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La solemnidad de la Natividad del Señor, que Francisco y Clara tanto amaban, me ofrece una excepcional oportunidad para felicitarles de corazón.
El Padre de las misericordias envió a su Hijo Jesús, que se encarnó en el seno de María y plantó su tienda entre nosotros (Jn 1, 14), vistiéndose de nuestra humanidad frágil y menesterosa. Cristo, "siendo rico..., quiso elegir la pobreza en el mundo con la beatísima Virgen, su madre" (2CtaF 5). Así, con su humildad y pequeñez, ofrece a todos la posibilidad de acercarse a él y de acogerlo.
La tienda que Dios ha plantado, en Cristo, entre nosotros es la tienda de la comunión y de la alianza (Is 54, 1-5). A Dios no le gustan las distancias. El Hijo, anhelando buscar al hombre, deja al Padre, se hace uno de nosotros y nos hace "ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios" (Ef 2, 19). Para ello "se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo... hasta someterse incluso a la muerte" (Fil 2, 7-8). El camino que conduce al encuentro con el otro, el camino de la fraternidad, necesita recorrer esas mismas etapas: para ser fiesta del abrazo y de la unidad, es menester que antes sea kénosis, vaciamiento de uno mismo; para ser relación creativa y generadora de vida, ha de pasar antes por la muerte al egoísmo.
Dios viene a nosotros y quiere permanecer entre nosotros. Se hace pan eucarístico para que lo comamos y nos transformemos en Él. Pan de comunión que proviene de la "fracción", del "hacerse a trozos" por nosotros. Y que se renueva diariamente, porque la fraternidad es tarea de cada día. ¡Cuántas migas siguen permaneciendo excluidas del pan de comunión de la fraternidad universal! Cada Navidad nos propone el compromiso de hacernos hermanos de todos mediante el éxodo de purificación y de desprendimiento incesantes que nos capacita para ir al encuentro de los demás y que nos incita a ello. Esta gozosa disponibilidad a "ir" al encuentro de los otros, presupone superar la tentación de refugiarse en las seguridades internas o externas que nos cierran al dinamismo del amor. De lo contrario, ni Dios ni los otros encontrarán lugar en nosotros: "María... lo acostó en un pesebre porque no había sitio para ellos en la posada" (cf. Lc 2, 7).
El deseo de Dios de estar con todos los hombres se realizó de manera ejemplar en María, tienda de la alianza y de la acogida, que dio al Verbo la carne de la humanidad. Francisco exclama con admiración: "Salve, Señora... santa Madre de Dios... palacio suyo... tabernáculo suyo... casa suya... vestidura suya... Madre suya" (SalVM 1.4-5). Gracias a María, la hostilidad se tornó hospitalidad cálida, discreta y fiel. Ustedes, Hermanas de la Segunda y de la Tercera Orden, pueden prestar un gran servicio viviendo y sugiriendo a los Hermanos este calor "materno", tan importante en nuestro carisma franciscano (cf. Rnb 9, 11) y tan necesario para la construcción de una verdadera fraternidad humana.
Hermanas y Hermanos: el misterio de la Navidad conlleva el acoger y ofrecer morada al Dios que viene y que quiere ser esperado y recibido por un corazón puro, libre y pobre, enteramente vuelto a Él. Así es como nos dejamos transformar y "divinizar". "Dios se hizo hombre para que el hombre se vuelva semejante a Dios". Esta semejanza con Dios es misión, profecía y compromiso para hacer más humano el mundo en que vivimos.
La felicitación navideña que les envío con el Definitorio general y con los Hermanos de la Curia general, es ésta: ¡Que el Espíritu Santo caldee nuestros corazones y los transforme en epifanía de la bondad de Dios, nuestro Salvador, y de su amor a todos los hombres!
Fraternalmente,
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Hno.Giacomo Bini, ofm
Su Ministro
Roma, Natividad del Señor de 1997