Capitulum Generale
Ordinis Fratrum Minorum
Portiunculae (S. Mariae Angelorum)
24.V.2003 - 21.VI.2003

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28.05.2003


Informe al Capítulo: Presentación de la segunda parte

Fray Giacomo Bini, ofm
Ministro generale

Visión de la Orden
Introducción
En esta parte del Informe he procurado describir el cuadro general de la Orden en las varias Entidades con el fin de:

* aumentar el amor a nuestra Familia evidenciando las numerosas riquezas y las numerosas posibilidades de renovación existentes, aunque con frecuencia no estén expresadas y valoradas adecuadamente en las diversas Entidades;
* proyectarnos hacia el futuro con esperanza viva, corrigiendo y transformando desde ahora nuestro estilo de vida, nuestro modo de pensar y de actuar; para que el mañana tenga sentido hemos de creer en él y hemos de preparar, ya desde ahora, las premisas de renovación.

Esta visión de la Orden (que he debatido más de una vez en el Definitorio) puede parecer a algunos limitada y con lagunas, sobre todo si cada uno piensa que el Informe debe ser el espejo más o menos verídico de la situación existente en su propia Entidad. No es así: he procurado trazar una visión global de la Orden que invite a abrirse a los horizontes de nuestra gran familia para poder descubrir riquezas inesperadas, pero también ocasiones para una revisión de vida y estímulos para nuevos caminos.

En cuanto al método, he seguido el esquema y el instrumento que el Definitorio fijó al comienzo del sexenio para animar la vocación y la misión de los hermanos: las Prioridades para el sexenio 1997-2003. Pedimos a todas las Entidades que compartieran este método durante los seis años, y lo han hecho con gran empeño.

I. Espíritu de oración (nn. 54-70)

Y si volviéramos a creer...?
Creer en Dios: pienso que la fe no es sólo un dato de hecho, un don que viene de lo alto de una vez por todas, sino una dinámica de búsqueda, un camino de adhesión cada vez más profunda a Jesús, el Señor, un camino de purificación progresiva de los varios ídolos y dependencias, un camino que requiere superar las diversas formas de egocentrismo, de posesión, de arribismo, de dominio sobre el otro... Así, se transforma nuestro ser y nuestro hacer y nosotros mismos somos transformados en profetas y testigos del Absoluto. Sólo acogiendo y viviendo esta tensión podemos 'volver a ordenar' nuestra vida, centrándola en lo Esencial, llevándola a la libre, gozosa y teocéntrica simplicidad franciscana.

El momento histórico que estamos viviendo nos invita a esta revisión global de nuestra existencia: no es tiempo de retoques marginales, de remiendos provisionales... Es menester reestructurar nuestras relaciones, lo que somos y hacemos, nuestra vocación y nuestra misión.

Nuestra caridad necesita más fe, más esperanza...
Todas nuestras actividades apostólicas y sociales necesitan encontrar su razón de ser en una fe más viva, más encarnada, más alimentada con el espíritu de oración y capaz de devolver a Dios todas las experiencias que marcan nuestra existencia. 'Somos huéspedes y peregrinos', nos recuerdan continuamente Francisco y Clara; somos buscadores del Absoluto. Dar testimonio de esta tensión hacia el futuro es esencial para un consagrado, pues cuando desaparece de la historia el Dios escatológico, esperado y deseado, la fe pierde su alma y nuestra vocación se vacía de su potencial profético y crítico. Quizás sea justamente desde esta perspectiva desde donde podemos recobrar nuestro papel profético en la Iglesia y para el mundo.

El contexto de secularización en el que vivimos no facilita esta relación personal con el Señor del tiempo y de la historia y que, en cambio, parece estar cada vez más ausente de las complejas vicisitudes de nuestra vida. La opción vocacional no garantiza automáticamente esta relación preferencial ni una lectura 'teologal' de la existencia personal y social.

