Beatriz da Silva nació en 1426 (o quizás en 1424) en Campo Mayor, Portugal, en el seno de una familia de origen noble y fuertes raíces cristianas y franciscanas -su hermano, el beato Amadeo da Silva, abrazó la Orden Franciscana en Italia y dio origen a una rama de la Orden de los Frailes Menores Reformados.
Muy cercana a la casa real, Beatriz acompañó a la infanta de Portugal en 1447 como dama de compañía en su boda con Juan II de Castilla. Su belleza atrajo a muchos pretendientes, tanto que despertó los celos de la infanta Isabel, que la maltrató hasta el punto de encerrarla durante tres días en un cofre: Beatriz invocó a la Virgen María, que se le apareció vestida de blanco y azul y la invitó a fundar una orden religiosa que defendiera la Inmaculada Concepción.
La joven decidió entonces consagrarse virgen en el monasterio de Santo Domingo de Toledo, donde se consagró exclusivamente a Dios durante 30 años. Más tarde, decidió fundar un nuevo monasterio y la Orden de la Inmaculada Concepción: apoyada por la reina Isabel 'la Católica' de Castilla (hija de Juan II e Isabel de Portugal), que le cedió el palacio de Galiana en Toledo con la iglesia de Santa Fe anexa, Beatriz se trasladó allí en 1484 con doce compañeras, iniciando así una nueva familia monástica, aprobada por el papa Inocencio VIII el 30 de abril de 1489 con la bula 'Inter Universa'.
La fecha de su muerte es incierta: algunas fuentes afirman que murió el 17 de agosto de 1490, sin profesar los votos. Otras, en cambio, afirman que murió en 1492, después de hacer los votos junto con las primeras hermanas.
Algunas biografías cuentan que cuando recibió la unción de los enfermos y se le retiró el velo del rostro, apareció en su frente una estrella -que más tarde se convertiría en uno de sus signos iconográficos- y que sólo desapareció cuando Beatriz murió.
Su culto se extendió pronto por toda España, pero los decretos de Urbano VIII impidieron su culto público.
Su proyecto de fundación fue llevado a cabo por los Frailes Menores y sus discípulas. Inicialmente siguieron la regla cisterciense, pero Alejandro VI con la bula «Ex Supernae Providentia» les impuso la de Santa Clara. Con la bula «Ad Statum Prosperum» del 17 de diciembre de 1511, Julio II aprobó definitivamente la Orden de la Inmaculada Concepción con una nueva Regla autónoma, que unía las enseñanzas de Beatriz con la regla de vida franciscana.
Su fama nunca se apagó y en 1926 Pío XI la declaró oficialmente beata; fue canonizada por Pablo VI el 3 de octubre de 1976.
En la homilía de canonización se dijo que «estaba dotada de la gracia de una devoción particular a la Inmaculada Concepción de la Reina del Cielo, de la que, desde que supo algo, fue íntimamente devota».