De la conferencia del Ministro general


Curia general- Roma - 22.01.2001

a) Todo ministerio, incluido el de la autoridad, es un don que viene de Dios y pertenece a Dios. Cada uno es elegido y llamado por el Espíritu para este ministerio-servicio, para esta «diaconía», que está vinculada sobre todo al actuar divino, más que a nuestras capacidades o méritos, para el bien espiritual de los hermanos, para el Reino de Dios.

b) Es un servicio fraterno. Quien ejerce este oficio debe colocarse personalmente, ante el Padre, en una situación de hijo dócil, colaborador del Espíritu en la construcción de la comunión. - Armonizar las exigencias de la comunidad con las del individuo. - Armonizar los dones de todos de manera que tiendan a la unidad en la diversidad. - Colaborar con el Espíritu en la superación de las tensiones en la reconciliación: tensiones personales debidas a la edad, a la formación... - Es un servicio para el crecimiento armónico de los tres elementos-dimensiones: orante, fraterna, misionera, sin pretender medir sus resultados.

c) El cometido último, por tanto, consiste en crear espacio a la fuerza del Espíritu que debe irrumpir en los hermanos y en las hermanas. Para la autoridad, el decir, incidir, conmover, convencer, hacer actuar de una manera determinada no es algo primario, sino algo preparatorio y funcional respecto a la venida del Espíritu, que es quien realiza -él solo- todo esto.

d) La función de la autoridad no es imponer la propia voluntad, dar órdenes minuciosas o sembrar el terror. Quien ejerce la autoridad es, ante todo, el guardián de la meta, quien indica a todos hacia dónde se debe ir. Debe transmitir, en todos los ámbitos del organismo, el sentido de la misión, el significado de la tarea.



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