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Por amor de Sión no callaré, por amor de Jerusalén no descansaré (Is 62,1).
Desde hace mucho tiempo me acompaña una pregunta: ¿hasta cuándo es posible callar ante el mal que hiere al mundo?
Como creyente, como fraile menor y como Ministro general de una fraternidad presente desde hace siglos en Tierra Santa, siento que ha llegado el momento de hablar.
En esta reflexión afloran, por una parte, el temor de tomar posición y la duda; por otra, el imperativo evangélico de hablar en nombre de mis hermanos dispersos por el mundo, especialmente sobre las situaciones que desde hace años agitan Oriente Medio, donde nosotros los Frailes Menores estamos presentes: desde Israel hasta Palestina, desde Jordania y Líbano hasta Siria.
He estado varias veces en estos países, también en los últimos años. He encontrado madres que lloran a sus hijos, familias obligadas a abandonar sus hogares, personas que continúan esperando a pesar de todo. Me ha conmovido especialmente la situación de los jóvenes, que no ven futuro y a menudo solo desean huir. ¿Cómo culparlos?
Las escenas recientes han colmado la medida: en Israel y Gaza, en el sur del Líbano hasta Beirut, y en las últimas horas en Taybeh, tradicionalmente identificada con la Efraín bíblica en la que Jesús se retiró antes de su pasión.
Frente a los miles y miles de niños muertos, a las víctimas de una violencia que afecta a personas de cualquier edad y condición, a la destrucción indiscriminada que deja todo arrasado, al robo de las tierras y los derechos de los pueblos, siento que debo repetir con el profeta que, precisamente porque amo, porque amamos Jerusalén y toda esa tierra —cuna de pueblos diversos desde la antigüedad más remota—, ya no podemos callarnos.
Asumo plenamente la responsabilidad de estas palabras, pronunciándolas con temor y libertad de conciencia.
Quisiera que todos los pueblos vieran la justicia y la gloria de Jerusalén (cf. Is 62,2) y la llamaran con un nombre nuevo, que solo Dios puede dar y que ninguna estrategia humana podrá jamás inventar.
Quisiera que nadie llamara ya a Jerusalén «abandonada», ni «devastada» a su tierra (cf. Is 62,4). Y ante la destrucción total de casas y personas surge con fuerza y dolor la pregunta: ¿hasta cuándo?
¿Hasta cuándo el poder pretenderá poder destruir impunemente y unos pocos decidirán quién debe vivir y quién debe morir —los pequeños, los jóvenes en una rave, las familias en Israel, en Gaza, en Cisjordania, en Líbano?
¿Hasta cuándo los niños seguirán pagando el precio de las guerras de los adultos?
¿Hasta cuándo la ley del más fuerte será considerada más importante que el derecho y la dignidad humana?
¿Y hasta cuándo sucederá esto también en Ucrania y en tantas otras partes del mundo, azotadas por la violencia, la opresión y guerras sin fin, convertidas ya casi en un valor en sí mismas?
¿Y hasta cuándo permaneceremos en silencio, resignados a la banalidad del mal, temerosos de las consecuencias de una palabra de denuncia, quizá solo por el deseo de permanecer tranquilos y no asumir el dolor del mundo?
Peregrino muchas veces en Tierra Santa, he aprendido que esa tierra posee una fuerza simbólica única para todos. Nosotros, los cristianos, no le somos extraños: aquí nuestros padres buscaban el rostro de Dios, aquí Cristo caminó y aquí su Iglesia continúa dando testimonio de Él a través del tiempo. Ningún pueblo le es extraño: ni el pueblo de la Alianza, ni los discípulos de Cristo, ni los creyentes del Islam.
Necesitamos, por tanto, centinelas sobre tus murallas, Jerusalén, que no callen ni de día ni de noche, recordando las promesas del Señor (cf. Is 62,6).
Y tampoco queremos dar descanso al Señor hasta que haya restablecido Jerusalén y la haya convertido en orgullo de la tierra (cf. Is 62,7).
No descansamos, Señor: como Hermanos Menores que seguimos en esa tierra desde que llegamos a ella en tiempos de San Francisco de Asís. Fieles a los pueblos que la habitan —dedicados al cuidado de los santuarios y a la acogida de los peregrinos, a la pastoral y a la educación en las escuelas, al diálogo, a las obras sociales y culturales—, queremos seguir recorriendo ese camino, despejarlo de piedras y enarbolar un estandarte de paz (cf. Is 62,10).
No podemos ni queremos permanecer neutrales, sino ser constructores de paz, obreros de justicia, capaces de denunciar el mal venga de donde venga.
Ninguna razón política, religiosa, estratégica o militar puede justificar la negación de la dignidad inviolable de toda persona humana, sin excepción.
Elegimos permanecer, incluso cuando nuestra presencia pueda parecer ya no bienvenida. Elegimos permanecer con la humildad de los pequeños y con la franqueza de quien ha aprendido de Jesús de Nazaret a dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.
No queremos permanecer neutrales tampoco quienes no vivimos en Tierra Santa, pero la amamos y la damos a conocer al mundo como tierra de paz. Aprendamos de tantos hermanos y hermanas que, con los pasos de la paz y la reconciliación, recorren tierras empapadas de la sangre de los pequeños.
No queremos solamente invocar genéricamente la paz, sino llamar por su nombre a aquello que la impide e incluso puede volverla imposible. Queremos poner palabras y gestos de paz, tomar posición permaneciendo junto a quien sufre —sea cual sea su lado— elevando la voz para que los pequeños no sean víctimas de la prepotencia de los soberbios.
Fray Francisco nos envió al mundo con una palabra sencilla: ¡El Señor te dé la paz! Queremos seguir proclamándola y haciéndola realidad con nuestra vida y nuestro anuncio.
Hoy la paz no puede ser solamente un deseo. Debe convertirse en una elección, una responsabilidad, una toma de posición a favor de la vida de toda persona y contra todo lo que la humilla y la destruye. Comprometámonos, cada uno según su propia responsabilidad, a transformar esta elección en gestos concretos.
Con este espíritu y con confianza, entrego estas pobres palabras a quien quiera escucharlas y una vez más nuestra propia vida a la obra de la paz y de la justicia. En la intercesión incesante saludo a todos en el nombre del Señor y con viva fraternidad.
Fr. Massimo Fusarelli, OFM
Ministro general
Roma, 13 de junio de 2026
Fiesta de San Antonio de Padua, patrono de la Custodia de Tierra Santa
Prot. 115426/MG-096-2026