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A todos los Hermanos Roma, febrero de 2000 Prot. N. 089353
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¡Qué alegría, cuando me dijeron: #171;Vamos a la casa del Señor»! (Sal 121/122, 1) Al acoger hoy al Santo Padre en su peregrinación a los «lugares» de Dios, espacios que Él eligió para plantar su «tienda» entre nosotros (Jn 1, 14; cf. Es 40, 34-35; 1 Re 8, 10-13) con el fin de permitir al ser humano un encuentro más directo con Él, los franciscanos sentimos la misma alegría que han experimentado todos los peregrinos, a lo largo de los siglos, al llegar a la vista de la Ciudad Santa. Juan Pablo II emprenderá un viaje que lo llevará, siguiendo las huellas del Éxodo (Egipto - Sinaí - monte Nebo), a detenerse en algunos de los lugares particularmente vinculados con la encarnación de la Palabra de Dios (Nazaret - Belén - Jerusalén). Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén (Sal 121/122, 2) Como franciscanos, somos conscientes de la responsabilidad de «estar a las puertas de la Ciudad Santa», en la que, como indica el Papa, «quiso la Providencia que, junto con los hermanos de las Iglesias orientales, fueran sobre todo los hijos de Francisco de Asís, santo de la pobreza, de la mansedumbre y de la paz, los que, de parte de la cristiandad de occidente, interpretaran en modo genuinamente evangélico el legítimo deseo cristiano de custodiar los lugares en los que están nuestras raíces espirituales» (Carta del Santo Padre Juan Pablo II sobre la peregrinación a los lugares vinculados con la historia de la salvación, 29 de junio de 1999, 4b). Nuestra presencia ante la Ciudad Santa se debe a la sensibilidad de la Orden, desde sus orígenes, hacia los lugares de la Redención. El primer testimonio de esta sensibilidad aparece en la decisión del Capítulo general de 1217 de enviar Hermanos a la «Provincia de Ultramar», contexto que enmarca el viaje que Francisco hizo a Oriente en 1219, durante el cual se encontró con el sultán Malik al-Kamil en Damieta (Carta de Jacobo de Vitry, obispo de San Juan de Acre). La presencia estable de los Hermanos Menores en Oriente es anterior a 1291 en las ciudades de Acre, Trípoli, Sidón, Tiro, Antioquía, Jafa (donde san Luis IX hizo construir un convento y una iglesia en 1252/1253) y Jerusalén (Vía Dolorosa, después de la Quinta Estación). Jerusalén está fundada como ciudad bien compacta (Sal 121/122, 3) Nuestros Hermanos se establecieron en el convento del Monte Sión, mandado construir por Roberto y Sancha de Anjou, reyes de Nápoles, sobre las ruinas de la basílica de la Sión Santa, junto al Cenáculo. Las bulas Gratias agimus y Nuper carissimae, emitidas por el papa Clemente VI en 1342, constituyen, de hecho, la fecha del comienzo de la Custodia de Tierra Santa. Así surgió la larga historia de una presencia nunca interrumpida - y a veces difícil - en los Santos Lugares, marcada por el empeño de los Hermanos, sostenidos a su vez por los cristianos de todo el mundo, en «rescatar» las piedras «que hicieron de escenario a la vida terrena del Hijo de Dios» y en celebrar la liturgia en estos «lugares sagrados, en donde puede experimentarse el encuentro con lo divino más intensamente de lo que sucede habitualmente en la inmensidad del cosmos» (Juan Pablo II, op. cit., 4b y 2b). Allá suben las tribus, las tribus del Señor, según la costumbre de Israel, a celebrar el nombre del Señor (Sal 121/122, 4) Pero la presencia de los hijos de san Francisco se ha caracterizado también por la atención a las comunidades cristianas que viven en estas tierras en medio de mil dificultades mediante la actividad pastoral y con instituciones educativas, sanitarias y caritativas, así como, también, por el servicio de acogida y de acompañamiento de los peregrinos que desde todos los ángulos de la tierra vienen aquí a contemplar «los lugares en los que Cristo ha dado su vida y la ha recuperado después en la resurrección, haciéndonos don de su Espíritu» (Juan Pablo II, op. cit., 7e). Estas obras han fomentado el diálogo con todas las comunidades cristianas, con los musulmanes y con los hermanos hebreos. Hoy, el sucesor de Pedro emprende una peregrinación de paz y de diálogo en la que recorrerá físicamente los lugares que Dios «ha llenado de sí de una vez para siempre». Juan Pablo II viene a esta Tierra, llamada Santa, en la que nacieron las tres grandes religiones monoteístas, para indicar al mundo, como lo hiciera Francisco, que es posible un diálogo pacífico con todos. Vivamos esta Vista como un estímulo a ser fieles al mandamiento de cuidar con solicitud y esmero los lugares donde Dios quiso hacerse hombre, morir y resucitar para nosotros, y como una incitación a dar testimonio con la vida fraterna del encuentro con Cristo. Desead la paz a Jerusalén: «Vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios» (Sal 121/122, 6-7) La peregrinación del Santo Padre nos reúna en torno al sucesor de Pedro para recorrer también nosotros el camino que lleva desde el Éxodo a la Tierra Prometida. El amor a Cristo, a su humanidad, nos una en la oración al Caminante que proclama al mundo a Aquel que es el Camino, la Verdad y la Vida y que nos permite anunciar:
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