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llamados como nosotros a seguir la humildad y pobreza de nuestro Señor Jesucristo: ¡Paz y gozo del Señor! |
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¡Queridos Hermanos!
Una vez más, la memoria del tránsito de nuestro Padre san Francisco nos invita a acudir con la mente y el corazón a la Porciúncula, para renovar los lazos de nuestra Fraternidad. Con ese espíritu queremos compartir con Ustedes nuestra vida y nuestro trabajo y comunicarles algunas reflexiones.
En este año ha habido muchos acontecimientos. Recordamos algunos. Fray Adriano Langa ha sido llamado a servir como obispo a la Iglesia de su país natal; le damos las gracias de corazón y le deseamos todo bien. Fray Peter Williams, Definidor por frica y Medio Oriente durante el pasado sexenio, ha sido llamado a ocupar su lugar. Hemos empleado la mayor parte de nuestro tiempo en visitar a los Hermanos de varias Entidades. Visitar a los Hermanos es la primera tarea que san Francisco asigna a los Ministros. Creemos firmemente que estar con Ustedes -y en los lugares donde Ustedes viven-, para compartir su vida y presentarles las prioridades de la Orden y las experiencias de las otras Fraternidades, es el medio más eficaz para construirnos como Fraternidad internacional, superando los obstáculos del individualismo, del provincialismo y de los nacionalismos. No siempre es fácil mantener el equilibrio entre el empeño de animación y el trabajo de administración de la Orden. Nos ayuda a ello la dedicación de los Hermanos que trabajan en la Curia, a quienes agradecemos su generosidad y disponibilidad. |
Cuando finalizamos el primer año de servicio, sentimos la necesidad de revisar nuestro camino personal y de Fraternidad como Definitorio. Para ello, fuimos al eremitorio de Montepaolo, en la provincia de Forlì, donde la Fraternidad local asumió con alegría el papel de Marta, para que nosotros pudiéramos seguir la vida de María. Montepaolo es el lugar donde vivió san Antonio, después del Capítulo de las esteras de Asís, y en el que era un hermano desconocido, desorientado, extranjero. Sin duda, durante aquellos meses se preguntaría: ¿Dónde estoy? ¿Qué futuro me espera? ¿Qué proyecto me reserva Dios en sus manos? Aquellas semanas y meses fueron verdaderamente providenciales, pues Antonio bajó del monte con el rostro radiante y con todo su ser enardecido por la Buena Noticia que tenía que anunciar a los pobres. Durante nuestras jornadas de retiro, nos preguntamos unos a otros y personalmente: ¿Cómo me encuentro en mi situación actual? ¿Cómo he conseguido reconstruir mi identidad evangélica y franciscana en mi nueva situación? ¿Hemos logrado ser una Fraternidad o somos sólo un conjunto de individuos? Tras meditar la Escritura, respondimos estas preguntas con sinceridad, en espíritu de oración. Mediante la condivisión, nuestra percepción del designio de Dios se hizo más clara y nuestra gratitud más profunda. Una de las realidades sobre las que reflexionamos y que decidimos comunicarles en esta carta con ocasión de la fiesta de san Francisco, fue el sentido de turbación, casi de soledad, que sentimos al empezar nuestra inserción en nuestra nueva situación. Ello nos indujo a pensar en la soledad y en el aislamiento que hemos visto a veces, en distintas circunstancias, en los Hermanos. Todos podemos, juntos, prevenir o aliviar estos sufrimientos. Pensamos en la soledad de los Ministros y de los Guardianes que han aceptado el servicio de la autoridad en las Provincias o en las Fraternidades locales y cuyo empeño no es reconocido; o en los Hermanos cuya vida lleva la marca negativa de superiores demasiado rigurosos o autoritarios; en los Hermanos que han dejado sus países para anunciar el Evangelio en tierras lejanas; en aquellos cuyos dones nunca se reconocen y que, sin embargo, siguen prestando