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25.12.2009 @ 02:46

Navidad, Misa de Media Noche

Curia general OFM, 24 de diciembre 2009

Fr. José Rodríguez Carballo, ofm - Ministro general.

Queridos hermanos y amigos: En esta noche santa de la Navidad, llegue a todos nosotros, a nuestros hogares y fraternidades, a nuestras familias, a los jóvenes y ancianos, a los enfermos y a los sanos, a los que creen y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, la Paz y el Bien que nos trae el Salvador.

“No temáis… Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador” (Lc 2, 10-11). Es Navidad, ya no hay nada que temer: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que habitaban una tierra de sombras, brilló una gran luz” (Is 9, 2). El Altísimo se abaja hasta hacerse uno de nosotros: “nos ha nacido un Niño, un hijo se nos ha dado” (Is 9, 6). El Omnipotente y Todopoderoso asume la condición humana y su nombre es: “Emmael, Dios-con-nosotros” (Mt 1, 23). El pecado ya no tiene la última palabra: “En medio de ti está el Señor, como poderoso Salvador” (Sof 3, 17).

“Os anuncio una gran alegría que será para todo el pueblo” (Lc 2, 10). Es Navidad. “¡Exultemos!” “¡Alegrémonos!”y “¡Regocijémonos” (cf. Sof 3, 14ss). “Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito: estad alegres” (Fil 4, 4) Hay motivo sobrado para ello. A pesar de nuestros cansancios, de nuestras fragilidades, hemos de mantener la esperanza. Aquel a quien los profetas anunciaban que vendría y a quien Pablo contemplaba cercano, ha llegado: “Se cumplieron para ella los días del parto, y dio a luz a su hijo primogénito”(Lc 2, 6-7). Él es la buena noticia de Dios a la humanidad. Ya no estamos solos. Dios, que había hablado muchas veces y de muchos modos a nuestros padres por medio de los profetas, en este día nos habla por medio de su Hijo (cf. Heb 1, 1). “Al cumplirse la plenitud de los tiempos Dios envió a su Hijo, nacido de mujer (Gal 4, 4). “Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14).

Sí, mis queridos hermanos: Es Navidad, y nuestra alma proclama la grandeza del Señor y nuestro corazón, lleno de gozo y de alegría, glorifica al Señor. Es Navidad, y la noche se vuelve clara como el día. Es Navidad, nos ha nacido un niño, ha llegado nuestro Salvador, se ha manifestado la bondad de Dios y su amor por la humanidad (cf. Is 62, 11-12; Ti 3, 4-7). Jamás la humanidad hubiera soñado cosa igual. Cuando se esperaba un juez lleno de poder y de majestad, nos llega un Niño. Cuando se esperaban días de cólera y de castigo, llega el la salvación, manifestación del amor de Dios sin límites.

Es Navidad: es hora de ponernos en camino: como los pastores ¡vayamos a Belén! No se detenga nuestro caminar. Allí nos esperan María, José y el Niño (cf. Lc 2, 15-16). Contemplemos, como hizo Francisco en Greccio, “lo que sufrió con su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno, entre el buey y el asno” (1Cel 84). Sí, al “Niño de Belén”, como amaba llamarlo san Francisco, no lo encontraremos en un palacio, sino en un establo. No lo contemplarán nuestros ojos envuelto en telas preciosas, sino en pobres pañales. Allí todo habla de pobreza, de humildad, de kénosi. Esa es la realidad profunda del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: siendo rico se hace pobre, siendo el primero se hace el último, siendo el Señor se hace el siervo (cf. 2Cor 8, 9). Finalmente Dios abraza nuestra condición, hace suya la suerte de los últimos, no busca la grandeza humana, busca simplemente la solidaridad total con el hombre. Dios se hace hombre con todas las consecuencias. Es precisamente así como él se ha convertido en nuestro Salvador y Redentor.
Navidad: misterio de amor, de un amor loco y apasionado de un Dios que, precisamente porque es Amor (1Jn 4, 8), está profundamente enamorado del hombre. Un amor gratuito y sin límites, que le lleva a salvarnos, no en virtud de nuestros méritos, sino en virtud de su misericordia hacia la creatura de sus manos (cf. Tt 3, 5). ¡Jamás la humanidad hubiera soñado cosa igual!.