También en el seno de la Iglesia necesitamos discernir y redefinir mejor nuestro 'lugar y espacio' de testimonio, nuestra función, que es siempre 'profética', pues es 'paradójicamente' evangélica. Si somos un 'don del Señor a la Iglesia', es importante volver a dar prioridad, en el seno de la misma Iglesia, a la dimensión intuitiva y espiritual, que sabe captar signos de vida nueva más allá de las apariencias ruidosas, destructoras y desviadoras; gérmenes de vida en una cultura de muerte. Debemos discernir con coherencia, audacia y creatividad formas nuevas y significativas de diálogo misionero en un mundo sediento de valores que lo trascienden.

Para re-situar globalmente nuestra existencia en el tiempo en que vivimos debemos, pues, tener la valentía de pararnos: escuchar a Dios, escucharnos fraternamente, escuchar al mundo para volver a encontrar las razones de nuestra esperanza y la pasión por nuestra vocación franciscana. Ningún compromiso pastoral es más urgente que éste; ninguna tentación de eficacia debe distraernos de esta búsqueda que ha marcado siempre nuestra forma de vida. Sólo así nuestra vida recuperará credibilidad, pues nosotros mismos nos habremos convertido en palabra viva.

En estos seis años de visitas, encuentros y experiencias de coparticipación hemos comprobado que en la gran mayoría de los hermanos existe este profundo deseo de renovación. Muchos Ministros han pedido a los hermanos de sus Entidades tiempos prolongados para repensar y recalificar su vocación; la lectio divina está entrando progresivamente en nuestras fraternidades como un instrumento de oración personal y de participación comunitaria de la propia fe; varios Ministros están asumiendo su papel tal como requiere nuestra legislación, comprometiéndose en la animación de la vida espiritual de todos y cada uno de los hermanos a ellos confiados; en algunas Entidades los lugares de oración están convirtiéndose en el punto de referencia de la vida cotidiana de las fraternidades. Naturalmente, se notan también retrasos y dificultades -descritos en el Informe- que pueden llevar incluso a crisis muy graves de verdad y de fidelidad vocacional.

El reto principal consiste en armonizar los valores de nuestra vida personal y comunitaria enfocándolos en el espíritu de oración para unificar nuestra existencia en Dios.

II. Comunión de vida en fraternidad. Hacia un nuevo rostro (nn. 71-88)
Cada hermano es un don de Dios a la fraternidad... de modo que toda la fraternidad resulte lugar privilegiado de encuentro con Dios (CCGG 40).

'La vida de comunión fraterna exige de los hermanos

* la unánime observancia de la Regla y de las Constituciones,
* un estilo similar de vida,
* la participación en los actos de la vida de fraternidad,
* sobre todo en la oración común (fraternidad como lugar teológico de encuentro con Dios),
* en el apostolado y en los quehaceres domésticos,
* así como la entrega, para utilidad común, de todas las ganancias percibidas por cualquier título' (CCGG 42 § 2).

Es un artículo de nuestras Constituciones generales que no necesita comentarios y que puede servir para revisar nuestra existencia cotidiana desde el primer día de la profesión hasta el último día de nuestra vida. Esta dimensión fraterna es parte esencial de nuestro carisma y, por tanto, debe estructurar nuestro estilo de vida, nuestro modo de ser, de servir, de evangelizar, de emplear el tiempo... La relación fraterna expresa la calidad de las otras relaciones: con Dios, con nosotros mismos, con el mundo. Se trata, ciertamente, de un camino lento y, también, de un compromiso constante que transforma progresivamente nuestra existencia: 'Los Ministros y los Guardianes, en estrecha unión con los hermanos a ellos encomendados, esfuércense en construir la fraternidad "como familia unida en Cristo"' (CCGG 45 § 1).

