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Saludo a las Clarisas del Protomonasterio
Fray José R. Carballo, ofm
Ministro general
Muy estimadas Hermanas:
¡El Señor os dé paz!
Me llena de alegría poder saludaros en nombre de todos los participantes en el Capítulo general y en nombre de todos los Hermanos de la Orden, representados aquí por sus Ministros provinciales. Nuestro encuentro, insertado en la agenda de las actividades capitulares, no es sólo un gesto de cortesía ni es un acto meramente formal: hemos querido venir aquí para daros las gracias, a vosotras y -por vuestro medio- a todas las Hermanas contemplativas de la Familia Franciscana, por lo que sois, por lo que hacéis y por lo que representáis para nosotros.
Sabemos bien que nuestra vocación brota de una misma raíz y que los diferentes modos de su actuación histórica dan testimonio de la extraordinaria riqueza y de las enormes potencialidades del carisma franciscano. El Señor nos ha llamado a encarnar esta vocación en el mundo de hoy y a dar testimonio de la vida franciscano-clariana entre los hombres y mujeres de nuestro tiempo: es un don estupendo, pero entraña una gran responsabilidad. Nunca seremos capaces de responder plenamente a esta llamada si no nos ayudamos mutuamente, reconociendo con humildad, alegría y apertura de corazón que necesitamos ser apoyados. Como escribía nuestro hermano Giacomo en su carta con motivo del 750 aniversario de la muerte de Santa Clara: «La experiencia de comunión nos obliga a ir mucho más allá de cualquier compensación afectiva... nos acercamos para comunicarnos algo nuevo respecto al Señor, para acelerar el paso hacia Él ».
He aquí la ayuda que todos los Hermanos, y yo entre ellos, esperamos de vosotras, queridísimas Hermanas: ayudadnos a “hablar de Dios”, a ser personas dispuestas a dejar que Dios hable en sus propias vidas, a ser hombres capaces de comunicar las maravillas que Dios sigue realizando en la historia porque han experimentado en su propia carne la fuerza transformadora de su amor.
Hemos empezado este encuentro celebrando juntos las Vísperas: ayudémonos a fin de que todos nuestros encuentros, aquí y en todos los monasterios esparcidos por el mundo, sean una celebración, una escucha atenta de Dios, que nos habla siempre, una acción de gracias por todo cuanto nos concede vivir, una petición de perdón y de apoyo a nuestra fragilidad.
Confío a vuestra oración el servicio que nos ha sido confiado a los hermanos del nuevo Definitorio general y a un servidor. Vosotras sabéis que tenemos muchos compromisos y que no todos son siempre agradables; pero nos confortará íntimamente contar con vuestra cercanía y con la participación de tantas Hermanas que viven con empeño la vida y la fidelidad de la Orden.
Con esta confianza empezamos nuestro camino: seguid caminando con nosotros y dejémonos todos guiar por Aquel que «se hizo nuestro camino».
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