Por eso la Navidad es la fiesta de los pobres. De los pobres como María, la primera en acoger al Salvador en su corazón de mujer creyente, para acogerlo luego en sus entrañas virginales. “Aquí está la sierva del Señor, hágase en mí, según tu palabra” (Lc 1, 38). De los pobres como los pastores, oficialmente pecadores, los primeros en postrarse y adorar al Niño Dios, reconociéndolo como su Salvador. Pobres como los magos que ponen su inteligencia al servicio de la búsqueda del “recién nacido”. Pobres como Francisco de Asís, que es tan pobre, tan pobre que sólo tiene a Dios. Sólo quien se abandona totalmente al proyecto divino, como María; sólo quien es consciente de su pobreza y de su pecado, y por tanto es consciente de la necesidad de ser salvado, como los pastores; sólo quien, como los magos, gastan su vida en la búsqueda del Señor; sólo los pobres de corazón, los anawin, pueden entender el misterio de la Navidad, y sólo ellos pueden acoger en su corazón al recién nacido. Aquellos, en cambio, que no sienten necesidad de un Salvador, como Herodes, los sumos sacerdotes y escribas, o como el fariseo de la parábola, esos no pueden entender que Dios se haga hombre por amor totalmente gratuito, y menos todavía acoger su salvación, fruto exclusivamente de su misericordia. ¡Vamos a Belén! y de allí partamos para llevar a todos el don de la Buena Noticia, comunicando a todos lo que nuestros ojos contemplan y nuestro corazón siente.

En estos días las calles de nuestros pueblos y ciudades y nuestras mismas casas se llenan de luces, se adornan con árboles de Navidad y en muchas de ellas, fieles a una tradición que no debemos dejar caer en el olvido, hemos colocado nacimientos. Todo eso está bien, hemos de manifestar públicamente nuestra alegría por el nacimiento del Salvador de la humanidad, pero no basta. Es necesario, mis queridos hermanos, que nos preguntemos: ¿cómo hemos preparado nuestro corazón para acoger al Hijo de Dios que pide encontrar posada en él? “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”, dice san Juan (cf. Jn 1, 11). ¡Qué triste sería que esa fuera la suerte que corriésemos nosotros! Para que ello no ocurra, sintámonos pobres, sintamos necesidad de la salvación.

¡Exulte nuestro corazón de gozo! ¡Ábranse nuestros labios a la alabanza! Es fiesta, la fiesta de Dios con la humanidad, que ya no será nunca más abandonada, sino buscada (cf. Is 62, 12); buscada por Dios para salvarla, buscada para consolarla, buscada para rescatarla (cf. Is 52, 7- 10). Ya no estamos dejados a nuestra suerte. Nuestra suerte la ha hecho suya el mismo Señor. Esa certeza es la que hace rebosar de gozo el corazón de Francisco en Greccio, cuando tres años antes de su muerte (1213) representa el nacimiento de Jesús. Esa es nuestra certeza, la razón de tanto gozo, de tanta alegría, de tanta fiesta.

Hermanos: necesitamos de la Navidad. Han pasado más de 2000 años de la primera Noche Buena, y sigue habiendo guerras, terrorismo, muerte de tantos inocentes. Necesitamos acoger la paz que nos trae Cristo. Necesitamos de la Navidad. Más de 2000 años nos separan del nacimiento del Hijo de Dios, y muchos siguen en tinieblas. Necesitamos acoger la luz que es Cristo y comunicarla a los demás. Necesitamos de la Navidad. Han pasado 20 siglos desde que Dios abrazó nuestra humanidad herida. Necesitamos hacer sentir nuestra solidaridad a cuantos se sienten heridos y, medio muertos, yacen a la vera de nuestros caminos. Acojamos, queridos hermanos el misterio de la Navidad. De este modo por medio nuestro hoy, como ayer por medio de su siervo Francisco, Jesús, sepultado en el olvido o en la ignorancia de muchos corazones, resucitará por su gracia, y su imagen quedará grabada en el corazón de todos aquellos que nos rodean (cf. 1Cel 87). ¡FELIZ NAVIDAD!