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PONGÁMONOS EN CAMINO
Fr. José R. Carballo, ofm
Ministro general
Queridos Hermanos:
Al término de este "Capítulo de Pentecostés", que nos ha congregado a la sombra de Santa María de los Ángeles a los 147 hermanos participantes en el mismo, provenientes de los cinco continentes, quiero, en primer lugar, agradecer al Señor el regalo de este Capítulo, que, como todo Capítulo, ha sido un tiempo de gracia; la oportunidad de encontrarnos para celebrar juntos el don de nuestra vocación de Hermanos menores; la gracia de reflexionar juntos y de compartir, familiarmente, nuestros gozos y nuestras preocupaciones. A Él, que es "el bien, todo bien, sumo bien" (AlD 3), elevamos con corazón agradecido nuestro "magníficat" de acción de gracias.
Mi gratitud va también a cuantos han colaborado activamente para que el Capítulo respondiese a los objetivos previstos y se desarrollase en un clima de serenidad y de gran fraternidad. Gracias al Secretario del Capítulo, fray Francisco Patton, y a los Vicesecretarios; a los actuarios, a los intérpretes y a los traductores; a los moderadores y a los escrutadores; a los responsables de la comunicación; a los peritos juristas y a los redactores del documento final; a la comisión litúrgica; a las Provincias Seráfica, Romana y Toscana, así como a las Fraternidades de la Curia general, de San Antonio (Roma) y de la Porciúncula, por su acogida verdaderamente fraterna; a los miembros del Definitorio general precedente, que prepararon con esmero la celebración del Capítulo, y, particularmente, a fray Giacomo Bini por su "completo y sugerente" Informe al Capítulo, que nos ayudó a entrar en un clima de reflexión en el que pudimos afrontar el tema, siempre arduo y difícil, de la revisión de nuestras estructuras. Gracias a todos vosotros, queridos hermanos participantes en el Capítulo, por vuestra presencia y por vuestro trabajo. Gracias, igualmente, a los hermanos de la Domus Pacis y de las Stuoie, así como a todo el personal, por su cercanía y franciscana cortesía.
El Capítulo es siempre un tiempo de gracia que nos permite volver la mirada al pasado con gratitud al Señor y a los hermanos y que nos invita a preparar el futuro con la confianza puesta en el Señor y en los hermanos. Este futuro, a mi modo de ver, pasa por la refundación, el redimensionamiento y el discernimiento.
Refundar. No se trata, ciertamente, de inventar "ex nihilo" el franciscanismo. Cuando hablo de refundación quiero decir simplemente que debemos seguir profundizando en nuestra identidad, en los valores esenciales de nuestra "forma vitae", tal como nos ha pedido reiteradamente el Capítulo -particularmente en la primera semana-, de modo que, colocando nuestra vida sobre la roca firme de los valores auténticos del franciscanismo, respondamos a lo que la Iglesia y el hombre de hoy esperan de nosotros. Si la crisis de la vida religiosa en general y de la vida franciscana en particular no es simplemente epidérmica, sino realmente profunda, la solución no puede estar en una innovación superficial, sino en una auténtica re-fundación. Los desafíos que se presentan ante nosotros son tales y de tal magnitud, que ya no basta reformar, retocar, remandar... "A vino nuevo, odres nuevos" (Mc 2, 22). A preguntas y circunstancias nuevas, respuestas nuevas. Si es cierto que el futuro germina en el presente, si es cierto que "no solamente tenemos una historia gloriosa que recordar y contar, sino una gran historia que construir" (VC 110a), no podemos contentarnos con echar parches, con tapar agujeros o, como dice el Evangelio, con coser remiendos nuevos en vestidos viejos (cf. Mc 2, 21). Se trata de una profunda conversión, de un nuevo nacimiento (cf. Jn 3, 3); se trata de verificar nuestro estilo de vida, nuestras opciones concretas, la coherencia del testimonio y del servicio que queremos ofrecer a los hombres, nuestros hermanos. Es necesario, como hicieron Francisco y Clara, mantenernos en actitud de docilidad al Espíritu (cf. VC 37), que sopla donde quiere (cf. Jn 3, 8), y "reproducir la audacia y la santidad" de Francisco en nuestro aquí y ahora (cf. VC 37). No se trata simplemente de pensar en la supervivencia, de ir tirando. De lo que se trata es de ser "pregoneros entusiastas del Señor Jesús en todo tiempo y lugar, y [de] estar dispuestos a responder con sabiduría evangélica a los interrogantes que hoy brotan de la inquietud del corazón humano y de sus necesidades más urgentes" (VC 81c). Como ha dicho muchas veces fray Giacomo Bini, necesitamos osar.