Nuevo rostro de nuestras fraternidades
Sin duda en los últimos años muchas de nuestras fraternidades han adquirido un nuevo rostro. Está madurando un espíritu de confianza y de respeto mutuo que facilita el diálogo y crea un clima de corresponsabilidad activa en la edificación de las fraternidades provinciales y locales. Gracias a relaciones más asiduas y familiares de los Ministros (guardianes, formadores...) con los otros hermanos, disminuye progresivamente el número de los 'destructores' de la unión fraterna. Esta comunión de vida se basa en el diálogo, en la coparticipación de la palabra de Dios, en el proyecto comunitario de vida elaborado con la participación de todos, en el Capítulo local, que es, cada vez más, ocasión para la revisión de vida. Todo esto se realiza más fácilmente sobre todo cuando los Ministros provinciales están convencidos de que la dimensión fraterna constituye un componente esencial de nuestra identidad y se esfuerzan -junto con el Denifitorio, los guardianes y los formadores- en fomentar este espíritu nuevo que, poco a poco, cambiará el rostro de nuestra Orden.

Conversión relacional
El reto que podría mejorar ulteriormente la calidad de vida de nuestras fraternidades, una etapa decisiva hacia adelante podría ser la conversión relacional: volver a colocar en el centro de nuestras preocupaciones y esfuerzos no tanto la gestión administrativa o el ensañamiento terapéutico por mantener en vida determinadas estructuras externas de las Entidades, cuanto la vida espiritual-relacional de cada uno de los hermanos; es menester hacer crecer la apertura sin condiciones de cada hermano concreto a las necesidades y a las urgencias de la fraternidad, que se tornará así en el centro animador de todo proyecto y de toda misión. San Francisco empezó un camino nuevo cuando dejó de adorarse a él mismo (cf. TC 9) para abrirse a Dios y a los otros; también a nosotros se nos abrirá una nueva época cuando seamos capaces de superar nuestro 'egocentrismo', el bloqueo que nos impide abrirnos al hermano en la verdad y en la cordialidad.

La conversión relacional también tiene vigencia para las Provincias: se pueden valorizar todas las potencialidades de una Entidad cuando se las descentra hacia la Fraternidad universal, hacia el mundo. Sabemos bien que, con Pentecostés, fuimos llamados a ir 'más allá' del ámbito local, por encima de cualquier miedo: con Pentecostés empezó un movimiento 'centrífugo', el mensaje evangélico franqueó la dimensión inicial, limitada (Jerusalén y Palestina), y se abrió a los horizontes del mundo. También sabemos que la experiencia originaria de la Orden y de las Provincias es itinerante, abierta al mundo. Hoy en día, a causa de la crisis, hay, me parece, peligro de cerrarse: veo en nuestras Provincias tantas (demasiadas...) riquezas (estructuras y personas) que no están debidamente valoradas, porque no están abiertas a los signos de los tiempos y están, por tanto, 'sofocadas' por realidades locales cada vez más replegadas y preocupadas de ellas mismas. Sólo abriéndonos a la colaboración, al intercambio mutuo, recobrará vigor el camino de la Fraternidad universal y las mismas Provincias estarán menos 'bloqueadas' por la lógica de la mera supervivencia. Y los hermanos podrán volver a encontrar la confianza necesaria para comprometerse en la renovación vocacional y misionera.

A lo largo de la historia, la Orden siempre se ha renovado gracias a grupos de hermanos apasionados y capaces de 'soñar', grupos de hermanos pertenecientes a diversas Provincias y que unieron y conectaron sus esfuerzos dando vida a nuevas estructuras evangélicas y formativas; basta pensar en la Observancia. Para construir una Fraternidad auténtica, aquella a la que nos entregamos el día de la profesión, debemos sentirnos más responsables, solidariamente, ante las expectativas del mundo, ante las expectativas de la Iglesia y de la amplia Familia Franciscana. La falta de apertura a estos horizontes 'globales' lleva a las graves dificultades que he señalado:

* desintegración de la Orden;
* individualismo auto-referencial y a la propia medida que destruye todo valor franciscano;
* clericalismo discriminante que hiere a algunas Entidades;
* desigualdad entre hermanos, netamente contraria a nuestra Regla y a nuestras Constituciones;
* prejuicios y falta de confianza que paralizan las relaciones.

