Roma, Pascua de 2000

Queridos Hermanos y Hermanas:

Nuestro camino cuaresmal empezó con Jesús llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado.

Esta experiencia de lucha y de discernimiento del camino que conduce al Padre es también el marco ordinario en que tienen lugar nuestras opciones de vida y de misión: un camino triunfal y una ascensión hacia el poder o un camino de humildad y de ocultación. Todos estamos resueltos a seguir a Jesús, Mesías glorioso y victorioso, pero nos cuesta aceptar la senda mesiánica de la kénosis.

Optar por seguir al Mesías que sube a Jerusalén débil, inerme e indefenso, capaz de hacer curaciones y milagros, pero decidido a no utilizarlos como propaganda y a sustraerse a la multitud y a las aclamaciones populares para no alejarse de la voluntad del Padre, no puede ser una experiencia frustrante.

«Nosotros esperábamos que él fuera el futuro liberador de Israel» (Lc 24, 21), dicen los discípulos con el corazón lleno de amargura camino de Jerusalén a Emaús.

¡Cuántas situaciones trágicas nos hacen recorrer sendas de desilusión, de pérdida de esperanza, de derrota, de impotencia e impaciencia! ¡Cuántos hermanos de todos los continentes están condenados a ser diariamente objeto de injusticia, de vejaciones, de miedo! Pueden hacer de ellos cuanto quieran (cf. Mc 9, 13).

Celebrar la Pascua en este año jubilar significa vivir la solidaridad humana y divina mediante la cual el sufrimiento se vuelve redentor como el de Jesús y la muerte ya no es la palabra última y definitiva. «No temáis. Ya sé que buscáis a Jesús el crucificado... Ha resucitado... Id aprisa a decir...» (Mt 28, 5-7). Jesús nos muestra el camino, aunque la lógica del amor parezca destinada al fracaso.

Celebrar la Pascua de Cristo resucitado significa aceptar el sufrimiento que causa el no poder cambiar todas las realidades negativas que nos rodean y, también, ser conscientes de que podemos darles otro contenido, insertarlas en un horizonte distinto. La historia que sigue desarrollándose en torno a los discípulos de Emaús no ha cambiado, pero es iluminada por una perspectiva nueva que ha empezado a arder en sus corazones. Tras el compartir eucarístico, los dos discípulos han cambiado radicalmente su modo de considerar y de afrontar los acontecimientos: es de noche, pero no tienen miedo de la oscuridad; en Jerusalén siguen los mismos enemigos de antes, pero el temor se ha convertido en valentía. Ya no hace falta huir del pasado ni refugiarse en el aislamiento. Ahora pueden correr hacia «los otros» y hacer estallar la misionariedad gozosa que caracteriza a los creyentes de todos los tiempos.

¡Queridos Hermanos y Hermanas! ¡La prueba de que Cristo ha resucitado verdaderamente es que el mundo es ahora diverso! Sí, la prueba no es sólo el sepulcro vacío, sino la experiencia profunda de la presencia transformadora del Resucitado en nosotros. Como María Magdalena, como Pedro, como los discípulos de Emaús, también nosotros - si encontramos al «Señor resucitado y viviente» - superaremos todos los miedos y desconfianzas y sabremos dar un nuevo sentido a los acontecimientos de la historia.

Vivir en la luz de la resurrección es mirar el mundo con los ojos de Dios.

Cristo resucitado nos haga disponibles y abra los ojos de nuestro corazón a la potencia renovadora de su Espíritu. ¡Aleluya!

Fraternalmente


Fr. Giacomo Bini, ofm
Ministro general


Prot. Núm. 089347


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