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Santa Clara de Asís

La plantita de Francisco

11 Agosto 2026

Clara nació en Asís en 1193 (o 1194), en la familia de los Offreduccio, una de las más destacadas de la ciudad umbra. «Su padre era caballero, y toda su progenie, por ambas ramas, pertenecía a la nobleza militar; de casa rica, con bienes muy copiosos en relación al nivel de vida de su patria» (LCl 1).

Las hermanas que testificaron en su Proceso de canonización, así como Celano, presentan a la pequeña Clara animada por el amor a Dios y a los pobres, un amor que crece con su edad y, según sus posibilidades, se hace cada vez más concreto: «Alargaba placentera su mano a los pobres y de la abundancia de su casa colmaba la indigencia de muchos. Y para que su sacrificio fuese más grato a Dios, privaba a su propio cuerpecito de los alimentos más delicados y, enviándolos a hurtadillas, sirviéndose de intermediarios, reanimaba el estómago de sus protegidos. (…) Era muy aficionada a la santa oración; en ella, rociada frecuentemente con la fragancia de lo alto, se introducía paso a paso y con diligencia en la vida espiritual. Y, al no disponer de otro medio con el que llevar la cuenta de sus oraciones, contaba ante Dios sus breves plegarias mediante unas piedrecitas» (LCl 3-4). «Todos los que la conocían la consideraban persona de gran honestidad y de vida muy perfecta; y que se aplicaba y ocupaba en obras de piedad» (Proc 1,1).

La muerte prematura de su padre, el exilio en Perugia a causa de las luchas entre los maiores y los minores de Asís, junto quizá con algunas dificultades económicas, son factores que probablemente contribuyeron a formar en Clara un carácter decidido y templado, cuya primera manifestación puede reconocerse en la negativa opuesta a sus familiares de contraer matrimonio.

Al oír hablar de Francisco, ya seguidor de Jesucristo pobre, quiso encontrarlo, atraída por su modo de vida evangélico y por el del pequeño grupo de jóvenes que ya se había reunido en torno a él. Los repetidos coloquios con Francisco la confirmaron en su intuición: aquella era la forma que deseaba dar a su relación de fe con el Señor. «En consecuencia, se sometió totalmente a los consejos de Francisco, tomándolo por su guía, después de Dios, para el camino» (LCl 6).

Dejando la casa paterna en la noche siguiente al Domingo de Ramos de 1211 o 1212, fue acogida por Francisco y sus compañeros reunidos junto a la pequeña iglesia de Santa María de los Ángeles. Allí Clara entregó al Señor, por manos de Francisco, su propósito de vida penitencial. En el Testamento, Clara narra así aquel tiempo decisivo: «Después que el altísimo Padre celestial se dignó iluminar con su misericordia y su gracia mi corazón para que, siguiendo el ejemplo y la enseñanza de nuestro bienaventurado padre Francisco, yo hiciera penitencia» (TestCl 24).

Acompañada después al monasterio benedictino de San Pablo en Bastia, fue alcanzada por sus parientes, que querían llevarla de nuevo a casa; pero la tonsura mostrada por Clara y el lugar sujeto a la jurisdicción eclesiástica los convencieron de desistir de su intento. Poco después, sin embargo, encontramos a Clara en otro lugar, junto a la iglesia de San Ángel de Panzo, en las laderas del Subasio, donde vivía un grupo de mujeres dedicado a la oración y a la caridad, siguiendo el ejemplo de las formas religiosas nacientes vinculadas a los movimientos pauperísticos o asimilables a las beguinas de Flandes. Alcanzada por su hermana menor Catalina, soportó junto con ella la reiterada, y esta vez violenta, hostilidad de sus parientes. La resistencia de la joven Catalina fue tal que Francisco cambió su nombre por el de Inés, en recuerdo de la joven mártir cuya Passio era bien conocida y cuyo Oficio litúrgico encontraría eco en los Escritos de Clara, sobre todo en las Cartas.

Escuchemos de nuevo el relato de Clara en el Testamento: «Y el bienaventurado Francisco, considerando que si bien éramos frágiles y débiles según el cuerpo, no rehusábamos ninguna necesidad, pobreza, trabajo, tribulación o menosprecio y desprecio del siglo, antes al contrario, los teníamos por grandes delicias, como a ejemplo de los santos y de sus hermanos había comprobado frecuentemente en nosotras, se alegró mucho en el Señor; y movido a piedad hacia nosotras, se obligó con nosotras a tener siempre, por sí mismo y por su Religión, un cuidado amoroso y una solicitud especial de nosotras como de sus hermanos. Y así, por voluntad de Dios y de nuestro bienaventurado padre Francisco, fuimos a morar junto a la iglesia de San Damián, donde el Señor, en poco tiempo, nos multiplicó por su misericordia y gracia, para que se cumpliera lo que el Señor había predicho por su Santo; pues antes habíamos permanecido en otro lugar, aunque por poco tiempo» (TestCl 27-32).

San Damián era una pequeña iglesia, la primera de las tres que Francisco había restaurado anteriormente, y precisamente allí había vivido un “encuentro” determinante con el Crucificado, por el cual se había sentido enviado a reparar la Iglesia, y una experiencia de profecía, referida por Clara en el Testamento: «Venid y ayudadme en la obra del monasterio de San Damián, porque aún ha de haber en él unas damas, por cuya vida famosa y santo comportamiento religioso será glorificado nuestro Padre celestial en toda su santa Iglesia» (TestCl 14).

