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En Opinión de… Fray Massimo

Septiembre 2025

27 Septiembre 2025

El 21 de septiembre, en San Damián, participé en la celebración del centenario del Cántico de las Criaturas. Ante el Crucifijo que habló a Francisco, recordé que “el grito de la tierra y el grito de los pobres son inseparables”. Mientras pronunciaba esas palabras, sentía el corazón agobiado pensando en Gaza, Ucrania, y tantos lugares donde hoy resuena solo el grito del dolor.

Francisco compuso el Cántico durante el otoño de 1225, ciego y enfermo, pero capaz de transformar su fragilidad en alabanza universal. Hoy nosotros, ante las imágenes de guerra que se suceden en nuestras pantallas, corremos el riesgo de la ceguera del corazón, la insensibilización ante el mal, el silencio cómplice. Parecemos asistir mudos a lógicas de exterminio que deberían hacernos gritar de horror.

Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor” – este pasaje del Cántico, añadida por Francisco durante un conflicto entre el obispo y el alcalde de Asís, suena hoy como una provocación. El perdón no es huir de la realidad, sino reconocimiento de que solo a través de la reconciliación podemos encontrar los caminos que nos conducen a una paz integral.

Pero ¿cómo hablar de perdón mientras demasiados niños mueren bajo las bombas? ¿Cómo cantar “hermano sol, hermana luna” mientras la tierra está ensangrentada y ve a tantas personas huyendo de su tierra? Quizás aquí radica la lección más dura que el Señor nos ofrece: la conversión no puede ser solo personal, debe volverse social, política, profética.

La encíclica Laudato Si' nos ha enseñado que todo está conectado. Las guerras de hoy no están separadas de la crisis ecológica, de la desigualdad, de la economía que mata. La lógica que destruye la casa común es la misma que destruye a los pueblos. Como los profetas antiguos, estamos llamados a denunciar a “quienes oprimen al pobre”, incluso cuando el pobre es todo un pueblo sitiado.

La vergüenza que sentimos ante nuestro silencio debe convertirse en punto de partida, no de llegada. Francisco vio transformarse su experiencia de fragilidad en inicio de conversión y de compasión. Nosotros podemos transformar nuestro dolor impotente en testimonio activo, en palabras que rompen el silencio, en gestos que siembran reconciliación.

El Cántico nos enseña una “gramática de las relaciones”: todo es hermano, todo es hermana. Incluso quien hoy consideramos enemigo. Esto no es ingenuidad, es la radicalidad evangélica que sola puede romper las lógicas de muerte.

San Damián nos envía de vuelta al mundo con el mandato de “reparar la casa común”. No podemos hacerlo ignorando las heridas que la guerra inflige a esta casa. La paz que Francisco cantaba no es ausencia de conflicto, sino presencia de justicia. Y la justicia hoy pide no callar, no dar la espalda, ser semillas de paz y esperanza incluso cuando todo parece perdido.

El Señor nos está enseñando que nuestro tiempo invoca la misma audacia de Francisco: transformar el sufrimiento en alabanza, el dolor en profecía, el silencio en palabra que libera. Laudato si’, mi’ Signore – que en la prueba también nos purifica y nos convierte.

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