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Un nuevo comienzo

Discorso del Ministro Generale

06 Octubre 2022

El encuentro de las nuevas formas europeas de vida y evangelización se celebró en Roma del 6 al 8 de octubre de 2022. Discurso completo del Ministro General, Fr. Massimo Fusarelli, OFM.

UN NUEVO COMIENZO

Queridos hermanos, ¡que el Señor os dé la paz!

Bienvenidos a esta Casa General, donde rostros diferentes pueden encontrarse en el vínculo carismático común y tratar de expresarse de nuevas maneras, en una armonía que nunca está preestablecida.

Me encuentro en casa con ustedes, porque yo también formé parte de este movimiento y le debo mucho. Estoy íntimamente convencido de que hoy es vital para nosotros retomar este camino y sostenerlo.

Como sabemos, con la parábola de la fraternidad de Palestrina, desde la muerte de nuestro querido Hermano Giacomo y hasta su cierre, se detuvo el camino de encuentro y confrontación de las Nuevas Formas. Juzgué, después de haber escuchado al Definitorio General y al Secretariado General para la Evangelización, que era el momento de retomar los hilos de experiencias vitales muy significativas y relanzarlas. También escuché los deseos de varios hermanos entre nosotros. Agradezco a Fr. Francisco Gómez por creer en esto y por su compromiso con este fin.

El impulso de este renacimiento se aplica a toda la Orden extendida por el mundo. Aquí sois hermanos del continente europeo, donde la llamada a vivir el Evangelio resuena en un ambiente y un tiempo particulares. El mismo movimiento debe facilitarse en los otros continentes con sus especificidades. No hay que agotar el impulso hacia una vida de hermanos y menores, rica en entusiasmo del Evangelio que no deja de provocarnos e inquietarnos desde nuestro confort.

 

Un recordatorio

Las nuevas fraternidades tienen una importante historia (cf. Ite, Nuntiate 1.1, pp. 15-18), desde la Francia de los años 30 hasta antes y después del Vaticano II. Un movimiento importante, que preparó y acompañó la renovación conciliar en la Orden en diferentes contextos culturales y geográficos, con muchos rostros e importantes opciones de vida y renovación. De Europa a América, de Asia y Oceanía a África, pudimos escuchar muchas historias, muy fuertes y hermosas, tal vez las florecillas de hoy. Además, este tipo de nueva fraternidad está prevista en las Constituciones Generales (115.2) y fue promovida con fuerza por el Capítulo General de 2009 (Portadores del Don del Evangelio, Mandato 20) para “dar cuerpo” a la identidad y novedad de nuestro carisma.

Al mismo tiempo, aunque el impulso ha sido grande y generoso, esta novedad no ha encontrado, salvo en un caso, una forma institucional más lograda que estabilice las distintas realidades, muchas de las cuales han durado poco tiempo o han permanecido con los mismos miembros durante muchos años.

Además, parece ser el mismo camino que se dio para la reinterpretación del carisma depositado en las Constituciones, muy carismático e inspirador por un lado y por otro demasiado pobre en nuevas formas capaces de expresar esa novedad. Es una cuestión importante para nuestro presente y futuro: salir del vado de una renovación que no se ha producido con métodos necesarios hacia una nueva realidad. La tensión que experimentamos entre el modo de vida ordinario de los individuos y de las fraternidades y la llamada permanente que la persona y la intención de San Francisco mantienen viva entre nosotros, hoy más que nunca, nos impulsa a atrevernos más. Y no sólo eso. Un signo de ello es el amor de todos nosotros por la que llamamos forma minorum y el deseo de

varios, siempre entre nosotros, de dar más alma y poder vivir en nuestro tiempo según el fuego del carisma. Todo esto nos confirma que es necesario encontrar caminos para soñar y poder vivir un futuro compatible con el carisma y no sólo con la continuidad de una institución religiosa, que en muchas latitudes presenta ahora toda su fragilidad.

