El primero de enero de 2026 la ciudad de San Francisco, California, amanece con poca actividad comercial y social. El termómetro marca 11º grados centígrados y la lluvia se hace presente. Uno de los barrios céntricos de la ciudad es Tenderloin, conocido actualmente por su alta concentración de personas sin hogar, la venta y el consumo de drogas, sobre todo fentanilo, y la pobreza. En el corazón de ese barrio se encuentra la iglesia San Bonifacio a cargo de los franciscanos desde 1887.
9:00 am. La 121 Golden Gate Avenue atraviesa Tenderloin, y es ahí donde se encuentra el Comedor San Antonio. A esta hora del día empieza a notarse un grupo de personas formándose en fila. El Comedor fue fundado en 1950 por Fr. Alfred Boeddeker, OFM, quien era el párroco de San Bonifacio, iglesia bajo la cual nace la Fundación San Antonio cuya misión es “alimentar, curar, dar cobijo, vestir, levantar el ánimo de los necesitados y crear una sociedad en la que todas las personas puedan prosperar”.
Hoy en día, diez frailes franciscanos están al servicio de la iglesia San Bonifacio y de los diferentes programas gestionados desde la Fundación. Es una fraternidad intergeneracional, plurilingüe y multicultural que sabe combinar su vida fraterna con la exigencia del trabajo cotidiano. Uno de ellos ha tomado como apostolado salir por el barrio en búsqueda de los habitantes de la calle para ofrecerles sábanas, calcetines, gorros, impermeables, bufandas, o lo que reciba en donaciones, de tal manera que la noche sea lo menos inclemente posible.
9:30 am. Es la hora de llegada de los voluntarios que servirán durante las próximas cuatro horas. Los alimentos están listos, la sala del comedor luce limpia e higiénica. Aurelio, uno de los 260 colaboradores que trabajan en la Fundación, empieza a dirigir ejercicios físicos de calentamiento con el fin de disponer el cuerpo al trabajo. Luego se ofrecen indicaciones generales y se asignan las áreas de servicio: distribución de alimentos y agua, limpieza de mesas, atención a personas con discapacidades físicas, etc.
El pasado 7 de noviembre la Fundación San Antonio celebró los setenta y cinco años de existencia. Aquel humilde comedor de Fr. Alfred “se ha convertido en un vibrante centro comunitario que acompaña a más de 10,000 vecinos cada año”.
Dentro de los beneficiados de este programa están las personas sin hogar; las de bajos ingresos, pero con hogar, y dentro de esos dos grupos hay algunos que han caído en el alcoholismo o drogadicción.
10:00 am. El Comedor San Antonio abre sus puertas para recibir a los primeros comensales. El saludo más utilizado por todos es: “¡Feliz Año Nuevo!”. Media hora después las mesas del comedor están casi llenas. Los rostros, idiomas y acentos de las personas que las ocupan revelan su procedencia: Asia, Medio Oriente, Europa del Este, América Latina, África, etc.
Algunos de ellos han nacido en el país, la mayoría son migrantes. Todos saben que en este Comedor tienen un lugar que no sólo les ofrece un almuerzo, sino también los acoge con respeto y cariño los trescientos sesenta y cinco días del año. Además del almuerzo, pueden acceder a la distribución del desayuno y cena para llevar, así como también a la entrega semanal de una bolsa de alimentos.
12:00 am. Después de dos horas de intensa labor, los encargados del comedor le dan a una parte de los voluntarios veinte minutos de pausa con su respectivo almuerzo y después un cambio de servicio. Una vez concluido ese tiempo se hace lo mismo con la otra parte del voluntariado del día.
El Papa León XIV en su Exhortación Apostólica Dilexi te. Sobre el amor hacia los pobres, afirma que la condición de éstos representa “un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia” (n. 9).
La Fundación San Antonio se ha dejado interpelar por ese grito y en este momento responde a él a través de programas como el Comedor, ropa gratuita, clínicas para la salud física y mental, un centro tecnológico para reducir la brecha digital, servicio de higiene personal con duchas y lavandería, el programa de recuperación de drogas en vista a la reinserción laboral, asesoramiento para el empleo justo, empoderamiento de las mujeres, asesoramiento en temas migratorios y laborales, acompañamiento y orientación personalizados en diferentes ámbitos, etc.
1:30 pm. El comedor ha cerrado sus puertas, pero un hombre con rasgos asiáticos ha podido colarse. Los responsables y voluntarios se miran entre ellos sin saber qué hacer. Uno de ellos, con una sonrisa en su rostro, dice en voz alta: “Faltaba uno”. En seguida, le sirven el almuerzo.
El trabajo ha terminado. Una pequeña pantalla ubicada cerca de la distribución de comida reporta el número de almuerzos entregados en este primer día del año, a saber, 1574.
2:00 pm. Los voluntarios empiezan a dejar las instalaciones, experimentan el cansancio físico, pero también la satisfacción del corazón. A pocos metros del Comedor se encuentra la Iglesia San Bonifacio. A esa hora, se ve un grupo de personas saliendo de ella y recibiendo sus pertenencias que dejaron en la entrada. Son los beneficiados del programa Santa Clara que ofrece a los habitantes de calle al menos ocho horas de descanso en las bancas del templo, permitiéndoles un lugar seguro y cálido bajo el cuidado de un personal que los acoge, protege y atiende.
Cuando en el siglo III las autoridades del imperio romano pidieron al diácono san Lorenzo traerles los tesoros de la Iglesia, éste repartió entre los pobres las pocas posesiones que la comunidad cristiana poseía, presentó a las autoridades una multitud de pobres, lisiados y ciegos con la frase icónica: “Estos son los verdaderos tesoros de la Iglesia”.
En este lugar, los frailes franciscanos por más de setenta y cinco años han dignificado a las personas más pobres y vulnerables que deja sobre las calles la sociedad próspera y opulenta. Sin duda, ellos están convencidos dónde se encuentran los verdaderos tesoros de la Iglesia y, abrirles las puertas diariamente a ellos, es su mayor alegría.
Fr. Daniel Rodríguez Blanco, OFM
Director de la Oficina general JPIC