidaridad nos ayuda a realizar este proyecto, pues nace de la disponibilidad a la reconciliación. Cuanto más progresamos en este camino, tanto más creíble es nuestro testimonio de una vida fraterna en comunidad en cuyo centro ha puesto su morada el Señor. De la Fraternidad solidaria a un mundo solidario El mundo actual busca testimonios creíbles de solidaridad y ejemplos concretos de vida fraterna y solidaria. ¿Y dónde puede encontrarlos sino en nosotros, que somos Fraternidad por vocación? ¿Qué debemos hacer para que el mundo pueda encontrarnos? ¿Qué podemos hacer para que el mundo viva en justicia y en paz, para que la creación sea la «casa» del hombre? ¿Aceptamos también nosotros que la globalización de la economía, de la cultura, de la familia influya de manera cada vez más destructiva en la vida humana? ¿Aceptamos que la globalización convierta al hombre en un ser «colectivizado» por la producción y el consumo? ¿Nos resignamos a que en esta globalización el hombre pierda su personalidad, no raras veces su identidad y frecuentemente su subsistencia económica, mientras nosotros permanecemos tranquilos, protegidos por los seguros muros de nuestras Casas? ¿Conocemos la pobreza existente a las puertas de nuestras Casas? ¿Seguimos estando con los pobres que buscan nuestra «cercanía»? Durante nuestras visitas hemos encontrado hermanos que viven y trabajan como «instrumentos de paz» en medio de grupos contrarios que luchan entre ellos a causa de la economía, el poder, el odio o por razones ideológicas; hermanos que viven y trabajan para ofrecer un futuro a los niños forzados a trabajar en vez de ir a una escuela donde prepararse a afrontar la vida; para dar esperanza a quienes son perseguidos, arrestados, condenados, desterrados por su fe, sus convicciones políticas o su visión del mundo; para compartir la vida de los pobres y de los marginados que han abandonado sus tierras de origen a causa de la manía del provecho y que ahora viven en ciudades salvajemente urbanizadas donde la pobreza se transforma en miseria; para caminar con quienes han perdido la orientación o el sentido de la vida. Expresamos a todos estos hermanos nuestro agradecimiento cordial por su empeño fraterno y solidario en restituir a los «leprosos» de nuestro tiempo la dignidad humana que les ha sido injustamente sustraída o violada. ¿Pero qué más podemos hacer? ¿Qué debemos hacer para que todos los hombres puedan vivir en justicia, en paz, en un ambiente sano, reconciliados con Dios y consigo mismos? Una cosa es cierta: los pobres, los marginados, los emigrantes, los hombres convertidos en esclavos y la creación enteraesperan de nosotros un signo creíble de solidaridad. Y el signo que se nos pide es compartir la vida de los hombres de hoy y ser defensores de su dignidad y de sus derechos. Podemos hacerlo:
Queridos Hermanos: Somos «menores». Así quería san Francisco que fueran todos los que se le unían para seguir, tras sus huellas, a Cristo (Rb 1 y 2). Si queremos ser solidarios entre nosotros y solidarios con los demás, debemos asumir la actitud de Francisco. Es la actitud del Hijo de Dios, que plantó su tienda entre nosotros haciéndose menor para restituir al otro, al que sufre, al débil lo que había perdido o le habían sustraído: la dignidad, el respeto, la justicia, la paz, la reconciliación. Sí, la solidaridad no es otra cosa que la fraternidad vivida de verdad entre nosotros y con todos los hombres (cf. CCGG 1, 2). Con la bendición de san Francisco, hermano solidario, y con gran alegría en el corazón, les saludamos y alentamos a «caminar en una vida nueva». |
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