El trabajo de los últimos 60 años pone de manifiesto la tensión entre carisma e institución, en forma, por un lado, del formidable redescubrimiento de la inspiración “sanfranciscana” -la que corresponde a San Francisco y a la primitiva fraternitas como forma de vida- y, por otro, de la inspiración “franciscana”, la realización histórica del carisma a lo largo de los siglos, hasta hoy.

Al fin y al cabo, muchos de nosotros pensamos que el “sueño” de los orígenes era válido para un pasado mitológico, y que estamos llamados a dar continuidad y desarrollo a la Orden tal y como la conocemos, al servicio de la Iglesia para la humanidad de hoy. Bastaría con la misión pastoral, educativa y científica ordinaria llevada a cabo en las instituciones que el pasado, antiguo o reciente, nos ha dado.

Lo que hemos redescubierto con fuerza y pasión en los últimos 60 años es que la experiencia y la memoria viva que nos ha transmitido San Francisco no es tanto la de un conjunto de “obras” que hay que vivir y sostener, sino la de una vida según el Evangelio, como hermanos y menores, tras las huellas de Cristo pobre y crucificado: éste es nuestro testimonio -la vida convertida por el Evangelio- que puede convertirse también para muchos en un anuncio explícito con palabras.

Los numerosos y generosos intentos de renovación y, a continuación, las numerosas historias de nuevas formas de vida y de evangelización dan testimonio de hasta qué punto esta conciencia está viva entre nosotros y es una fuente de esperanza.

Hay que reconocer que esto no es reconocido de la misma manera por los hermanos, aunque sea el lenguaje de las Constituciones desde hace muchos años. No hemos interiorizado esta intuición, y en su mayor parte vivimos un modelo de vida pastoral, con algunas citas y compromisos comunes, en el que también queremos vivir bien, pero escuchamos con dificultad el aliento y la fuerza de la intención de San Francisco. Y esta realidad tiene importantes repercusiones en nuestra identidad común, en el estilo, en las opciones concretas y en el impulso que nos anima. Me parece que en su mayor parte no hablamos de todo esto, ya sea por miedo a las divisiones entre nosotros o incluso por falta de motivación o fuerza para cambiar. Debemos reconocer que muchos de nosotros se encuentran bien con las cosas tal como están o se resignan a no poder vivir de otra manera.

Esto no sólo no niega sino que reconoce y agradece la sincera y esforzada fidelidad de muchos en las presencias llamadas tradicionales, donde es posible vivir la Regla con plena coherencia. Al mismo tiempo, la fidelidad no es sólo un compromiso individual, sino algo que pertenece a todos, con valores y opciones visibles y verdaderamente compartidos en orden al carisma tal y como las Constituciones nos lo transmiten hoy, en las diversas y complejas situaciones. Es la tensión hacia esta búsqueda la que no puede fallar, aunque hoy sigamos siendo siempre inadecuados y muy individualistas.

Llevamos muchos años sufriendo esta situación y tal parece que no encontramos una salida. También reconozco que es impensable que todos lo hagamos de la misma manera. Alguien me ayudó a reflexionar sobre la unidad y la diversidad entre nosotros al vivir según el mismo carisma. Esto significa que no hay un modo unívoco de expresar el carisma y, por tanto, hay que dejar que algunos vivan según lo que el Espíritu del Señor sugiere al corazón de todos, a partir de la inspiración de San Francisco depositada en sus Escritos y en la tradición, de la que nos hacen eco las Constituciones.

 

La vida en el centro, en el mundo de hoy, para un futuro de esperanza

Siempre es vital y necesario que los creyentes volvamos al Evangelio. Escuchemos Marcos 2,21-22:

“Nadie cose un remiendo de paño sin tundir en un vestido viejo, pues de otro modo, lo añadido tira de él, el paño nuevo del viejo, y se produce un desgarrón peor. Nadie echa tampoco vino nuevo en pellejos viejos; de otro modo, el vino reventaría los pellejos y se echaría a perder tanto el vino como los pellejos: sino que el vino nuevo, en pellejos nuevos”.

