Discurso conclusivo
17.11.2001
Fra Giacomo Bini
El mensaje evangélico de Francisco de Asís, como el vino nuevo del que habla el Evangelio, parece destinado a «reventar los odres» de las estructuras en todas las épocas. Parece que Francisco repita a cada generación aquello que dijo antes de morir: «Por mi parte he cumplido lo que me incumbía; que Cristo os enseñe a vosotros lo que debéis hacer» (LM 14, 3b). Debemos responder hoy a este reto. No podemos contentarnos con acomodar el dinamismo de la forma de vida o con forzarlo oprimiéndolo en estructuras repetitivas y que se dan por supuesto: correríamos el riesgo de sofocar la fuerza profética de nuestra vocación.
Nuestro mundo está cada vez más desestructurado y extraviado. Está a la búsqueda de valores. Por eso seguirá provocándonos e interpelándonos. Somos testigos de momentos trágicos, de sufrimiento y de oscuridad. El futuro positivo de la humanidad dependerá de la capacidad que tengamos de transmitir a las generaciones de mañana razones de vida y de esperanza (cf. GS 31) y de ser instrumentos de paz, «pontífices» (constructores de puentes), generadores de medios y de modos de comunión.
El Pobrecillo de Asís supo responder a las expectativas de su tiempo actualizando el Evangelio y dando testimonio de él, proponiéndolo con inmediatez como un valor revolucionario que también soñar también al hombre de hoy; supo transmitir todo esto a su generación creando estructuras relacionales nuevas y suscitando una atracción entusiasta.
¿Cómo podemos responder nosotros hoy? Participando en el trágico sufrimiento de los dolores de parto de un mundo nuevo. Los dolores de parto son signo de que ha llegado el momento del nacimiento de una vida nueva. No se puede retrasar el parto: se corre el riesgo de sofocar la vida para siempre.
Tampoco nosotros podemos dar largas: ya no estamos en tiempos de «retocar» nuestra casa, nuestras estructuras. Necesitamos cambios radicales. Mientras pseudovalores mundanos y destructivos están invadiendo nuestras «clausuras», debemos convertir de nuevo el mundo, nuestro mundo sediento de Dios, de justicia, de fraternidad, de paz, en nuestro «claustro».
Saber leer y captar la urgencia de los tiempos que estamos viviendo es el reto histórico que nos espera, un reto que sólo podemos afrontar en la fidelidad a nuestro proyecto evangélico con simplicidad y radicalidad, esforzándonos en transmitirlo auténticamente.
En estos días hemos tenido la gracia de una experiencia de libertad en la acogida recíproca, abriéndonos unos a otros y superando los prejuicios que oscurecen la imagen que Dios ha colocado en cada hombre: es el único camino que nos permite salir del círculo oscuro de nuestros miedos, de nuestras inseguridades, de nuestras defensas y cerrazones.
No renunciemos nunca a vivir lo que la Regla nos pide: «Y dondequiera que estén y se encuentren los hermanos, condúzcanse mutuamente con familiaridad entre sí. Y exponga confiadamente el uno al otro su necesidad, porque si la madre nutre y quiere a su hijo carnal, ¿cuánto más amorosamente debe cada uno querer y nutrir a su hermano espiritual?»
|