El mes de octubre me llevó por el sur de África, es decir, Angola, Sudáfrica, Botsuana, Zimbabue y Zambia. Por todos lados tuve la misma impresión: sociedades jóvenes, vibrantes e inquietas. En las calles, en los mercados, en nuestras fraternidades, tantos rostros jóvenes, preguntas urgentes, energías en busca de dirección. Un fermento que no es sólo demográfico: es existencial, político, espiritual.
En Luanda, Angola, varios hermanos jóvenes en formación me expresaron varias de sus expectativas durante un encuentro vespertino, caluroso no sólo por el tiempo. En Pretoria un jovencito, Jelani, me miró directamente a los ojos y dijo: “Padre, en mi región el 62% de los jóvenes no encuentra trabajo. ¿Qué futuro podemos esperar?” No supe qué responder. Su pregunta me siguió todo el camino.
Así que intenté analizar las “protestas de la Generación Z” que estallaron en distintas partes del mundo. Percibo el peligro de banalizar un fenómeno más profundo. Los jóvenes no son un grupo demográfico enfadado: son los primeros en percibir con claridad que el viejo orden ha llegado a su fin. Lejos de ser apáticos, muestran un protagonismo creciente y se niegan a sentirse irrelevantes.
En Pretoria, en medio del ruido de la lluvia incesante y la calle abarrotada frente a nuestra iglesia, Jelani, de 20 años, me dijo una vez más: “Estamos pagando por una crisis que no hemos creado”. Tiene razón. Y no solo en África. En Roma, Luca, de 25 años, me dice con rabia que él y sus amigos están llegando a la edad adulta en economías que ya no necesitan su trabajo.
No solo piden mejores condiciones materiales: buscan ser considerados actores relevantes, capaces de influir en las decisiones. Desean ser importantes, dejar huella en este siglo que sienten como propio. En sus voces no solo hay protesta: hay una exigencia de un nuevo pacto entre generaciones. Esto también es válido para la vida religiosa.
Estas son las preguntas que me hago a mí mismo y a nosotros, los adultos: ¿realmente conocemos a los jóvenes y nos relacionamos con ellos? ¿Construimos estructuras pensadas por nosotros para ellos, sin escucharlos nunca y sin dejarnos cambiar por ellos?
En Harare y Lusaka, escuchando a nuestros hermanos jóvenes, en Botsuana durante mi encuentro con jóvenes, me pregunté: ¿Cuándo fue la última vez que en mi/su fraternidad dimos espacio a los jóvenes para que dijeran lo que realmente piensan?
Si ellos denuncian un mundo injusto, un sistema que los excluye, comunidades asiladas, ¿qué responsabilidad tenemos nosotros, que hemos construido, mantenido y tal vez incluso bendecido este mundo?
¿O seguimos llamándolos “cosas de la juventud” para no tomarlos en serio?
Francisco de Asís tenía la edad de Jelani cuando empezó su búsqueda.
Quizá los jóvenes de hoy nos digan que el mundo que conocemos se acaba. No por catástrofes, sino porque lo están viviendo en primera persona.
¿El primer paso? Escuchar. Escuchar de verdad, sin una agenda. Crear espacios para caminar “con” los jóvenes, no sólo “para” ellos. No sólo piden soluciones: piden reconocimiento. Te pregunto: ¿tienes una historia de escucha con un joven? Compártela con un hermano.
Hay muchos Jelani que conocer y muchas historias que compartir.