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Basilica di S. Maria in Aracoeli01.10.2000 Discorso del Ministro Generale Giacomo Bini OFM durante la consegna del Crocifisso ai missionari. "Pues para esto [el Señor] os envió al mundo entero, para que palabra y de obra deis testimonio de su voz, y hagáis saber a todos que no hay otro Omnipotente sino El" (C.Ord 9).
Misión - evangelización y fe Ir "por el mundo entero" es parte integrante de la vocación evangélica franciscana desde el inicio: "llamados" para ser "enviados". No podemos ahora, dejar en menos la dimensión apostólica y misionera de nuestra vocación, que responde a la lógica del Reino, más que a las necesidades del destinatario o a alguna otra necesidad. En Mateo 10,1-5, el evangelista no distingue la llamada de la misión. Todavía, la misión se hace "urgencia" cuando nosotros mismos acogemos la invitación de seguir a Cristo, cuando vivimos una realización profunda y auténtica con el Señor. "No se puede amarlo y callar". Ser discípulos se concretiza en ser apóstoles, enviados al mundo entero. La misionariedad, la evangelización, el ir por el mundo es pues una cuestión de fe, de fe viva; es "el indicador exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor por nosotros" (Redemptoris Missio, 11). Al irr por el mundo, el primer compromiso es la contemplación, la escucha y el amor fraterno. Misión y minoridadLa única condición evangélica que Francisco exige con fuerza es la expropiación, la pobreza, la libertad y el amor fraterno, que para el Poverello equivale a conversión y es la consecuencia y la expresión de un encuentro con el Dios pobre que acoge con generosidad (mientras el joven rico lo rechaza). La casa del apóstol es la calle, su sustento el acercamiento a los hermanos de viaje, su fuerza la presencia del Espíritu que lo habita. El misionero franciscano no se apropia nunca de nada: ni de un lugar, ni de un proyecto, ni de una obra, ni del dinero, ni de ninguna otra cosa. La gloria de Dios debe resplandecer delante de los hombres en toda su limpieza, más allá de otros intereses personales. Sólo entonces llegaremos a ser paz y anunciaremos la paz. Vocación, misión y kenosis, hasta el don total de sí mismo, son inseparables (cf. 1Cel 22-23). Misión y discernimiento"Ve, di a mis hermanos... He visto al Señor" (Jn 20,17). "Francisco escoge vivir para todos y no para él sólo, a ejemplo de Cristo" (1Cel 35). Trata de ir porque el Señor manda. No voy por mí, porque decido ir, porque "tengo necesidad", voy porque Tú me mandas, me has confiado una tarea... Esta referencia es esencial; ésta es la misión que va siempre descubierta y "recordada". Todo esto es un criterio importante, fundamentalmente frente a todos los posibles modos o deseos de ir. "guardémonos bien de darnos a nosotros mismos una vocación que sólo a Dios corresponde conceder". Es para nosotros un discernimiento vocacional fundamental, radicado en la obediencia (Am. 3,5), verificado y llevado continuamente a la dimensión contemplativa (3Comp. 36-37). Se trata de ir por un anuncio preciso: "He visto al Señor". Un anuncio a ofrecer con el testimonio de la propia vida y con la palabra fecundada por el silencio, en continua comunión con el Espíritu para que pueda hacerse palabra llena, auténtica, autorizada por el Espíritu. "Lo que distingue al apóstol, no es su valor humano, su creatividad espiritual, su influencia religiosa, sino la llamada de Jesús, la misión que ha recibido, el sello que le ha sido impreso... El apóstol está lleno de Cristo, impregnado de su Palabra, y el Señor es el principio de su vida" (R. Guardini). El apóstol anuncia a Cristo con quien vive y al que escucha cotidianamente; es testimonio de alguien (cf. 3 Comp. 37). Al apóstol se le exige ser fiel a su mandato, ser la mayor transparencia posible de Aquel que le habita y al anuncia.
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