Queridos hermanos y hermanas musulmanes,
Queridos hermanos y hermanas cristianos,
¡Que el Señor les conceda Su paz!
En este año 1447 de la Hégira y 2026 después de Jesucristo, nuestras dos comunidades han comenzado al mismo tiempo su mes de ayuno, de oración y de compartir. Juntos, por los caminos que nos son propios, en fidelidad a nuestras respectivas tradiciones pero bajo la mirada de Dios, intentamos transformar nuestras vidas en el sentido del bien y acercarnos al Altísimo y a los caminos que Él quiere para nosotros en este mundo.
Estos caminos de auténtica conversión interior – lo sabemos por experiencia – no son fáciles de recorrer, pues el peso de los hábitos y del pecado gravita sobre nosotros. Pero no son los únicos que representan un peligro para nuestro peregrinaje terrenal en la verdad con Dios. El mundo que nos rodea ejerce también su influencia, invitándose a la mesa de nuestras rupturas del ayuno, a nuestra lectura asidua de la Palabra de Dios y a nuestras relaciones sociales. Un año más, es la violencia la que irrumpe en medio de nuestros meses sagrados. Las imágenes de guerra se imprimen en nuestros ojos y se suman a ese clima de incertidumbre que ha marcado estos últimos meses.
Nuestro mundo parece, en efecto, atravesar un período extraño en el que la ley del más fuerte se impone a las instancias de mediación internacional; en el que el miedo al otro pone en cuestión los modelos de vida en común heredados de la historia y de las lecciones de las tragedias pasadas; en el que los jóvenes de tantos países gritan su desesperación ante un futuro del que se sienten excluidos; en el que las opiniones magnificadas por los algoritmos de las redes sociales alimentan el espiral del absurdo o de su compañero, el maniqueísmo simplificador; en el que, finalmente, la palabra pierde su valor de verdad para no aparecer ya sino como provocación o como grito informe de autoafirmación. Esta violencia polimorfa entra por todas partes: en la arena geopolítica y en los escenarios políticos nacionales, en los lugares de trabajo y en los cafés, en las comunidades religiosas y en las familias. Cada uno queda expuesto a una dosis nueva y siempre creciente de violencia, de incomprensión y de injusticia; el nuevo frente que acaba de abrirse en Oriente Medio no es, por desgracia, sino la trágica epifanía de este proceso.
¿Qué hacer, como creyentes, ante un desenfreno así que pone en cuestión esta aspiración fundamental del ser humano a la paz?
En estos meses sagrados que son los nuestros, creemos que Dios nos llama a intensificar nuestra oración por la paz, para que cada uno pueda vivir en condiciones justas, con seguridad y con un futuro abierto. Al darnos la gracia de ayunar, Dios nos invita también a hacer la experiencia de la carencia, a exponernos a nuestra propia fragilidad e impotencia, especialmente frente a este mundo que nos cuesta volver más humano. Por último, al llamarnos al compartir y a la reconciliación con nuestros hermanos, Dios nos invita – después de haber orado y desde lo profundo de la impotencia fundamental que reconocemos en nosotros como criaturas – a atrevernos a dar pasos concretos hacia nuestros hermanos: en efecto, ninguna paz duradera se hará sin esos gestos minúsculos e ínfimos de reconciliación a nivel local y en el corazón de cada uno. Ahí se juega la conversión fundamental que nos corresponde, en esas iniciativas personales y comunitarias que afirmarán nuestra fe en que la paz viene de Dios y que siempre será más fuerte que los deseos de odio y de venganza.
En este camino, un hombre nos abre nuevas posibilidades. Se trata de san Francisco de Asís, de cuya muerte celebramos este año el octavo centenario. Francisco (1881-1226) fue un hombre de su tiempo, enamorado de la vida y de la libertad. Había conocido la riqueza, pero eligió hacerse hermano de todos y, en particular, de los más pequeños. La guerra y la violencia las conoció, participando él mismo en la guerra contra la ciudad vecina de Perusa y siendo después testigo impotente de la quinta cruzada en Damieta. También experimentó, en el seno mismo de la familia religiosa que había fundado, las palabras que destruyen y hacen morir: “Somos tantos y tales que no te necesitamos” (en La perfecta alegría). El deseo de querer retomarlo todo en sus manos e imponer el proyecto y la verdad que Dios le había confiado también lo sintió en lo más íntimo de sí mismo… En el tiempo que le tocó vivir, afrontó, por tanto, esa violencia multiforme de la que hablábamos.