Redimensionar. La refundación entraña cambios profundos a nivel personal, a nivel comunitario y a nivel institucional. Es lo que quiero indicar con el término redimensionar. Como señala fray Giacomo Bini en su carta La Orden hoy, en los últimos años se ha hecho un gran esfuerzo para identificar con precisión la "ortodoxia" de nuestro carisma. Ahora ha sonado la hora de centrarnos más en la "ortopraxis". El problema que tenemos ya no es de carácter teórico, sino de compromiso y de acción. Hemos de pasar del dicho al hecho. O mejor, hemos de seguir hablando, pero, al mismo tiempo, hemos de actuar. El momento actual y la situación en que se encuentran muchas de nuestras entidades nos exigen este redimensionamiento. Si no lo hacemos, lo hará el tiempo. Esta situación, que tal vez muchos no desearían, puede, sin embargo, producir un efecto despertador: puede sacarnos de la noche y llamarnos a comenzar una nueva jornada, puede ser aguijón y caricia a la vez, poniéndonos en movimiento, interpelándonos, desencadenando un proceso de reflexión, de decisión y de actuación, con una meta y unas etapas claras para el entero itinerario.
Este redimensionamiento aparecerá así como una llamada a la fidelidad dinámica a nuestro carisma (cf. VC 37), a la "búsqueda apasionada y constante de la voluntad de Dios..., al ejercicio del discernimiento espiritual y al amor por la verdad" (VC 84b). Así pues, no será simplemente una opción para salir al paso de la escasez de mano de obra con que se encuentra la Orden en muchas Provincias, sino que estará al servicio de la vida, de una mayor significatividad en la vivencia de nuestra opción vocacional, de una mayor fidelidad a Cristo, a la Iglesia, a Francisco y al hombre de hoy; y de este modo podremos construir comunidades más fraternas, capaces de lavar los pies a los pobres y de dar una aportación insustituible a la transformación del mundo (cf. VC 110b).
Este redimensionamiento pasa, a mi modo de ver, en primer lugar por recuperar la capacidad de relacionarnos con el mundo o, lo que es lo mismo, por recuperar la comunicación con los hombres que nos rodean, particularmente con cuantos sufren, con el mundo de los "rotos" o "fracturados", a los cuales estamos llamados a anunciar la paz que viene del Señor, trabajando por la justicia y la paz (cf. "El Señor les dé la paz", II, 2). No podemos seguir encerrados en nuestros grandes o pequeños castillos. Es necesario salir, ir "a los de cerca y a los de lejos" para sembrar en el corazón de todos gérmenes de vida, las semillas del Reino.
El redimensionamiento pasa también por revisar nuestras presencias. Del mismo modo que los frutos manifiestan la vitalidad del árbol (cf. Mt 7, 10. 20), así también las presencias manifiestan, de una manera u otra, la vida que llevamos dentro o la falta de ésta. Redimensionar las presencias significa, ante todo, hacerlas más significativas, más vivas, de modo que puedan "afrontar los retos del mundo" y leer en ellos la presencia y la bondad de Dios, particularmente en un tiempo como el nuestro, de grandes cambios socio-culturales, de grandes luces y de no pocas sombras (cf. MP 6). Redimensionar las presencias significará también, en muchos casos, revisar lo que hacemos (nuestras obras apostólicas), de forma que se facilite la vida y la misión. Pienso que es urgente, sobre todo, redimensionar las obras que someten a los hermanos a una actividad y a un trabajo excesivos. No podemos sacrificar la vida al trabajo -por importante que éste sea-, a la eficacia y al utilitarismo social. Las estructuras deben estar al servicio de la vida y no la vida al servicio de las estructuras. Redimensionar las presencias exigirá, finalmente, revisar la ubicación de algunas de ellas, de modo que estemos próximos a la gente, abramos nuestra vida al pueblo y nos solidaricemos con los pobres. De este modo recuperaremos la pobreza evangélica que hemos prometido.
