Al Reverendo Padre
GIACOMO BINI
Ministro general del la Orden de los Hermanos Menores
1. Me complace dirigirle a usted, Reverendo Padre, y a toda la Orden de los Hermanos Menores mi saludo cordial y de feliz augurio con ocasión del Capítulo general ordinario, convocado en la Ciudad de San Francisco y de Santa Clara. Se celebra en la Porciúncula, y esto reaviva la gozosa memoria de los orígenes de la Orden, nacida bajo la mirada de Santa María de los Ángeles, a la que veneráis como Patrona especial con el título de "Inmaculada".
La Asamblea capitular de "Pentecostés", prescrita por la Regla (cf. Rb 8), evidencia el papel fundamental que San Francisco reconocía al Espíritu Santo, a quien gustaba definir como "Ministro general" de la Orden (cf. Celano, Vida segunda, 193). El Espíritu Santo purifica, ilumina y enciende los corazones con el fuego del amor, conduciéndolos al Padre tras las huellas de Jesús, el Señor (cf. Carta a toda la Orden, 62-63).
En una circunstancia tan significativa, me agrada renovar los sentimientos de gratitud a esa Familia religiosa por el servicio que presta a la Iglesia desde hace muchos siglos, continuando la obra iniciada por Francisco de Asís y por su discípula Clara. Deseo, además, aprovechar esta oportunidad para ofrecer a los miembros del Capítulo general y, por su medio, a todos los Hermanos Menores algunos elementos últiles para una revisión comunitaria del camino recorrido hasta ahora y para una acción apostólica más incisiva en el mundo de hoy.
2. Al final del gran Jubileo del Año 2000, recordé al entero pueblo cristiano, con la Carta apostólica Novo millennio ineunte, las prioridades espirituales del tercer milenio y no dudé en afirmar que la santidad es la perspectiva en la que debe situarse todo camino pastoral (cf. n. 30). Subrayé que en todo programa de evangelización debe respetarse el "primado de la gracia..., la primacía de Cristo y, en relación con él, la primacía de la vida interior y de la santidad" (n. 38). Además, los Institutos de vida consagrada están llamados a desempeñar un papel especial, pues tienen como misión específica el testimonio profético del Reino de los cielos. Esto entraña una tensión incesante a la santidad. Se comprende así mejor lo que se lee en la Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, a saber: "Hoy más que nunca es necesario un renovado compromiso de santidad por parte de las personas consagradas para favorecer y sostener el esfuerzo de todo cristiano por la perfección" (n. 39).
Si es verdad que "los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno" (Novo millennio ineunte, 31), en la Regla y en las Constituciones de vuestra Orden "se contiene un itinerario de seguimiento, caracterizado por un carisma específico reconocido por la Iglesia" (Vita consecrata, 37). Dicho itinerario ha sido recorrido por muchísimos cohermanos vuestros, santos y beatos franciscanos que observaron con fidelidad heroica hasta la muerte los compromisos libremente asumidos el día de la profesion religiosa. Os prestará una gran ayuda referiros costantemente a ellos, maestros y modelos de santidad, inspirándoos en su ejemplo, ahondando su conocimiento, invócandolos devotamente, conmemorándolos en sus fiestas litúrgicas.
3. El Capítulo general se celebra en la ciudad de Asís, donde resuena perennemente la voz que Francisco oyó tres veces, procedente de la Cruz: "¡Francisco, vete y repara mi casa, que, como ves, está a punto de arruinarse toda ella!" (Buenaventura, Leyenda mayor, 2, 1).
También en los últimos años, marcados por notables cambios sociales, la Orden ha sido estimulada a hacer actual esta singular llamada, estudiando con detenimiento su significado para vivir el carisma con más coherencia. Esta reflexión ha impulsado a vuestra Familia religiosa a poner más en evidencia el servicio misionero y eclesial confiado por Cristo al joven Francisco y, posteriormente, confirmado por el papa Inocencio III con las palabras: "Id con el Señor, hermanos, y, según él se digne inspiraros, predicad a todos la penitencia" (Celano, Vida primera, 33).
Es importante que la Orden conserve su propio estilo misionero, marcado con el sello de la pobreza y de la vida fraterna, animado por el espíritu de contemplación y por la búsqueda de la justicia, de la paz y del respeto de la creación. Además, es indispensable que todos sus miembros y toda la fraternidad colaboren en la edificación de la única Iglesia de Cristo, de acuerdo y en plena comunión con los Pastores de las Comunidades cristianas locales.
Así, vuestra Orden, en armonía con los Ordinarios diocesanos, contribuirá a "consolidar y difundir el Reino de Cristo, llevando el anuncio del Evangelio a todas partes, hasta las regiones más lejanas" (Vita consecrata, 78), gracias a un renovado espíritu de obediencia y a un sincero deseo de comunión eclesial.
4. Que vuestro único objetivo, en toda opción y decisión apostólica, sea la salus animarum, como lo fue para el Pobrecillo de Asís, movido siempre y únicamente por el celo de la salvación de los hermanos. En efecto, Francisco, considerando que "el Unigénito de Dios se hubiese dignado morir colgado en la cruz por las almas", "no se creía amigo de Cristo si no amaba las almas que él amó" (Celano, Vida segunda, 172) y "escogió no vivir para sí solo, sino para Aquel que murió por todos, pues se sabía enviado a ganar para Dios las almas que el diablo se esforzaba en arrebatárselas" (Celano, Vida primera, 35).
