Los Centenarios franciscanos no cesan de sorprendernos y nutrirnos al mismo tiempo. Después de habernos unido a Francisco durante el año pasado, acompañándolo en su camino hacia La Verna, ciertamente hemos logrado conocerlo y comprenderlo un poco mejor. Hemos gozado de su visión beatífica del ardiente Serafín y hemos terminado sin ninguna duda precisamente como él: es decir, a pesar del dolor causado por las heridas recibidas, descendimos al final con un renovado deseo “de servir a los leprosos” con más determinación. De tal modo, el dolor de las injusticias, de los agravios sufridos…, etc., no solo no lograron aniquilarnos, sino que se convirtieron precisamente en una fuente viva de servicio.
San Francisco sigue siendo una fuente inagotable de inspiración también para este año, estimulando tanto nuestro intelecto como nuestras acciones con su Alabanza. Sí, porque una vez que las fuerzas de su cuerpo disminuyeron, dejándolo físicamente incapacitado para servir, su espíritu permaneció siempre fértil y fecundo al expresar con canto y alabanza su propia gratitud hacia el Creador. En este contexto, el Cántico de las Criaturas se convierte para cada uno de nosotros en una fuerte invitación a seguir su ejemplo.