En ese camino, podría haberse dejado ganar e invadir por la violencia. Habría perdido entonces el don mismo de Dios: la paz (“Por grande que sea el pecado cometido, el siervo de Dios puede verse afectado en su amor por Dios ofendido, pero jamás debe perder la paz del alma ni encolerizarse: al hacerlo, se atribuiría injustamente un derecho que sólo pertenece a Dios: juzgar una falta.” Admonición 11). Porque el peligro está fundamentalmente ahí: al dejarnos sumergir por la violencia injusta, entrar nosotros mismos en el ciclo de la venganza y perder así nuestra alma volviéndonos semejantes a quien nos agredió.
Francisco parece abrirnos entonces otro camino, un camino que quizá le fue revelado – o que al menos se fortaleció – con su encuentro con el sultán ayubí Malik Al-Kamil en Damieta, un día del otoño de 1219. Cuando Francisco regresa a Italia y debe redactar la Regla de vida de los hermanos, escribe que una de las maneras de ir hacia los musulmanes es “no entablar pleitos ni disputas, y someterse a toda criatura humana por causa de Dios” (Regula non bullata 16,6), retomando así la Primera Carta de san Pedro (1 Pe 2,13). Esta sumisión al Altísimo de la que fue testigo en sus interlocutores musulmanes la extiende progresivamente a todos los seres (de los prelados al otro creyente, de los hombres a las bestias salvajes) y todo ello por causa de Dios y sólo de Él. Al hacerlo, nos abre la perspectiva de un camino relacional nuevo que no es ni debilidad, ni resignación, ni aniquilación de sí mismo, pues Francisco no niega nada de lo que lleva en sí (ni su fe, ni su modo de vivir su vocación). Pero que es, ante todo, rechazo a poner la mano sobre el otro, a imponerle cualquier cosa, incluso por su bien. Esta sumisión nace de una lucidez sorprendente que hace comprender a Francisco que imponerse al otro es ocupar el lugar de Dios y, por tanto, arrogarse un lugar al que una criatura no puede tener derecho. En una lógica más cristiana, esto equivaldría a negar el modo mismo en que Dios se revela en Jesús en la Cruz (1 Co 1,18).
En este año jubilar de la muerte de san Francisco, es esta buena noticia de una sumisión “desarmante y desarmada” (según la fórmula del papa León XIV) la que quisiéramos proponerles. Es tan revolucionaria para los cristianos como para los musulmanes, pues afecta nuestra necesidad de protegernos y de defender lo que nos parece la verdad y la justicia. Tiene, en efecto, una dimensión más divina que humana. Sin embargo, Francisco nos legó este tesoro para ayudarnos a conjurar el círculo sin fin de la violencia y de las paces impuestas por la fuerza. ¿Nos atreveremos a responder al odio con el don de nosotros mismos y con la confianza en la presencia de Dios en el corazón de toda vida (incluso la de quien nos calumnia)? ¿Nos atreveremos, por causa de Dios, a perdonar y a creer que es posible un futuro que deje al otro ser él mismo? ¿Nos atreveremos a la confianza a pesar de todo, pues sin ella la vida no es posible, y el mal habrá obtenido en nosotros su victoria última, encerrándonos en nosotros mismos?
Humildemente, desde lo hondo de nuestras experiencias de vida compartidas en los cuatro rincones del mundo con los más pobres y con todas las culturas, queremos ofrecerles este camino de vida en medio de las tinieblas de nuestro mundo sufriente. Buen mes sagrado de Ramadán y buena Cuaresma: que sean tiempos en los que aprendamos a conformarnos a las maneras que agradan a Dios para la humanidad y para toda la creación que le ha sido confiada.
La Comisión General de la Orden de los Hermanos Menores para el servicio del Diálogo
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