La salus animarum lo empujó también a promover la dignidad y los derechos de la persona, creada y formada "a imagen de su querido Hijo según el cuerpo y a su semejanza según el espíritu" (Francisco, Admonición 5, 1), así como a defender la salvaguardia de la creación, puesto que todas las cosas han sido creadas por Cristo y para Cristo y todas subsisten en él (cf. Col 1, 16-17). Sobre todo, la vida de Francisco se distinguió por una constante tensión espiritual que lo llevaba a ver y a comprender todo a la luz de "la felicidad definitiva que está en Dios" (Vita consecrata, 33). De este amor suyo a Dios brotaba la ardiente pasión por predicar a los fieles "los vicios y las virtudes, la pena y la gloria" (Regla bulada, 8, 4). Que éste, queridos Hermanos Menores, siga siendo vuestro "estilo" apostólico en la Iglesia. Hago votos por que de los trabajos capitulares emerjan indicaciones oportunas para hacerlo cada vez más apto para responder a los retos de la época moderna.
5. "¡La mies es mucha, pero los obreros son pocos!" (Mt 9, 37). Vienen a la mente estas palabras de Jesús ante la gran extensión del campo de acción y el escaso número de brazos disponibles. Hablar de impulso misionero parece también poco realista cuando se aplica a vuestra Orden, si se tienen en cuenta la disminución del número de sus miembros y el aumento de la media de edad habidos en estos años. Pero esto, en vez de inducir al desaliento, debe más bien, por una parte, impulsar a intensificar la oración al Dueño de la mies para que "mande obreros a su mies" (Mt 9, 38), y, por otra, a buscar nuevas estrategias pastorales y vocacionales.
Por qué perder la confianza, si Jesús aseguró a Francisco que él mismo, Jesús, era "el principal responsable" de la Orden? No le prometió acaso: "Yo te llamé, te guardaré y te alimentaré; y si algunos hermanos apostataren, los sustituiré por otros, de suerte que, si no hubiesen nacido todavía, los haré nacer" (Buenaventura, Leyenda mayor, 8, 3)? Conscientes de ello, promoved y acompañad las vocaciones con la oración y con el testimonio de vida, confiando en Aquel en quien "Dios puede suscitar de las piedras hijos de Abrahán y volver fecundos los senos estériles" (Congregación para los Institutos de Vida consagrada y las Sociedades de Vida apostólica, Comenzar desde Cristo, 16). Ha hecho bien vuestra Orden en dedicar numerosas energías a la pastoral vocacional y a la formación de los aspirantes a la vida consagrada, en colaboración con otros Institutos de inspiración franciscana y con las Diócesis.
Francisco y Clara de Asís ejercen un gran atractivo sobre los jóvenes y este atractivo debe utilizarse también para proponer a las generaciones del tercer milenio "una reflexión atenta sobre los valores esenciales de la vida, los cuales se resumen claramente en la respuesta que cada uno está invitado a dar a la llamada de Dios, especialmente cuando pide la total entrega de sí y de las propias fuerzas para la causa del Reino" (Novo millennio ineunte, 46).
Las celebraciones convocadas por los cuatro Ministros generales de las Familias Franciscanas con ocasión del 750 aniversario de la muerte de Santa Clara pueden constituir, al respecto, una ocasión sumamente oportuna para hacer reconocer mejor las vocaciones a la vida contemplativa, apostólica, eremítica y seglar franciscano-clariana.
6. Sed vosotros mismos hombres apasionados por Cristo y por el Evangelio, hombres de oración incesante y testigos gozosos de una opción radical por el Reino de los cielos. Vuestro compromiso será tanto más eficaz cuanto más os esforcéis en ofrecer los signos elocuentes de "la primacía de Dios y de los valores evangélicos en la vida cristiana" (Vita consecrata, 84).
El hábito tradicional, que vestís habitualmente, recuerda, con solo verlo, el estilo de penitencia y de pobreza, de mansedumbre y de acogida, de sencillez y de consagración total a Dios que debe distinguiros. Manteneos fieles a vuestro típico carisma, abriéndoos al mismo tiempo, con sabiduría y prudencia, a las exigencias del apostolado de nuestra época.
El Espíritu Santo, con su luz y su fuerza, os haga capaces de llevar a Cristo "en el corazón y en el cuerpo por el amor y por una conciencia pura y sincera" y de engendrarlo "por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros" (Francisco, Carta a todos los fieles, Segunda redacción, 53).
San Francisco, Santa Clara y todos vuestros santos Patronos acompañen los trabajos capitulares y los hagan fecundos para el bien de la Orden y de la Iglesia. La Virgen María, "Estrella de la nueva evangelización", os ayude a permanecer fieles al compromiso misionero al que Francisco sigue exhortándoos con la hermosa expresión: "Pon tu confianza en el Señor, que él te sostendrá" (Celano, Vida primera,12).
Dirigíos diariamente con el rezo del Rosario, oración exquisitamente evangélica y franciscana, a la "Virgen hecha Iglesia" (Francisco, Saludo a la Virgen María, 1), a la Reina de los Apóstoles, a la "Abogada de la Orden" (Celano, Vida segunda, 198).
Con estos sentimientos, a la vez que aseguro a cada uno un recuerdo constante ante el Señor, imparto de corazón a usted, Reverendo Padre, a los Capitulares y a todos los Hermanos esparcidos por el mundo una especial Bendición Apostólica.
Dado en el Vaticano, el 10 de mayo de 2003
Joannes Paulus II PP

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