Durante mi reciente viaje por Bolivia, junto con el Definitorio general, tuvimos un encuentro con los Ministros provinciales de la Conferencia Franciscana Bolivariana y luego visité la Provincia Misionera de San Antonio en Bolivia.
Este país experimenta diferentes fenómenos inestabilidad social y política, que socava a la verdadera democracia; pobreza generalizada y desigualdades sociales, entre las primeras del continente; obstáculos al acceso a la educación; falta de agua y deforestación, consecuencias del cambio climático, extracción de minerales no regulada; dificultades en las familias; migración interna hacia los centros urbanos, con las consecuencias de pobreza y exclusión social; huida de los jóvenes de las zonas rurales y emigración al extranjero; influencia en la política del narcotráfico; formas de secularización, presencia de otros grupos y sectas cristianas, investigación y recuperación de culturas y religiones precoloniales, también para sustituir al cristianismo en su forma recibida.
El mayor reto para dar esperanza al país sigue siendo el de los jóvenes, que ven comprometido su futuro. Son precisamente los jóvenes los más pobres y los que abandonan su tierra como migrantes. Este es un rostro de la pobreza generalizada de hoy, que no podemos ignorar.
Hacernos peregrinos de la esperanza significa tomarnos en serio la condición de los jóvenes y su futuro, abrirles vías de acceso a la educación, ofrecerles una caja de herramientas dotada de valores sólidos para la elaboración de su identidad, humana, religiosa y civil, para que puedan vivir legalmente y construir un futuro digno. La democracia y el cambio social, político e incluso comunitario cristiano pueden partir de ellos en primer lugar.
En el continente sudamericano, como en tantas otras partes del mundo, es urgente retomar la atención a los jóvenes y abrirles posibilidades para que se conviertan en peregrinos de la esperanza hacia un futuro mejor. Esta realidad es también un fortísimo llamado para nosotros en el mundo. El futuro empieza con los jóvenes y no queremos dejarlos solos. Por eso es urgente tomar decisiones concretas para conocer, encontrar y promover la condición de los jóvenes.
También forma parte de esta opción la promoción de una pastoral juvenil más orgánica, preparada y bien animada, junto con los propios jóvenes, que pueden convertirse en sus protagonistas. Todo esto contextualiza también una pastoral vocacional nueva en su visión, métodos y formas. Animada con los laicos y no sólo por nosotros. ¿No es precisamente en estas condiciones, las más de las veces difíciles, cuando el Señor nos sigue llamando a la vida evangélica y a la misión? Veo que entre nosotros hay demasiada poca sensibilidad por las vocaciones y una responsabilidad compartida al respecto, que nunca debe delegarse sólo en los animadores.
Los adultos que dan la espalda a los jóvenes y a la valentía de proponerles una vida bella y buena, incluso la de los frailes menores sobre los pasos de Cristo con Francisco, son adultos que han perdido la brújula de la esperanza, carecen de audacia para cruzar el ancho mar de este tiempo y se contentan con permanecer en la costa de las costumbres establecidas, sin correr riesgos.
De esta manera, si sólo sobrevivimos, no hay futuro. ¿Qué elegimos?