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En opinión de... Fray Massimo

Marzo 2025

29 Marzo 2025

Durante el pasado mes he vivido la experiencia de estar hospitalizado en el Policlínico “Agostino Gemelli” de Roma para una neurocirugía. Este período de vulnerabilidad me permitió ver un poco, desde una perspectiva diferente, lo que significa ser “peregrinos de la esperanza”, tal y como estamos viviendo en el Jubileo.

El hospital es un microcosmos de la humanidad, donde confluyen historias de sufrimiento y sanación. He compartido pasillos y salas de espera con personas puestas a prueba en cuerpo y espíritu. He visto en los ojos de algunos la fatiga de enfrentarse a diagnósticos difíciles, en otros la resignación que puede convertirse en el abandono de toda esperanza.
Y, sin embargo, en este mismo entorno marcado por el dolor, reconocí signos luminosos de una peregrinación compartida. Los pequeños gestos cotidianos se convierten en extraordinarios: una mano que estrecha otra mano, una palabra de consuelo susurrada entre pacientes, un familiar que vigila fielmente, un padre atento a su hijo y otro a su cónyuge.

Me impresionó la dedicación del personal sanitario, que no se limita al ámbito profesional, sino que sabe expresar esa humanidad que transforma los cuidados en un acto de auténtica misericordia, incluso en medio de las dificultades que ello requiere. He visto médicos que ven a la persona, no sólo la patología, y enfermeras que siempre encuentran tiempo para un gesto de ternura.
En cambio, en estos lugares donde el dolor podría tener la última palabra, he visto florecer pequeños milagros de solidaridad: pacientes que se ayudan mutuamente, familiares que, a pesar del sufrimiento, saben ofrecer consuelo a los demás, voluntarios que hacen más humano el momento de la enfermedad.

Yo mismo experimenté esta corriente de bien que me ha envuelto en los días más difíciles. Recibí algunas visitas, mensajes, oraciones que me han hecho sentir parte de una fraternidad más grande. He comprendido que la esperanza no es un sentimiento abstracto, sino que nace de las relaciones concretas y de los gestos de cercanía.

Para ser “peregrinos de la esperanza” no necesitamos grandes discursos, sino esa cercanía cotidiana que sabe transformar incluso los lugares de dolor en espacios donde se redescubre la humanidad. Es esa ternura que no borra el sufrimiento, sino que lo comparte con nosotros.
Mientras reanudo gradualmente mis actividades, me llevo conmigo esta lección: la esperanza no es la ausencia de dificultades, sino la certeza de que no estamos solos en el camino. Es esa luz que no deslumbra pero que basta para dar el siguiente paso.

En este tiempo de Jubileo, preguntémonos: ¿cómo podemos ser portadores de esta esperanza concreta en situaciones de sufrimiento? ¿Cómo podemos transformar nuestros entornos en lugares donde se experimente la ternura y la misericordia?

La esperanza cristiana no es un optimismo ingenuo, sino esa resistencia cotidiana que sabe reconocer los signos de la presencia de Dios incluso en los valles más oscuros. Es esa confianza que nos permite caminar juntos, apoyándonos mutuamente, hacia el horizonte que Él abre ante nosotros.

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Ministro General
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Fr. Massimo Fusarelli En opinión de Fray Massimo
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