Capitulum Generale
Ordinis Fratrum Minorum
Portiunculae (S. Mariae Angelorum)
24.V.2003 - 21.VI.2003

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07.06.2003


Homilía en la Vigilia de Pentecostés
(Fr. Hermann Schalück ofm)


Hermanos y Hermanas:

Preparándonos para la Solemnidad de Pentecostés, tengo frente a mis ojos dos imágenes contrastantes: una es la misma iglesia de la Porciúncula, lugar de renovado “Pentecostés” de nuestra Familia Franciscana. Es el lugar de la celebración siempre nueva de los frutos del Espíritu, en actitud de apertura y de acogida. Aquí Francisco acogió la palabra, el Perdón, los compañeros después de la misión. Aquí acogió a Clara. Éste es el lugar de la construcción de la primera “fraternidad en misión”, aquí se celebran a lo largo de los siglos los Capítulos como lugar de escucha, discernimiento, fraternidad. Todo esto símbolo vivo de la unidad en la diversidad de dones. Pero también de la composición sinfónica de los múltiples dones en fundamental unidad.

La otra imagen es una contra-imagen: la decisión de construir una torre (primera lectura) es símbolo de un poder monolítico que hace al hombre esclavo, imponiendo una sola visión en el mundo, una sola autoridad, un único proyecto cultural y religioso. Es el símbolo de todo esfuerzo por rebajar la religión y la espiritualidad a los propios fines, de ponerla al servicio del poder, anulando las diferencias entre las personas y las culturas.

La promesa de la efusión del Espíritu sobre jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, nos recuerda que no hay barreras ni límites de raza, sexo, cultura, edad. Dios es “Espíritu y Vida”, Él es infinita libertad. Él mismo es diálogo, relación, unidad en la diversidad. Es necesario reconocer la absoluta “prioridad” de la iniciativa de Dios, sin atribuir a Él nuestros proyectos quizá prefabricados. Es necesario orar incesantemente con Francisco: Dame sentido y conocimiento, que yo cumpla tu santo y veraz mandamiento.

También en nuestra Orden hoy, tenemos más que nunca necesidad de la obra del Espíritu, sea en la conversión de nuestros corazones, sea en la conversión de nuestras estructuras mentales y organizativas. Para superar nuestras resistencias, pienso que deberíamos “rumiar”, incluso en este Capítulo, algunas de las palabras más bellas y más alentadoras del Evangelio. Es la invitación de Cristo resucitado: No tengan miedo. - Do not be afraid.- Habt keine Angst. La tentación es siempre la de cerrarse sobre uno mismo, de tener cerradas las puertas del propio corazón, de la fraternidad, de las provincias y de las conferencias, de la misma Iglesia, mientras nuestra misión en un mundo tan bello y tan fracturado es siempre la de una encarnación más valiente, de un diálogo incondicionado con las culturas y las religiones, en una tonalidad siempre menos clerical y más fraterna, con todos los hombres y las mujeres de hoy. Tenemos también la misión de una comunión vital recíproca con toda la Familia Franciscana y, pienso, en este momento histórico sobre todo con nuestras Hermanas Clarisas y con la Orden Franciscana Seglar; no por último también con todos aquellos que buscan compartir con nosotros, quizá en formas nuevas, el carisma de Francisco y de Clara. El Pentecostés, el Pentecostés celebrado aquí en la Porciúncula, puede ser, estoy convencido, un antídoto eficaz contra el miedo y los prejuicios. No tengan miedo.

En un discurso al Consejo Mundial de las Iglesias (Upsala 1968), el metropolita Ignacio de Lattaquié pronunció estas palabras:

“Sin el Espíritu Santo,
Dios está lejos,
Cristo permanece en el pasado,
el Evangelio es letra muerta,
la Iglesia una simple organización
la autoridad sería dominación,
(el discernimiento lucha ideológica )* ,
la misión una propaganda,
el culto una evocación
y el actuar cristiano una moral de esclavos.

Pero con la presencia del Espíritu,
el cosmos se eleva y gime en el parto del Reino,
Cristo resucitado está presente,
el Evangelio es potencia de vida,
la Iglesia significa la comunión trinitaria.
(el discernimiento es la búsqueda común de los colores del Reino)*,
la autoridad es un servicio de liberación,
la misión es un Pentecostés,
la liturgia una memoria y anticipación,
el actuar humano se deifica.”**

Concluyo con una oración mía:

O Dios, mándanos nuevamente tu Espíritu, para que sea hoy un fuego que quema y que brilla, para alejar nuestras sombras y temores y traer nuevamente a la vida nuestro amor. Que el Espíritu sea para nosotros un aliento de dulzura, consolando y calmando nuestra tímida agitación sobre nuestro futuro. Que el Espíritu sea un viento fuerte para llenar nuestras velas y para ponernos en marcha, guiándonos hacia nuevos horizontes. Que el Espíritu sea una tormenta para limpiar el aire, agua para hacer florecer nuevas flores después de la sequía. Señor de nuestra historia, que tu Espíritu nos permita experimentar de primera mano cómo la antigua misión que Tú nos confiaste todavía es capaz de transformarnos a nosotros y a nuestro mundo hoy.

* Las dos líneas entre paréntesis son un agregado mío. H. S.
** El texto se encuentra en: G. Daneels, Il Fuoco dello Spirito. Milano 1992, p. 11.


                   

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