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Oración y acción de gracias

(Regla no bulada, XXIII)

Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo. Señor rey del cielo y de la tierra, te damos gracias por ti mismo, pues por tu santa voluntad, y, por medio de tu único Hijo con el Espíritu Santo, creaste todas las cosas espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza, nos colocaste en el paraíso. Y nosotros caímos por nuestra culpa.

Y te damos gracias porque, así como nos creaste por tu Hijo, así también, por el santo amor con que nos amaste, hiciste que él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima Santa María, y quisiste que nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz y sangre y muerte.

Y te damos gracias porque este mismo Hijo tuyo ha de venir en la gloria de su majestad a arrojar al fuego eterno a los malditos, que no hicieron penitencia y no te conocieron; y a decir a todos los que te conocieron y adoraron y te sirvieron en la penitencia: Venid, benditos de mi Padre; recibid el reino que os está preparado desde el origen del mundo.

Y porque todos nosotros, míseros y pecadores, no somos dignos de nombrarte, imploramos suplicantes que nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo amado, en quien te has complacido, que te basta siempre para todo y por quien tantas cosas nos has hecho, te dé gracias por todo junto con el Espíritu Santo Defensor como a ti y a él mismo le agrada. ¡Aleluya!

Y a la gloriosa madre, la beatísima siempre Virgen María, a los bienaventurados Miguel, Gabriel y Rafael, y a todos los coros de los bienaventurados serafines, querubines, tronos, dominaciones, principados, potestades, virtudes, ángeles, arcángeles; a los bienaventurados Juan Bautista, Juan Evangelista, Pedro, Pablo, y a los bienaventurados patriarcas, profetas, inocentes, apóstoles, evangelistas, discípulos, mártires, confesores, vírgenes; a los bienaventurados Elias y Enoc, y a todos los santos que fueron, serán y son, humildemente les suplicamos, por tu amor, que te den gracias por estas cosas, como te agrada a ti, sumo Dios verdadero, eterno y vivo, con tu queridísimo Hijo nuestro Señor Jesucristo y el Espíritu Santo Defensor, por los siglos de los siglos. Amén. ¡Aleluya!

Y a todos los que quieren servir al Señor Dios en el seno de la santa Iglesia católica y apostólica, y a todos los órdenes siguientes: sacerdotes, diáconos, subdiáconos, acólitos, exorcistas, lectores, ostiarios y a todos los clérigos; a todos los religiosos y religiosas; a todos los conversos y niños; a los pobres e indigentes; a los reyes y príncipes; a los trabajadores y agricultores; a los siervos y señores; a todas las vírgenes y continentes y casadas; a los laicos, varones y mujeres; a todos los niños, adolescentes, jóvenes y ancianos; a los sanos y enfermos; a todos los pequeños y grandes; a todos los pueblos, gentes, tribus y lenguas; y a todas las naciones y a todos los hombres de todos los lugares de la tierra, que son y serán, humildemente les rogamos y suplicamos todos nosotros, los hermanos menores, siervos inútiles, que perseveremos todos en la verdadera fe y en la penitencia, porque de otro modo nadie se puede salvar.

Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la fuerza y fortaleza, con todo el entendimiento, con todas las energías, con todo el empeño, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los deseos y quereres, al Señor Dios, que nos dio y nos da a todos nosotros todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida, que nos creó, nos redimió y por sola su misericordia nos salvara; que nos ha hecho y hace todo bien a nosotros, miserables y míseros, pútridos y hediondos, ingratos y malos.

Ninguna otra cosa, pues, deseemos, ninguna otra queramos, ninguna otra nos agrade y deleite, sino nuestro Creador y Redentor y Salvador, el solo verdadero Dios, que es el bien pleno, el todo bien, el total bien, el verdadero y sumo bien; que es el solo bueno, piadoso, manso, suave y dulce; que es el solo santo, justo, verdadero, santo y recto; que es el solo benigno, inocente, puro; de quien y por quien nos viene y en quien está todo el perdón, toda la gracia, toda la gloria de todos los penitentes y justos, de todos los bienaventurados que gozan juntos en los cielos.

Nada, pues, impida, nada separe, nada se interponga; nosotros todos, en todas partes, en todo lugar, a toda hora y en todo tiempo, todos los días y continuamente, creamos verdadera y humildemente, y tengamos en el corazón y amemos, honremos, adoremos, sirvamos, alabemos y bendigamos, glorifiquemos y sobreexaltemos, engrandezcamos y demos gracias al altísimo y sumo Dios eterno. Trinidad y Unidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo, creador de todas las cosas y salvador de todos los que en él creen y esperan y lo aman; que, sin principio y sin fin, es inmutable, invisible, inenarrable, inefable, incomprensible, inescrutable, bendito, loable, glorioso, sobreexaltado, sublime, excelso, suave, amable, deleitable y sobre todas las cosas todo deseable por los siglos. Amén.