serenamente su servicio; en los Hermanos postrados por enfermedad o tóxicodependencia; en cuantos ven la destrucción de aquello por lo que trabajaron toda su vida. Pensamos también en el aislamiento y, quizás, en la hostilidad que sufren algunos Hermanos que, respondiendo a invitaciones explícitas de la Orden, dieron vida a Fraternidades entre los pobres y marginados y que descubren que ellos mismos son marginados por sus Provincias; o en los Hermanos que ejercen formas tradicionales de apostolado y a los que su Provincia, moderna, considera anticuados y desfasados; o en los Hermanos jóvenes cuyo entusiasmo extinguen cínicamente otros Hermanos que perdieron la alegría y no soportan verla en los demás. |
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¡Hermanos! Nunca debemos apagar la alegría del otro; sería destruir lo que Dios construye mediante los santos Hermanos de la Orden. San Francisco maldice a quien destruye el bien que Dios hace a través de los Hermanos. Pero hay que decir otra cosa: aunque todos los Hermanos menores fuésemos perfectos, llenos de misericordia los unos con los otros, siempre atentos a no hacer ningún mal y siempre dispuestos a curar las heridas de los demás, incluso en ese caso, los sufrimientos no desaparecerían totalmente de nuestra vida. La soledad y el sufrimiento son momentos inevitables en el dinámica del crecimiento, del paso de la juventud a la madurez y de la madurez a la ancianidad. El camino ordinario de toda persona está hecho a base de dejar y a base de encontrar. Puede darse que nos sintamos sin hogar y sin amor, tentados de correr en busca de sucedáneos (actividades, compromisos, exigencias, personas...). Hemos de hacer las paces con nuestra dimensión afectiva, que debemos aceptar, acoger e integrar en nuestro compromiso de vida franciscana. La espléndida aventura de pertenecer a Cristo y a los hermanos entraña siempre este duro trabajo. ¡El Señor nos quiere cada vez más suyos! Hay Hermanos que vuelan como una flecha hasta el corazón de Jesús. La mayoría de nosotros se contenta con una apacible mediocridad. Esto nos recuerda la importancia del ejemplo de los Hermanos que inspiraron los comienzos de nuestra vocación. Muchos de ellos eran ancianos, pero su servicio a los demás Hermanos fue precioso, ¡tan importante como el de los Definidores o el del Ministro general! Nos enseñaron lo esencial. Por eso, decidimos incluir en nuestra carta una reflexión sobre la vida y el ministerio de los Hermanos ancianos. |
Hemos hablado de soledad y de aislamiento. La ancianidad conlleva con frecuencia ambas situaciones. Pueden haber enfermedades físicas, limitaciones progresivas de la capacidad de movimiento, pérdida de memoria y de sensibilidad. Pero, con frecuencia, lo más duro es la segregación de la sociedad. Cuando te haces viejo, dejas de ser productivo y se te aparta. Sólo cuentan las innovaciones técnicas de última hora y se descartan todos los modelos anteriores. Los Hermanos corremos el riesgo de aceptar y emplear acrítica e inconscientemente los mismos métodos de la sociedad. Tomamos la competencia técnica por sabiduría y tendemos a juzgar superadas las opiniones de los Hermanos ancianos. En nuestros días se ha progresado enormemente en la prolongación de la vida, ¿pero qué hacemos para cuidar la calidad de la vida, para hacerla verdaderamente significativa? Nada tenemos que aprender de una mentalidad que margina a los ancianos. Necesitamos que Ustedes, los Hermanos ancianos, estén en el centro de nuestra vida. Y queremos compartir con Ustedes aquello que hace irrenunciable su presencia. Ustedes son nuestra memoria carismática.De Ustedes recibimos todo: los valores, las estructuras y el carisma que Ustedes han custodiado con fidelidad. Ustedes nos iniciaron y formaron en el amor a la vida franciscana. Con tantos cambios, sobre todo después del concilio Vaticano