En el pequeño edificio junto a la iglesia de San Damián, durante más de cuarenta años Clara vivió el Evangelio, junto con las hermanas recibidas por ella como don, según la forma de vida comunicada por Francisco. Aunque situadas dentro del cauce monástico tradicional, se presentaban en discontinuidad respecto de él. No les fue fácil obtener el reconocimiento jurídico de una vida en la que se pedía el permiso, más aún, el privilegio, de no poseer ningún bien que asegurara rentas, modalidad habitual con la que los monasterios proveían a su sustento. En un tiempo de cambios significativos y, en ciertos aspectos, radicales, como aquel en que Clara y las hermanas se encontraron viviendo, la historia registra el largo trabajo que ella sostuvo con fe y determinación. Continuo fue el diálogo con los papas que se sucedieron y que, por otra parte, mostraban gran estima por Clara, Gregorio IX en particular. El “Privilegio de la pobreza”, concedido por él en 1228, sancionó la posibilidad, para las Dominæ Pauperes de San Damián, de no tener ni recibir posesión alguna, viviendo confiadas totalmente al amor providente del Padre de las misericordias.

La existencia cotidiana de Clara fue humilde, pobre, entretejida de gestos de amor que ella aprendía mirando a Jesucristo, su hacerse carne viviendo la existencia humana hasta el don de sí en la cruz. Los relatos de las hermanas abren resquicios de la vida cotidiana: «fue de tanta humildad, que lavaba los pies a las hermanas. Una vez, al lavárselos a una servicial, se inclinó para besárselos. (…) Además de esto, la bienaventurada Clara servía el agua para que las hermanas se lavasen las manos, y por la noche las cubría para protegerlas del frío» (Proc 2,3).

La compasión de Clara es incondicional. Sabe hacerse cercana a las hermanas enfermas o en dificultad, socorriéndolas como le es posible, y lo mismo recomendará en particular a quien la suceda en el servicio de madre: «Consuele a las afligidas. Sea también el último refugio de las atribuladas, no sea que, si faltaran en ella los remedios saludables, prevalezca en las débiles la enfermedad de la desesperación» (RCl IV,12). Tiene en el corazón la suerte de sus conciudadanos, hasta el punto de que, durante un momento de grave peligro para Asís, cuya libertad estaba amenazada, invita a todas las hermanas a invocar el don de la paz: «Hijas carísimas, recibimos a diario muchos bienes de esta ciudad; sería gran ingratitud si, en el momento en que lo necesita, no la socorremos en la medida de nuestras fuerzas. (…) Acudid a nuestro Señor y suplicadle con todas veras la liberación de la ciudad» (LCl 23).

La “divina inspiración” que había movido a Clara iluminó también el corazón de otras mujeres, incluso de lugares lejanos de Asís, como el de Inés de Praga, hija del rey de Bohemia. Conocemos la profunda amistad entre ellas, tejida por consonancia en el Espíritu. Se conservan cuatro cartas de Clara a Inés, que manifiestan la profundidad de su relación con el Señor y la intensidad de su amor de madre y hermana.

En el largo y difícil camino que llevó al reconocimiento eclesial de la autenticidad de la forma de vida de las Hermanas Pobres, como serán llamadas por Clara en la Regla, la historia de la comunidad de San Damián se entrelaza con la de la Orden de los Hermanos Menores y resiente las dificultades afrontadas por esta inmediatamente después de la muerte de Francisco. “Plantita” del bienaventurado padre Francisco, como le gusta definirse, Clara custodia, viviéndola, la herencia del carisma recibido de él y, en los años posteriores a su muerte, se convierte en punto de referencia para muchos hermanos menores, sobre todo de los primeros tiempos. Junípero, Ángel, Rufino y León estarán presentes junto a Clara en los últimos días de su existencia terrena, vivida en gran parte en condición de enfermedad. Sólo dos días antes de su muerte, Clara recibió la bula con la confirmación papal de la Regla aprobada por el cardenal protector, Rainaldo de Jenne, el año anterior. Es el fruto maduro de la experiencia evangélica vivida por ella con las hermanas, la primera regla en la historia de la Iglesia escrita por una mujer para una comunidad femenina. Su núcleo fundante es vivir el Evangelio, en santa unidad y altísima pobreza, en escucha obediente del Espíritu del Señor, en actitud de conversión continua en las circunstancias ordinarias de la existencia. La acogida fraterna y materna de la otra y de todo “otro” se convierte en lugar de crecimiento de las relaciones, y se expresa con especial intensidad en el perdón recíproco y en el cuidado de las hermanas enfermas.

Clara murió el 11 de agosto de 1253, alabando al Padre, dador de todo bien: «Bendito seas Tú, que me has creado».

Dos años después, en 1255, el papa Alejandro IV proclamó solemnemente su santidad.

De Clara se conservan algunos Escritos: las cuatro Cartas a Inés de Bohemia, una carta a Ermentrudis de Brujas (de atribución incierta), la Regla, el Testamento, la Bendición.

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