Discernir. Todo esto exige de nosotros entrar en actitud de constante discernimiento o, si se prefiere, de itinerancia mental y estructural. Probablemente el abanico de posibles opciones nunca ha sido tan grande como hoy. Y, ante tal variedad de ofertas, muchos se preguntan: ¿Qué hacer?, ¿qué camino tomar?, ¿cómo orientarnos?
La respuesta a tales preguntas no es fácil. De lo que sí estamos seguros es de que, para intentar una respuesta adecuada, el único camino posible es el discernimiento. Ante la dificultad en poner de acuerdo el "semper" y el "novum", Parménides y Heráclito, la fidelidad y la creatividad, se impone discernir.
Como escribe Dokens en su Relato de las dos ciudades, nuestro tiempo es el mejor y el peor, la hora de la sabiduría y la de la locura, la época de los grandes creyentes y la de los grandes incrédulos, la estación de la luz y la de las tinieblas, la primavera de la esperanza y la de la desesperación. Esta misma doble perspectiva aparece clara en el documento final de nuestro Capítulo: "El Señor les dé la paz". En el análisis de la situación actual que el documento capitular hace en el primer capítulo (Salud en los nuevos signos del cielo y de la tierra), se nos invita a escrutar los signos de los tiempos y a interpretarlos a la luz del Evangelio (cf. GS 4; VC 81). Se nos invita a "emprender, como en cada tiempo y lugar, el camino del discernimiento evangélico en una doble perspectiva: examínenlo todo y quédense con lo bueno (1 Ts 5, 21)" y a "tomar conciencia de los esquemas personales y sociales que se oponen a la vida, para denunciarlos y contribuir a su superación, y, de igual manera, abrir los ojos de la fe y de la esperanza para detectar, en medio de las crisis, los sueños emergentes de la humanidad, para abrirles cauce en nuestra propia vida" ("El Señor les dé la paz", I).
Como Hermanos menores, necesitamos "llevar en el corazón y en la oración las muchas necesidades del mundo entero, actuando con audacia en los campos de nuestro carisma fundacional" (VC 73c). La mente y el corazón abiertos a todos, pero las manos ocupadas y los pies caminando por senderos afines a nuestra forma de vida. Se ha dicho que en Occidente el problema no es la desnutrición espiritual, sino la no adecuada alimentación. No se trata simplemente de elegir lo bueno y rechazar lo malo. Se trata de elegir, entre lo bueno, aquello que nos hace bien y que responde más adecuadamente a nuestra condición de Hermanos menores. Pero para ello se necesita discernimiento: "El testimonio profético exige el ejercicio del discernimiento espiritual" (VC 84b). Es necesario entrenarnos, personal y comunitariamente, en "el arte de buscar los signos de Dios en las realidades del mundo" (VC 68), es necesario aprender el arte del discernimiento.
Queridos Hermanos: De vuelta a sus Provincias y entidades, transmitan a los hermanos la alegría de haber vivido juntos estas cuatro semanas. Comuníquenles la alegría de formar parte de una Fraternidad universal, de una Fraternidad en misión. Y salúdenles a todos de parte mía y de parte del Definitorio, asegurándoles que nuestro mayor empeño consistirá en estar siempre cerca de ellos para compartir sus luchas, sus miedos y sus esperanzas; para compartir, sobre todo, la alegría de ser Hermanos menores.
"El Señor les dé la paz", Hermanos.
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