'Procura ser tan bueno como dicen todos que eres' (2 Cel 142a). Precisamente es esto lo que nos repite con gran confianza la gente de todo el mundo. No podemos defraudarla volviendo inútiles nuestras energías disipándolas o empleándolas en proyectos demasiado personalistas, demasiado locales, demasiado interesados...

III. Vida en minoridad, pobreza y solidaridad (nn. 89-108)
'El Hijo de Dios se hizo nuestro camino' (TestCla 5)
'La utopía de una libertad purificada por la pobreza es el desafío típico y carismático al que debemos responder los franciscanos por el bien de la Iglesia y del mundo' (ActaCPO 2001, p. 112). Se trata de la revolución franciscana de ayer, de hoy y de siempre: creer en el Evangelio, que pide categóricamente dejar todo para seguir a Jesús, para continuar su misión por las sendas del mundo. Creer e intentar...

Formarnos a una expropiación radical
El camino expedito en seguimiento de Cristo requiere dos condiciones: una atracción que caldee el corazón y dé fuerza a nuestros pasos y la libertad de toda forma de posesión y de toda idolatría para hacer más fácil nuestra marcha. En lenguaje bíblico podemos decir: conquistados por Cristo, nos encaminamos con alegría a la búsqueda apasionada del tesoro (cf. Mt 131, 44), liberándonos progresivamente de todo obstáculo e impedimento. Nuestra Regla es clara desde sus primeras palabras: los hermanos deben vivir 'sin nada propio' para que nada los 'distraiga' ni nada ralentice su carrera en el seguimiento. 'Los hermanos no se apropien nada para sí, ni casa, ni lugar ni cosa alguna' (Rb 6, 1). Es una aspiración no facultativa en la vida de todo hermano.

Esta actitud de expropiación radical, de don -convencido y sin arrepentimiento- de uno mismo exige una conversión constante, pide que se la renueve continuamente a partir de la contemplación asombrada de Dios que nos ama y nos atrae hacia él; sólo entonces se puede experimentar con alegría la 'relatividad' de tantas cosas que nos parecían indispensables. Es un proceso de formación, teórico y práctico, que no acaba nunca.

* Formarnos a la itinerancia, es decir, a la disponibilidad, a la obediencia al Espíritu, que se concretiza en la fidelidad a la forma vitae que asumimos desde el noviciado, sobre todo con la profesión de nuestra Regla.
* Formarnos al 'riesgo' de dejarnos re-inventar periódicamente por el Espíritu, valorizando sus dones: no podemos dejarlos inutilizados y sepultados en nosotros. Con frecuencia estamos convencidos de que las estructuras que nos rodean y el servicio que se nos ha confiado no necesitan modificaciones; más aún, estamos convencidos de que son imposibles sin nuestra presencia insustituible... ¡Cuánta rutina, cuánta repetición, cuánta 'hibernación' de dones, cuanto despilfarro!
* Formarnos a la minoridad, a la acogida de los pobres y, sobre todo, al encuentro con ellos; estar dispuestos a ir a ellos y no limitarnos a esperar que vengan a nosotros; compartir y dejarnos evangelizar para construir juntos una Fraternidad abierta y universal.
* Formarnos a una responsabilidad concreta y personal respecto a la justicia, la paz y la reconciliación.

Atreverse a confiar en Dios
Fundamentalmente la pobreza material y espiritual es la medida de nuestra fe: es el signo de que nuestra esperanza y nuestra confianza absoluta se basan en Dios y no en los bienes materiales, en nuestros recursos, en nuestra capacidad de obtener resultados, en la apariencia...

Atreverse a confiar en Dios significa abrir el alma y el corazón a la coparticipación fraterna, superando todas las formas de individualismo auto-referencial y autosatisfecho; sólo así aprendemos a abrirnos a las urgencias de un mundo que nos interroga a través de tantas formas de pobreza que ponen en tela de juicio (o, al menos, deberían...) nuestras seguridades, nuestra vida en común 'tranquila', demasiado 'burguesa' y marcada por una mentalidad consumista y resignada.