II, quizás les hemos exigido demasiado; sin embargo, Ustedes aceptaron con humildad lo que muchas veces les parecía incomprensible e inaceptable. Todavía hoy garantizan en nuestras Fraternidades una presencia silenciosa y fiel, acogedora y disponible, limitada a veces en sus posibilidades pero siempre generosa. Esta memoria experiencial de Ustedes es preciosa para nosotros, pues nos ayuda a evitar superficialidades e improvisaciones sin historia, a la vez que proporciona fundamento a nuestros proyectos y continuidad a nuestras proyecciones proféticas. Ustedes pueden se la expresión de una vida como síntesis armoniosa de un camino. Es el momento de la verdad. Tras tantas experiencias más o menos logradas, se hallan Ustedes en condiciones de captar lo esencial. Después de los numerosos años transcurridos, saben distinguir lo importante de lo secundario y pueden mirar los acontecimientos con profundidad y clarividencia. Con los años emergen los puntos de referencia sobre los que una persona ha construido su ser, aparece con claridad aquello en lo que uno ha depositado su confianza. Ustedes están llamados a ser testigos vivientes de lo esencial, de una experiencia profunda y renovada en Dios vivo, en la que se integran serenamente en la unidad todas las etapas y acontecimientos de la vida. De este modo, su testimonio se transforma en importante mensaje para el hombre actual, tan dividido y fragmentado: con su vida unificada en Dios, son Ustedes mensajeros de paz y de unidad. Ustedes, los ancianos, tienen una misión específica: dar testimonio de la esperanza. Dichosos vosotros si tenéis que sufrir por causa de la justicia; no les tengáis miedo ni os amedrentéis. Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiera. (1 P 3, 14-15). Dar razón de la esperanza significa justificar la esperanza evangélica cimentándola sobre el fundamento de la fe: Dice Dios: la fe que yo amo es la esperanza (Ch. Péguy). Es descubrir e indicar los signos de cambio y de nueva vida presentes en nuestro mundo, en nuestra existencia. Para ver esta vida nueva, este Reino ya actuante en nosotros, es menester tener la mirada fija en la meta que nos espera, considerar todo a la luz del encuentro final. Ustedes los ancianos son capaces de esta síntesis abierta y dinámica. Ser testigos de la esperanza en esa edad significa saber unir esta vida y la otra sin oponerlas ni alienarse en una u en otra. Es un vivir el ya pero todavía no en una tensión creativa, de modo que el tiempo intermedio sea esperanza activa, porque el Padre está conmigo (Jn 16, 32). Las dificultades y la soledad estarán entonces habitadas por la compañía constante de la Palabra, del Pan, de la presencia multiforme y fiel de Dios. Otra misión profética que se les ha confiado es el restituir al amor, desde la debilidad, la frescura de la gratuidad y la totalidad. Su vida pacificada atestigua un amor que no se expresa en la riqueza y variedad de actividades, sino en la acogida sencilla y disponible, centrada en el ser más que en el hacer. Ustedes han aprendido a dejarse amar para responder con el sacrificio silencioso de una vida convertida enteramente en don. Cuando se es anciano se tiene más tiempo, mucho tiempo, para dar, para amar; entonces se encuentra una ocupación suficiente en el amor y en amar. |
