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...Desde hace muchos años, nuestro Consejo general se ha beneficia por los encuentros anuales con el Definitorio. El encontrarnos, aún siendo el tiempo breve y limitado, y compartir nuestras experiencias y búsquedas ha sido un apoyo mutuo. Confrontar nuestras maneras de decir Dios hoy en día es una fuente de enriquecimiento. Bebemos de la misma fuente, Francisco, para decir a todas las personas y al mundo que son amados por Dios. El encarnar el carisma frasciscano es, me parece, una fidelidad al “tesoro” que llevamos en nuestras manos y del que somos todos responsables. Tenemos manera específicas, pero complementarias, de ofrecer y de compartir con todos aquellos a quienes hemos sido enviados. Un mismo Espíritu está trabajando en nuestras vidas y nos impulsa al intercambio, nos hace descubrir las riquezas inestimables de la alteridad.
“Fraternidad en misión” es el tema de su Capítulo general. La celebración de la Ascensión y de Pentecostés en este tiempo es una bella “armonía divina” (expresión que tanto quería María de la Pasión). Estas dos fiestas nos consagran en nuestro ser de enviados y enviados en fraternidad. En la Ascensión, antes de subir la Padre, Cristo confirma a sus discípulos en la misión que les ha confiado y los envía para continuar Su Obra, los designios de Dios para el mundo. En Pentecostés, por la acción de su Espíritu, sus miedos, sus diferencias y sus diversidades se transforman en alianza recíproca, comunión, vida nueva: la de la fraternidad en misión. El tema de su Capítulo nos interpela y nos estimula a buscar cómo, según el deseo de María de la Pasión, “realizar nuestra vocación en el camino franciscano, de vivir el Evangelio en medio del mundo, en el seguimiento de Cristo humilde y pobre, en simplicidad, paz y alegría.” (Constituciones FMM, art. 5). La fraternidad en misión no es, en el corazón de nuestro mundo actual marcado por tanto sufrimiento, la esperanza anunciada por Dios, Padre-Hijo-Espíritu?
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