Atreverse a confiar en Dios significa comprometernos a una vida evangélicamente alternativa a la vida del mundo, creando confianza, fraternidad y participación con todos, ante todo en nuestras casas. A menudo seguimos preocupándonos de acumular, personal y comunitariamente, creando a veces situaciones de injusticia entre nosotros y en torno a nosotros.

¡Hoy en día la simplicidad teocéntrica franciscana no es sólo un 'valor': es el testimonio por excelencia y el verdadero camino de liberación!

IV. Formación y Estudios (nn. 124-138; Anexo 4)
En los últimos años los documentos de la Orden, acogiendo la preocupación de la Iglesia, repiten que el futuro de cualquier Instituto, por tanto también el de nuestra Orden, depende de la calidad de la formación permanente e inicial, estrechamente entrelazadas entre ellas y con la vida. Lograr comprender y, por tanto, decir y atestiguar, con la mente y con el corazón, que la formación inicial debe prolongarse hasta el final de la vida y que la formación permanente debe ser siempre inicial, significa captar el verdadero sentido del crecimiento vocacional, del crecimiento de nuestra fe.

Por qué formarnos
Estamos 'en formación' porque estamos in via, como buscadores incansables de Dios y de su voluntad; porque cambiamos, como cambia el mundo en torno a nosotros, y necesitamos adaptar continuamente nuestra respuesta evangélica a las nuevas situaciones. Es importante tener los ojos fijos en Dios, ser apasionados en el seguimiento; pero toda vocación es envío a una misión, por lo que también nos debe devorar la pasión por el hombre que vive a nuestro lado, en la situación cultural y social concreta.

Estamos 'en formación' porque nuestra vocación sólo crece y se desarrolla a una temperatura muy alta: es decir, debemos mantener siempre viva la escucha del Señor, alimentarnos de él en la eucaristía y seguir buscando las respuestas adecuadas, siempre nuevas, a sus sorprendentes invitaciones. Todo ello sólo es posible si 'vigilamos y oramos', si sabemos superar desviaciones, distracciones y tentaciones. Es un compromiso que no conoce edad, tiempos o culturas: es de siempre, es para todos y requiere formación.

Estamos 'en formación' porque lo exige la dinámica de la vida fraterna, que está en situación de constante 'reforma' y debe continuamente encontrar un nuevo equilibrio en las relaciones internas y externas sin faltar a la forma vitae, a los datos esenciales de nuestra identidad. Basta recordar algunos cambios habidos en los últimos años para comprobar que nuestra vida consagrada se ha transformado confrontándose:

* con la nueva identidad de la vida consagrada delineada por el concilio Vaticano II;
* con la necesidad de una reestructuración global de nuestra existencia cotidiana a causa de las nuevas visiones del hombre y, por tanto, de las nuevas exigencias culturales, sociales y religiosas;
* con la impotencia frente a las necesidades y a las crecientes demandas pastorales y sociales, cada vez más exigentes, de la Iglesia y del mundo, mientras disminuye el número de los consagrados y aumenta su edad;
* con el secularismo frío e indiferente que avanza en el mundo globalizado;
* con las divisiones, discordias y guerras, que aumentan y parecen echar por tierra nuestros esfuerzos de reconciliación y de paz;
* con la aparente incapacidad de nuestros hermanos ancianos de transmitir a las generaciones jóvenes lo que, sin embargo, viven con fidelidad.

Nos formamos porque queremos vivir nuestra vocación y misión con alegría y en plenitud. Si falta esta conciencia pueden darse situaciones destructivas en el camino vocacional.

Cómo formarnos
No es fácil responder: cada persona tiene su 'historia sagrada', personal e insustituible: cada persona tiene su vocación, aunque comparta con otros el servicio al Señor en un mismo proyecto de vida.

