La Colina de las Cruces es un testimonio silencioso de la fe inquebrantable del pueblo lituano. Antes de Navidad, coincidiendo con el Centenario de los estigmas, pasé dos días intensos con Fr. Jimmy Zammit en este lugar sagrado, desafiando el gélido viento del Báltico. Celebramos la Eucaristía con varios frailes y una gran asamblea participante.
Tras la celebración, fuera del convento, bendije una escultura de madera hecha a mano que representaba a San Francisco estigmatizado y a las criaturas, uniendo simbólicamente los dos centenarios: el de los estigmas y el del Cántico.
Después caminamos hasta la colina, donde juntos alzamos una cruz de madera, al lado de la que había bendecido Fr. Giacomo Bini, entonces Ministro general, en 2002, y visité las cruces alzadas por los demás Ministros generales.
Cada cruz cuenta una historia de resistencia y esperanza: algunas pequeñas, otras majestuosas; todas son símbolos de un pueblo que no se doblegó ante la opresión soviética. Plantar una nueva cruz fue un gesto de profunda continuidad con este testimonio de fe y libertad, un compromiso renovado con la paz y la reconciliación.
La Colina de las Cruces manifiesta esta verdad: cada cruz representa un costoso “sí”, un acto de resistencia pacífica pero decidida, en un lugar que es una paradoja viviente: un símbolo de sufrimiento y, al mismo tiempo, de esperanza.
He invitado a “dejar que nuestra carne sea tocada, herida y sangrante por el dolor de muchos” y a que “nuestras heridas, transformadas y bendecidas, se conviertan en fuentes de luz”. La Colina de las Cruces es un lugar donde el dolor se ha transformado en luz, donde la resistencia silenciosa se ha convertido en un testimonio resplandeciente, y donde cada cruz plantada se ha convertido en una semilla de esperanza y libertad. Además, nos recuerda la pasión actual de tantos pueblos; por eso, hemos orado por la paz en Ucrania, en Medio Oriente y en cualquier lugar donde haya conflictos.
El 11 de enero inauguramos en Asís el Centenario del Cántico de las Criaturas como Familia Franciscana: fue un momento muy hermoso e intenso.
Vi un vínculo entre el Centenario de los Estigmas, que personalmente cerré idealmente en la Colina de las Cruces, y el del Cántico, que termina con las estrofas del perdón y de la “hermana muerte”. La invitación de Francisco a todas las criaturas a alabar al Altísimo encuentra su punto culminante en la alabanza a “los que perdonan por tu amor” y a la hermana muerte: una alabanza que une a la creación y a los seres humanos. El Cántico no canta a una armonía cósmica abstracta, sino a la voluntad de paz y reconciliación que Dios quiere para el mundo que ama y que une a todas las criaturas.
Con el Cántico cantamos la belleza de las criaturas, alimentamos el gemido y la esperanza de la creación. ¡Sembremos y construyamos la paz sin desfallecer!