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«Y serán hijos del Padre celestial, cuyas obras realizan. Y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo»San Francisco (2 CtaF 49-50)<
¡Queridos Hermanos! «La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros»: un modo sencillo y a la vez paradójico de expresar la impensable unión entre Dios y el hombre. El Altísimo toma la forma pobre, verdaderamente pobre, de un niño inerme, indefenso y frágil al que todos pueden acercarse, acoger sin temor... hacer lo que quieran de él. El Dios que se revela en Jesucristo, que entra en el corazón de nuestra historia, es un Dios pobre, humilde, expropiado, mendigo de todo, sobre todo de amor y de acogida. Dios es pobreza. Éste fue el revulsivo descubrimiento de Francisco y de Clara. E inmediatamente siguieron a Dios, lo buscaron abandonando todo, sin cálculos, sin condiciones, sin contratos, con plena disponibilidad: «Haz de mí lo que quieras. Gracias por lo que hagas de mí, sea lo que fuere» (Charles de Foucauld). A Dios sólo se le encuentra cuando uno se mete a caminar por el sendero de la pobreza, que es a un tiempo desasimiento radical, libertad y espacio donde Dios puede volver a nacer. Desde la primera Navidad, pobre y esencial, Dios sigue en busca de un seno acogedor, es un ser en busca de una madre de carne, de una criatura a la que infundir su Espíritu para volver a nacer en el mundo. Vuelve a ser Navidad siempre que dejamos que la presencia de Dios se transluzca en nosotros, no obstante las sombras del pecado y de la infidelidad; siempre que nuestras acciones se vuelven signos evidentes de una relación cada vez más íntima y fecunda; cuando nos convertimos en epifanía, en manifestación de Dios a los otros y al mundo. Vuelve a ser Navidad cuando, por encima de las apariencias y de los complejos y contradictorios acontecimientos de la historia, logramos percibir proféticamente en todo hecho y en todo encuentro los dolores de un nuevo parto, el vagido de una criatura que ve la luz; cuando logramos captar una Presencia viva donde otros sólo ven caos o acontecimientos sin sentido. Desde la primera Navidad nunca estamos solos: Dios no se ha alejado nunca de nosotros. Somos nosotros quienes con frecuencia intentamos huir, arrojándonos a la búsqueda de una imagen falsa, lejana o rival de la imagen querida por Él, y terminamos por sentirnos inquietos y prisioneros de nosotros mismos. Navidad nos recuerda el final de esta huida asustada y extraviada del hombre alejado de sí mismo y de Dios que lo busca y lo espera. Toda Navidad es, y deberá ser siempre, una etapa de ese itinerario tan sencillo y tan difícil que nos conduce a ese encuentro de fuego en el que se nos muestra quiénes somos y quiénes debemos llegar a ser. ¡Queridos Hermanos! ¡Queridas Hermanas! ¡Qué hermoso sería celebrar la Navidad del Año Santo con los mismos sentimientos con que María acogió y engendró al Salvador! Ponernos por entero en las manos de Dios, dejar que actúe en nosotros su potencia que hace fecundos y poder engendrarlo de nuevo para el mundo... Ésa es la misión esencial de nuestra vida. Celebrar Navidad no es recordar con nostalgia un hecho pasado, sino acoger en nosotros un germen de vida divina que ya nos habita y dejarlo crecer y desarrollarse en nosotros; «concebir» la Palabra para que vuelva a ser visible y creíble, realmente presente. Nuestra vida es una llamada a este «parto» de Dios en nosotros y en medio de los otros. «Somos madres, cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo por el amor y por una conciencia pura y sincera: lo damos a la luz por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros»
San Francisco (2 CtaF 53) De ahí que el empeño fundamental y la principal misión de cada uno de nosotros, varón o mujer, joven o anciano, sano o enfermo, consista en hacer presente a Dios en el mundo, en este momento histórico. Así, el camino empezado en el Año Santo jubilar continuará hasta el encuentro definitivo con el Padre. Ése es mi deseo para todos y cada uno de Ustedes. ¡El Señor nos bendiga a todos, nos muestre su rostro y nos dé su paz en su Hijo hecho hombre! |
Fray Giacomo Bini, ofm - Ministro general |
Prot. núm. 090355 |
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