La formación, para ser verdadera y viviente, debe ser, al mismo tiempo, obra de Dios y del hombre. Todo empieza en Dios, que se pone en camino en nuestra busca: el hombre responde motivando su corazón, su mente y su vida, buscando acoger el deseo de Dios para hacerlo suyo, renovándose periódicamente. Nos formamos dejándonos implicar progresivamente en los planes de Dios, que, con obstinación, viene a nuestro encuentro amándonos tal como somos.

La formación, pues, debe integrar y relacionar, en el seno de la común identidad franciscana, los siguientes elementos:

* una experiencia viva en seguimiento de Jesús;
* según la forma de vida, según el 'estilo' de Francisco
* en el mundo actual.

Es sumamente importante integrar y conectar estos elementos para no convertir la formación en una 'estructura' más, inmotivada, mal acogida, soportada como una obligación indeseada. Para influir e incidir en la existencia cotidiana, la formación debe ser, a la vez, experiencia humana, cristiana y franciscana, y todo ello en una dinámica progresiva que tenga en cuenta el camino vocacional de cada persona y de cada fraternidad en su existencia de cada día.

Ámbitos de la formación
El primero, el fundamental y básico, es la persona concreta y singular, en su unicidad ante Dios, con su propia historia, con su afectividad, con su capacidad de relaciones serenas consigo misma, con los otros y con Dios. Edificar y reforzar continuamente la 'estructura básica' de cada hermano es el reto y el compromiso más importante que acompañará siempre al llamado durante la aventura religiosa.

Otro ámbito 'natural' de la formación lo constituye la fraternidad: una fraternidad dialógica y teocéntrica, marcada por las características evangélicas de la acogida, la misericordia y el perdón sin límites ni condiciones.

Una fraternidad que no sucumbe a la tentación de replegarse sobre ella misma, 'encerrándose', que es capaz de impulso misionero y, lejos de temer enfrentarse a los problemas del mundo, se mantiene siempre en tensión por estar en los lugares 'de frontera', en los sitios difíciles, para dar testimonio de reconciliación, de misericordia y de amor. Una fraternidad que vive en el mundo sin ser del mundo.

Cualidades de la formación
En los últimos años hemos invertido mucho en la formación inicial, algo menos en la permanente. Pero queda todavía un largo camino por recorrer. En el Informe al Capítulo hablo de resistencias que hay que superar en algunos casos, por ejemplo: en una formación franciscana más profunda, en la formación de los guardianes y de los formadores, en la conexión y la continuidad entre las varias etapas del itinerario formativo y entre la formación inicial y la formación permanente, en el acompañamiento personalizado... Sin embargo, los puntos esenciales que pueden cambiar de verdad el rostro de una Provincia o de la Orden entera son todavía más profundos.

* Debemos convencernos de que la formación, la fe y la búsqueda de Dios están relacionadas mutuamente y constituyen la prioridad absoluta para custodiar y vivir nuestra vocación en cualquier momento de nuestra vida. Es la prioridad en la que deben invertirse todas nuestras fuerzas.
* La formación es, desde el principio, misionera, misionera en todas las dimensiones del término, en todas las formas de evangelización; no nos formamos principal o exclusivamente con vistas a las estructuras de una Provincia, sino para fortificar la propia vocación, en la disponibilidad a toda misión con miras al Reino. No nos formamos 'en un lugar cerrado' para luego, en un segundo momento, 'ir fuera'.
* Es menester formarse (y formar) a la libertad y a una nueva ascesis. En las situaciones sociales en que vivimos, bajo el peso del trabajo excesivo, de una afectividad a menudo herida y no bien integrada, de un consumismo esclavizante, de elecciones hechas a medida de la propia conveniencia y consumo, tal como el mundo nos propone, la ascesis a la que debemos formarnos y a la que debemos formar no es la de las 'penitencias' o el cilicio... Se trata, más bien, de la liberación de todo tipo de idolatría, de droga (alcohol, velocidad, prisa, ruidos, resultados inmediatos y llamativos...), de toda forma de dependencia (medios de comunicación, cosas superfluas, hedonismo...). La ascesis verdaderamente formativa consiste hoy en saber cómo hacer apostolado y por qué hacerlo, en saber emplear el tiempo, en encontrar espacios para el descanso, el silencio, la interioridad, la paz, la escucha de la presencia de Dios, una verdadera y profunda relación fraterna...

