Curia Generalis Fratrum Minorum

Roma - 1998

A los Hermanos y Hermanas
de la Primera, Segunda y Tercera Orden Orders.

Queridos Hermanos y Hermanas: ¡El Señor les dé su paz!

El tiempo litúrgico de Adviento, que estamos viviendo, prepara nuestro corazón a la venida del Señor y suscita en nosotros el deseo de un encuentro con Aquel que sólo espera ser reconocido, deseado y acogido.

Dios quiere entrar en el mundo, que es suyo, pero no quiere hacerlo sin la colaboración y la mediación del hombre. Así lo quiso hace dos mil años y así lo quiere también este año para cada uno de nosotros.

El Verbo de Dios está siembre en busca de una "carne" que lo engendre y dé testimonio de Él en el mundo.

Necesita de nosotros, pero no quiere imponerse. Sencillamente pide ser deseado y esperado, por encima de todo y de todos, para establecerse en nosotros, pues Dios habitará donde se le deje entrar.

Conocemos el tono de gozo que da a nuestra vida el que alguien nos desee y espere. Conocemos el íntimo lazo que se traba, antes mismo del encuentro, entre quien espera y el esperado. Y, al contrario, la tristeza y desilusión cuando nadie nos espera, cuando nadie nos recibe. ¡El hombre vive de espera!

Alguien nos ama desde siempre y nos acoge tal como somos, sin condiciones ni chantajes. Alguien nos busca, aunque no le busquemos, y quiere entrar donde ya habita. Acogerlo es plenitud de vida para nosotros y una gran "fiesta" para Él.

Basta con no tener miedo, con no huir y entrar dentro de nosotros mismos, donde Él nos espera: «Mira que estoy a la puerta y llamo» (Ap 3, 20).

Pide que se le reciba y escuche como lo recibió y escuchó María en Betania. Nos pide que interrumpamos nuestra actividad y le demos gratuitamente un poco de tiempo, que creemos amplios espacios de interioridad silenciosa para custodiar su Palabra a fin de que ésta sea el centro unificador y divinizador de nuestra vida.

«Desde que el Verbo se hizo carne, toda carne puede convertirse en Verbo».

Hermanos y Hermanas: ¿Esperamos de verdad a Alguien o nos contentamos con llenar nuestro vacío con la avidez de poseer y de hacer?

Que la Navidad de este año purifique y avive en nosotros la espera de este encuentro profundo con Dios que viene a nosotros.

Al mismo tiempo, imitando a Dios, que «espera a aquellos a quienes nadie espera», empeñémonos en ser espera-don para los otros, para tantos hermanos y hermanas desilusionados o marginados a quienes no espera nadie.

Dios necesita de cada uno de nosotros para nacer en nuestros corazones, para encender en ellos el fuego de una gran alegría: «No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy... os ha nacido un Salvador...» (Lc 2,10).

«"Sí, vengo en seguida." ¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22,20).

Este es mi deseo para Navidad y para el Año Nuevo.


Fr. Giacomo Bini ofm, Ministro general

Prot. n.087704

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