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Conferencia de la Familia Franciscana con motivo del Jubileo del 2.000, para el Año del Espiritu Santo |
Y SU SANTA OPERACION"" |
El primado del Espíritu
12.El fruto más precioso de este año dedicado al
Espíritu Santo debería ser, para la Familia Franciscana, un
renovado esfuerzo por otorgar el primado al Espíritu. No
sólo en sentido cuantitativo, dando más tiempo a la
oración, sino también en sentido cualitativo, haciendo que cada
actividad -manual, intelectual, pastoral- se empape de aquel "espíritu
de oración y devoción al que -nos amonesta nuestro
Seráfico Padre- todas las demás cosas deben servir". Sirve
también para la renovación del carisma franciscano lo que el Papa
Juan Pablo II dijo de la renovación de la Iglesia en general,
después del Concilio: éste "no puede llevarse a término
sino en el Espíritu Santo, es decir, con la ayuda de su luz y de su
fuerza"[18]. Es oportuno comprometerse para
que las iglesias y los conventos franciscanos y, en cuanto sea posible,
nuestras fraternidades de la OFS, sean auténticos "centros de
espiritualidad". Se estudie el modo de ofrecer, por ejemplo, "escuelas de
oración", "tiempos del Espíritu", una cualificada
"dirección espiritual", la práctica y la difusión de la
"lectio divina" o una lectura meditada y compartida de los textos espirituales
(especialmente franciscanos).
El espíritu de unidad
13.Los hijos de Francisco y de Clara son llamados a vivir este
espíritu de unidad sobre todo hacia dentro, desarrollando cada vez
más los lazos de estima, de concordia y de colaboración entre
las diversas Familias Franciscanas, recordando -como dice Dante- que los
primeros compañeros de Francisco edificaban el mundo con "su concordia y
sus alegres semblantes"[19]. Queremos
insistir, como en la carta pre-jubilar del año pasado,
invitándoos a una mayor comunión y colaboración dentro de
la gran Familia Franciscana. Pedimos que, en cuanto sea posible, se unan las
fuerzas, en diversos ambientes: por ejemplo en la formación -en
particular por lo que respecta a la formación propiamente franciscana-,
en la animación espiritual, en los ambientes cultural, apostólico
y caritativo. Dentro de las tres Ordenes franciscanas (aun respetando la
vocación específica de las Hermanas de la Segunda Orden) se
favorezcan encuentros, también informales, intercambios, momentos
comunes de oración y de reflexión, iniciativas concretas de
comunión y de fraternidad.
También el compromiso ecuménico debe hallar en la Familia
Franciscana una particular disponibilidad: el "espíritu de Asís"
nos debe convertir especialmente en promotores atentos y solícitos de
iniciativas ecuménicas.
La Paz
14.Hemos recordado cómo uno de los "frutos del Espíritu"
más preciosos es la paz, y conocemos cuánto deseaba nuestro
Seráfico Padre ser él mismo instrumento de paz, y que sus hijos
la difundiesen por el mundo, también con su modo de saludar a la gente[20]. La Familia Franciscana debe estar "en
primera fila" allí donde se trabaja por la paz. Donde los conflictos
étnicos de diversa naturaleza destrozan a las naciones y crean
situaciones de tensión, allí debemos ser promotores de
convivencia pacífica, con iniciativas valientes y con posturas
claramente inspiradas en el Evangelio y en el "mandamiento nuevo" del amor
recíproco. Esto supone que dentro de nosotros, en primer lugar, ponemos
el mayor cuidado por eliminar toda posible forma de antagonismo,
supremacía, división.
La riqueza de los movimientos eclesiales
15.Diversos movimientos manifiestan la necesidad de una fe más
viva, de una caridad más concreta, de una oración más
sentida y espontánea: todos ellos valores que la espiritualidad
franciscana pone abundantemente a disposición de nuestra opción
de vida. Ellos animan a nuestras fraternidades a ser más vivas, con
capacidad para una mayor renovación, más disponibles a acoger la
novedad del Espíritu, más capaces de que prevalezcan las
exigencias de la obediencia y de la fraternidad sobre opciones y experiencias
personales. Sepamos acoger y valorar estos estímulos, reconociendo en
ellos un impulso a rejuvenecer la rica espiritualidad propia de nuestro
carisma y sacar sabiamente estímulos para el modo como encarnamos en
la vida la espiritualidad propia de nuestro carisma. Si no nos renovamos, nos
arriesgamos a no decir ni dar nada a la Iglesia y al mundo.
[1] Cfr. San Buenaventura, Leyenda
Mayor, 11,1.
[2] Cfr. Leyenda de los Tres
Compañeros, 36.
[3] Celano, Vida primera, 26.
[4] San Buenaventura, Leyenda Mayor,
12,7.
[5]Celano, Vida primera, 16; Vida
segunda, 13.
[6] Cfr. Celano, Vida primera, 92.
[7] Cfr. Proceso de Canonización.
[8] Cfr. Celano, Vida segunda, 193.
[9] Cfr. Oficio de la Pasión,
completas.
[10] Cfr. Celano, Vida segunda, 193.
[11] Regla bulada, 10,9.
[12] Regla bulada, 5,2; Carta a
Antonio, 2.
[13] Admoniciones, 7; cfr. 12.
[14] San Buenaventura, Sobre el
Hexaemeron, XXII, 21 (Ed. Quaracchi, IX, p. 269).
[15] Discurso del 29 de noviembre de 1972
(Insegnamenti di Paolo VI, X, p. 1210 s).
[16] San Buenaventura, Sermones,
Domingo IV después de Pascua, 2 (Ed. Quaracchi, IX, p. 311).
[17] Cfr. Gaudium et Spes, 22 y 26.
[18] en AAS, 73, 1981, p. 521.
[19] Dante, Paraíso, XI, 76
s.
[20] Cfr. Leyenda Perusina, 67.
[21] San Buenaventura, Leyenda Mayor,
14,1.
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