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Homilía de la celebración eucarística conclusiva
Santa María de los Ángeles
Fray José R. Carballo, ofm
Ministro general
Muy estimados Hermanos:
¡El Señor os dé Paz!
Como en toda celebración eucarística, nos unimos hoy a toda la humanidad y al mundo entero para dar gracias al Padre de misericordia. Tenemos muchos motivos para ello.
* El Capítulo general que concluimos con esta celebración ha sido una experiencia auténtica de fraternidad y de formación permanente: regresamos todos a nuestros lugares de vida y de misión más ricos y más conscientes de la belleza de la forma vitae que Francisco nos dejó en herencia.
* Una vez más hemos experimentado la alegría que brota de compartir lo que somos y lo que hacemos. Somos frágiles, miedosos, estamos confusos ante la complejidad del mundo en que vivimos; sin embargo, podemos decir con el apóstol: ´Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristoª, pues -como dice el mismo apóstol-: ´Todo lo puedo en aquel que me confortaª (Fil 4, 13). En Cristo, nuestra debilidad se transforma en fuerza, nuestro miedo se vuelve testimonio valiente del Evangelio. Y cuando decidimos abrirnos unos a otros, cuando nos dejamos implicar verdaderamente por las relaciones fraternas superando el muro del egoísmo, comprobamos que nuestra fragilidad es, en realidad, nuestra fuerza: la coparticipación de los bienes de cada uno se transforma en riqueza para todos. Nuestra fuerza no está ´en los carros ni en los caballos ª, sino en el Señor, para quien ´nada es imposibleª, y en los hermanos, don de Dios (cf. Test 14).
La Palabra de Dios nos ofrece también preciosas sugerencias para lograr encarnar las opciones capitulares en nuestras realidades tan diferentes y, a menudo, difíciles.
* La primera palabra que el Señor nos dirige es: ´No estéis agobiadosª. Cierto, tenemos tantas cosas que hacer, tantas preocupaciones en el corazón, hay tantos problemas en espera de solución. Pero Jesús nos dice: ´No estéis agobiadosª. Es una cuestión decisiva: ¿Qué es lo que nos preocupa verdaderamente? ¿Cuáles son los deseos profundos de nuestro corazón? Quien se hace discípulo de Jesús abandona las falsas preocupaciones a los paganos: sabe discernir qué es esencial y qué no es esencial. Prestemos atención, Hermanos: también en nuestro mundo el vestido vale más que el cuerpo y la comida más que la vida; también en él se valora más la apariencia que lo esencial y se considera más importante a quien más se hace ver que a quien tiene algo serio que decir.
* Frente a estos riesgos, Jesús nos invita a la confianza: ´Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo esoª. La confianza en Dios nace como respuesta a la confianza que Dios nos ha tenido: él ha colocado en nuestras manos a su Hijo, la Palabra viviente que creó todas las cosas. Dios no dudó en llamarnos a colaborar con él en la edificación del Reino.
* La confianza en Dios nos guía en el camino de cada día, entre las dificultades y los problemas de la historia en que vivimos. Regresamos de Asís con una responsabilidad mayor que la que teníamos cuando llegamos aquí: a partir de la experiencia que hemos vivido estas semanas estamos llamados a testimoniar que es posible vivir como hermanos; que el sueño de Dios es una humanidad fraterna y pacificada, capaz de aceptar las diferencias y superar las divisiones, de construir puentes para fomentar la comunicación-comunión y derribar los muros de separación.
¡Queridos Hermanos! El Señor ha tenido misericordia con nosotros: hemos contemplado las maravillas de su amor. Ahora nos toca a nosotros: ¡Vayamos y anunciemos que él es el único omnipotente! ¡Vayamos y digámosle al mundo que ha sido redimido! ¡Vayamos a anunciar a nuestros hermanos y hermanas que cada uno de ellos es importante a los ojos de Dios, que Dios no olvida a nadie! Vayamos, Hermanos, y seamos signos de reconciliación y de esperanza en un mundo dividido y desilusionado.
Que nuestro padre y hermano Francisco, quien antes de morir bendijo a cada uno de nosotros, nos siga acompañando y siga iluminando nuestros ojos para que veamos la belleza del mundo de Dios: la belleza de nuestra vocación y la belleza de la creación; la belleza del perdón que recibimos de Dios y la belleza de nuestra misericordia para con los demás; la belleza que conquista los corazones y orienta la vida por los caminos del Evangelio de Jesús.
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