Portadores del don del Evangelio
SÍNTESIS DEL DOCUMENTO FINAL
El documento final retoma y propone a todos los hermanos de la Orden los temas principales debatidos por este Capítulo general, dedicado a la evangelización.
Se trata de un texto breve – ¡Francisco exhortaba a usar brevedad de sermón! – que inserta el tema de la evangelización en la lógica del don: un don recibido del Señor (el Evangelio) que Francisco y los suyos quieren restituir al mundo, como el don más importante.
Por ello, la primera parte del texto, titulado El don del Evangelio, ilustra la manera en que Francisco descubrió y acogió el don del Evangelio, que se encuentra en el origen del nacimiento de la Fraternidad. Cuando los primeros dos compañeros de Francisco le preguntaron qué cosa debían de hacer para vivir con él, Francisco les respondió: “Pidámosle consejo a Cristo” y junto con ellos entró en la iglesia para abrir por tres veces el libro del Evangelio. De esta escucha de la voz del Señor nace el nuevo vínculo en el Espíritu que es la Fraternidad. Aquél grupo de creyentes inmediatamente dan testimonio y anuncian a aquel que vive: y como viven el Evangelio, se convirtieron en anunciadores y heraldos del Evangelio, con gran creatividad y fantasía, encontrando formas nuevas para llevar la buena noticia a todo hombre.
La segunda parte del documento, titulada Restituyamos el don del Evangelio, se esbozan algunas formas en que hoy, en un mundo tan diferente del de san Francisco, los Hermanos Menores desean anunciar el Evangelio. Es la buena noticia de un Dios que es Padre y que nos ama, y nos ama tanto que nos ha dado a su propio Hijo Jesús y permite un encuentro viviente con él mediante la fuerza del Espíritu: una presencia que para nosotros es fuerza de vida y de salvación.
La misión de los Hermanos Menores acontece entre los hombres y las mujeres de hoy, poniendo al centro a los otros y no a sí mismos, en una actitud de simpatía por el mundo, tratando de comprender y hacerse comprensibles a cada pueblo y a cada cultura. Tal misión asume frecuentemente la forma partir para otros países, para vivir entre hombres de otras lenguas y culturas y hacerles presentes a todos, el don del Evangelio. Se trata, por tanto, de habituarse a “habitar las fronteras”, en un mundo que por una parte derriba y por el otro construye confines y barreras; los Hermanos Menores quieren hacer “porosas” las fronteras demasiado impermeables para hacer posible la comunicación y la comunión en el mundo de hoy.
En esta tarea, es necesario asumir una actitud de compartir nuestra misión con los laicos, con los hombres y las mujeres cristianas de nuestro tiempo, que tienen el derecho y el deber de anunciar el Evangelio, porque esta tarea pertenece a toda la Iglesia, y no sólo a algunos.
Esto implica el alejarse de un cierto clericalismo, que piensa que la evangelización está reservada a los sacerdotes. La Orden franciscana, que está formada por hermanos sacerdotes y hermanos laicos, que pertenecen de la misma manera a la Fraternidad, puede ayudar en este camino de toda la Iglesia; los mismos Hermanos Menores deben hacer progresos en este sentido.
Para poder realizar todo lo que se ha dicho hasta aquí, se requiere de un proyecto fraterno de vida y misión, en donde la evangelización se armonice con las diversas dimensiones de la vida de los Hermanos Menores, desde el espíritu de oración hasta la minoridad, desde la vida fraterna hasta la formación. En esta perspectiva, la evangelización se presenta como el horizonte de todo el camino del Hermano Menor. La evangelización asume de esta manera, una espiritualidad vigilante a los valores de la justicia, paz, integridad de la creación, hace a los hermanos puentes de diálogo, de encuentro, de reconciliación, y guías para tomar decisiones concretas de reestructuración de las presencias que nos harán más sencillos y vulnerables, pero también más proféticos y, desde luego, más “menores”
La conclusión, después de un amplio agradecimiento a Dios por el testimonio de numerosos hermanos y hermanas, propone una sugestiva imagen que narra la Vigilia de Pentecostés vivenciada esta año por los Capitulares. En la plaza frente a la Porciúncula se encendió una gran hoguera, con una flama tomada del cirio pascual, símbolo del Resucitado. La imagen del fuego, símbolo del Espíritu, es ofrecida a los frailes como una invitación a liberar las propias potencialidades, a dejarse incendiar por el fuego de la Pascua en la cotidianidad de la vida, en la fidelidad a la intuición de Francisco que quería que el Capítulo fuera celebrado en Pentecostés. Así como se hizo.