Todos debemos aprender a aceptar y acoger esta época de la vida, con su situación de fragilidad, debilidad y limitación, para convertirla en un momento de crecimiento, de presencia serena, silenciosa y elocuente, en diálogo discreto e intenso con el Señor y con los otros: Lo que tú eres es más elocuente que lo que dices. Vivir la ancianidad a la luz del Evangelio significa vivirla como palabra de esperanza que grita: ¡Sólo Dios importa! ¡Sólo en Él podemos construir nuestra verdadera identidad, que supera los límites del tiempo! Así es como la inactividad y, a veces, la marginación, lejos de inducir al desprecio de la vida y del mundo, ayudarán a caminar hacia la liberación, hacia la plenitud de la vida. Vivir la ancianidad a la luz del Evangelio entraña procurar prestar atención a la formación y al acompañamiento de los ancianos, una formación humana que quizás faltó en el pasado y que debe ayudarles a leer su historia personal y a reconciliarse con ella, con todos los días vividos y con todos sus acontecimientos, que deben aceptarse y presentarse al Padre de las misericordias. A menudo las tensiones interiores, tristezas, escepticismos y poca estima de uno mismo nacen de la carencia de esta reconciliación y visión global de la propia vida. La formación, en esta edad, implica también el crecimiento en un diálogo más profundo con Dios, sobre todo a través de la lectio divina. ¡Cuántos hermanos ancianos han vuelto a descubrir el valor de la Palabra de Dios como encuentro personal con el Señor en este estadio de la vida! Esa formación ayudará a aceptar en la profundidad de la fe la pérdida progresiva de la capacidad de acción y a pronunciar ese sí a la plena entrega a Dios que lleva a plenitud el sí que cada uno de nosotros pronunció el día de la profesión religiosa. |
La ausencia del anciano en la vida de las Fraternidades y de los Hermanos jóvenes o de edad madura, sería una grave laguna, haría perder el sentido del tiempo y del verdadero significado de la vida. La profecía necesita de la memoria y viceversa. El lazo creativo y dinámico que las une no es otro que el diálogo. Es importante saber perder tiempo escuchándose mutuamente. Este ministerio de la escucha, no siempre fácil y no siempre valorado tal como se merece, además de ser expresión auténtica de amor y de comunión, colma la distancia entre las generaciones, ayuda a construir una relación armónica entre las diversas etapas de nuestra vida y atenúa la tensión existente entre el ideal y la realidad. A veces puede ser menos gratificante que un empeño pastoral, pero no podemos descuidar, por razones de una eficacia equívoca, esta amistad y acompañamiento que ayuda a nuestros Hermanos a sentirse parte integrarte de la familia, en su casa. El anciano radicalmente expropiado y que vive su irreversible pobreza con serenidad, nos invita a la libertad, a un camino más expedito hacia lo esencial, es un maestro del desapego que nos ayuda y prepara a afrontar la última etapa de nuestra vida. Haciendo nuestras las palabras del anciano Simeón mientras estrechaba en sus brazos al Mesías esperado, queremos considerar los últimos años de la vida de un Hermano como una despedida llena de libertad y de paz. Al igual que Simeón, también nosotros abrazamos al Señor, que se entrega todos los días en nuestras manos en la Eucaristía. Pero aquí se invierten los papeles: somos nosotros quienes nos confiamos de nuevo a Él, que nos lleva de la mano al Padre. Tú, Señor, seas bendito porque me creaste (LCl 46a). ¡Queridos Hermanos! Al finalizar estas reflexiones, les rogamos que el apoyo de su oración por nosotros y por algunas reuniones programadas para el año que estamos empezando: el encuentro de los Visitadores generales, el encuentro de los Hermanos llamados el año pasado a desempeñar el servicio de Ministros provinciales, el primer curso de formación para formadores OFM que concluye en estos días en el Pontificio Ateneo Antoniano. La ONU ha declarado el año 1999 como Año del anciano. Será una ocasión más para expresar -nosotros y todas nuestras Fraternidades- nuestra gratitud y aprecio a los Hermanos que han llegado a la ancianidad. Sobre ellos, y sobre todos los Hermanos, invocamos la bendición de Dios. San Francisco, cuya fiesta celebramos, nos ayude a ser sus verdaderos hermanos. y el Señor esté eternamente con vosotros. Amén (CtaO 49). |
Vuestros Hermanos y siervos
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