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...La “Fraternidad en la misión” fue instituida por el mismo Jesús durante su vida mortal. Leemos en el Evangelio de Lucas: “Luego designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él” (Lc 10, 1).
* El idea fundamental de la Fraternidad en la misión es importante para Jesús, pues, por principio, no es bueno que el hombre esté solo, como se dice en el libro del Génesis (Gén 2, 18). La comunidad fraterna con otros responde a la esencia social del ser humano. El estar solo entraña peligros para toda persona y para su desarrollo. “Vae soli!”, “¡Ay de quien está solo!”, decían los romanos. Quien está solo, está a la merced del otro y del él mismo. En compañía puede uno defenderse mejor de los peligros exteriores provenientes de hombres, de cosas y de acontecimientos. En la coparticipación humana está uno protegido de los endurecimientos y de las deformaciones del propio espíritu y de la propia alma, así como de las tentaciones provenientes del propio interior. La Fraternidad es una defensa contra los peligros de fuera y contra los de dentro, así como un correctivo para las propias debilidades.
* Además, la Fraternidad es importante para la misión misma. “Está escrito que el testimonio de dos es válido”, leemos en el Evangelio de San Juan (Jn 8, 17). Si hay al menos dos personas que atestiguan lo mismo, esto puede aceptarse como verdadero. Así Pedro y Juan van al sepulcro de Jesús, ven que está vacío y pueden dar testimonio de la resurrección. Los discípulos de Emaús son dos. Los apóstoles a quienes se aparece el Resucitado son diez, y luego, con Tomás, el incrédulo, once. En la misión la Fraternidad es indispensable para que se acepte el testimonio.
* La oración, que debe acompañar a la misión, es más segura y mejor cuando se hace de dos en dos. “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20).
* La Iglesia es comunión y debe ser “signo e instrumento tanto de la unión íntima con Dios como de la unidad de la humanidad entera” (LG l). Quien quiera, en la misión, crear comunión de los hombres con Dios y de los hombres entre ellos, debe vivir personalmente en comunión, debe vivir previamente como Iglesia: sólo así podrá tener éxito la misión.
La Fraternidad en la misión es indispensable, pero no es fácil. Hay que conquistarla y mantenerla. Esto exige tiempo para el intercambio, para la compensión y el perdón. La Fraternidad exige renuncia al egocentrismo, a la soledad separada de los demás, a la autorrealización egoísta, al uso de la fuerza sobre los otros, al prestigio ante los otros, así como al afán de seguridad personal y de riqueza. San Francisco, que buscó y recomendó como nadie antes ni después que él la Fraternidad en su Orden, en su Fraternidad de hermanos para la Iglesia, sabía por qué. Por eso exigió la humildad, la pobreza y la castidad como condiciones previas de la Fraternidad.
* Cada uno considere al otro superior a él y cada uno a sirva todos los demás con los dones que Dios le ha dado, amonesta San Pablo. Esto es humildad.
* Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían ellos en común (cf. Hch 2, 44). Esto es la verdadera pobreza.
* ¡Dichosos los limpios de corazón!, se dice en el sermón de la mantaña según San Mateo. Vivir sin patrañas ni embustes, sin socarronerías ni trampas, con toda sinceridad y franqueza: he aquí la auténtica castidad en el trato con los otros.
“¡La Fraternidad en la misión!” La Fraternidad es conditio sine qua non para la misión de la Iglesia. Lograrla y mantenerla es una tarea importante y que todos debemos realizar.
Pido a Dios, queridos hermanos de la Orden de San Francisco, que bendiga su Capítulo general. Sus deliberaciones y resultados para la Fraternidad en la misión pueden ayudar a la Iglesia entera a devenir y ser más lo que debe: una comunidad fraterna en Dios, Padre de Jesucristo, para la salvación del mundo.
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Prof. Dr. Ludwig Schick
Arzobispo de Bamberg
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