Los estudios
'El edificio de la Orden se construye sobre dos pilares: la santidad de vida y la ciencia' (Tomás de Eccleston).

En mi Informe aparece claro el compromiso de todos por el desarrollo de los estudios en estos años: convenios, congresos, nuevos profesores, potenciación del PAA, conexión de los centros de estudio entre ellos y con el PAA, con la colaboración de tantas Entidades. ¡Gracias!

Ahora querría subrayar dos acontecimientos que constituyen un reto para los próximos años: la publicación de la Ratio studiorum OFM, que debe aplicarse en cada una de las Entidades, y la erección de la nueva Facultad de Ciencias bíblicas y de Arqueología. Son dos retos que la Iglesia y la Orden plantean a todas las Entidades y a todos los hermanos de nuestra Familia: respecto a estas dos realidades, debemos revisar nuestra disponibilidad a colaborar con nuestros hermanos comprometidos en primera línea, a apoyarlos y acompañarlos. En el fondo se trata del desarrollo y de la profundización de la dimensión intelectual de nuestra vida, que puede volver a dar impulso y entusiasmo a la Orden. La Iglesia nos dice que el estudio 'fomenta el diálogo y la participación, educa la capacidad de juicio, alienta la contemplación y la plegaria en la búsqueda de Dios y de su actuación en la compleja realidad del mundo contemporáneo' (VC 98d). ¡Debemos medirnos con estos múltiples aspectos del compromiso cultural!

Para reflexionar
Para reestructurar globalmente la propia existencia, a nivel personal y a nivel de las fraternidades, hace falta una conversión, una 'revisión' general. La propuesta de un moratorium más o menos largo de nuestras actividades es ciertamente exigente, pero podría dar fruto... ¿Cómo hacerlo?

Las celebraciones litúrgicas cotidianas y la lectura orante de la palabra de Dios -solos, en comunidad o con otros- pueden dar nueva profundidad a la vida de oración y armonizar mejor la vida de cada día. ¿Cómo concienciar de ello a los hermanos y a las fraternidades?

Instituto mixto. ¿Cómo hacer crecer en las Provincias la identidad del hermano menor en cuanto tal, sin acentuaciones clericales, desde la pastoral vocacional?

Tomar en serio los artículos 38-54 de nuestras CCGG, que prometimos observar en la profesión, significa cambiar (a veces radicalmente) el estilo de vida fraterna, cotidiana, en la Provincia y en la Orden entera. ¿Es algo realmente imposible?

¿Cómo fomentar el espíritu de sobriedad y de frugalidad que esperan de nosotros la Iglesia y, sobre todo, la multitud de pobres que piden más participación?

Revisar el significado de nuestro servicio apostólico o social, sobre todo si se ha perdido el espíritu de minoridad y se ha vuelto una ocupación auto-referencial, intocable, que aísla al hermano. Habrá que revisar las prioridades a nivel local, provincial y de la Orden entera

Debemos seguir escuchando, concienciado a cada hermano, profeso solemne o temporal, en el sentido profundo de la formación. Es una prioridad en la que hay que invertir con urgencia. ¿Cómo?

Formación a la ascesis, a la lectura: ayudar a los hermanos a saber emplear el tiempo, controlar su afectividad y libertad, evitando toda forma de alineación...

Sugerencias (nn. 139-144)

* Formación permanente y profesos solemnes recientes (139)
* Formación de los guardianes (140)
* Formación de los formadores (141)
* Formación específicamente franciscana (142)
* Promoción de los estudios (143)
* Lenguas que hay que emplear en los encuentros internacionales (144)


                   

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