La búsqueda de nuevos odres, es decir, de estructuras institucionales adecuadas para contener y conservar el vino nuevo del carisma, de nuestra siempre nueva forma de vida evangélica, ha sido y es un reto, y al mismo tiempo una llamada, para la historia franciscana contemporánea.

El encuentro que se abre hoy pretende ayudarnos a escuchar de nuevo esta llamada, con confianza, buscando el fuego que arde bajo las cenizas.

La vida es lo primero. En primer lugar está siempre “una vida radicalmente evangélica que pueda ser signo y testimonio del Reino para nuestros contemporáneos. Impulsado por los documentos de la Iglesia y de la Orden, el enfoque motivacional de los proyectos de vida se ha desplazado hacia la evangelización, sin olvidar, sin embargo, que la vida fraterna en minoría es la fuente primaveral de toda verdadera misión evangelizadora” (cf. Ite, nuntiate 1.1, p. 15).

En estos dos días, preguntémonos cómo estamos centrados en esta vida.

En este tiempo. “Nos dimos cuenta de que la novedad radical de los tiempos que vivíamos (la posmodernidad), sobre todo en el continente europeo, ya profundamente cambiado en muchos de sus paradigmas culturales, nos abría a nuevas preguntas y nos empujaba a síntesis inéditas; por otra parte, muchos de nosotros teníamos la clara percepción de que los lenguajes, los símbolos, los lugares y las modalidades que habían intentado expresar nuestra forma de vida hasta ahora ya no eran suficientes. Se sintió la responsabilidad de hacer cada vez más significativo el carisma, para que nuestra forma de vida recupere transparencia, claridad y fuerza evangelizadora, para ser signo y profecía.

A través de las experiencias que varios hermanos tuvieron la oportunidad de vivir entretanto, el Espíritu del Señor los orientó hacia un nuevo sentir, un nuevo pensar, un nuevo atreverse. Muchos hermanos, además, encontraron en las Nuevas Formas una respuesta concreta al deseo de renovación y frescura en su vida consagrada, luchando a menudo contra las dificultades y la incomodidad que nuestras estructuras ‘históricas’ provocaban en el camino espiritual, tanto personal como comunitario, del seguimiento de Nuestro Señor Jesucristo”. (cf. Ite, nuntiate 1.1, pp. 15-16).

La resistencia. Estoy consciente de que todo esto es recibido con inquietud por muchos de nosotros y vivido como una amenaza a lo que se está llevando adelante, incluso con generosidad. Sin embargo, no podemos dejar que se apague la pregunta en nosotros y preguntarnos juntos dónde estamos hoy en el camino y cuáles podrían ser los pasos para continuar los caminos de las nuevas formas de vida y evangelización. Está claro que

“Las Nuevas Formas de Vida y Misión pretenden revisitar las Fuentes, siempre frescas y nuevas, bebiendo del carisma original de San Francisco, el hombre ‘nuevo’ del futuro, para inspirarnos nuevas encarnaciones, nuevos modelos y estilos de evangelización, nueva pasión y nuevas estrategias misioneras” (cf. Ite, nuntiate 1.2, p. 23).

Posibilidades. Este empuje vive dentro de todos los hermanos, aunque tantas veces esté apagado o silenciado: no juzguemos, ayudémonos más bien a escuchar de nuevo esta voz profunda. Deseo, y queremos juntos, ayudar en primer lugar a los Ministros provinciales y Custodios, que tienen la tarea de discernir la inspiración de los hermanos que les han sido confiados, de animarlos y de seguir

de cerca la creación de nuevas fraternidades. También es importante apoyar en particular a los hermanos que se inspiran en las Nuevas Formas de Vida y Misión, para ofrecerles apoyo, simpatía y criterios orientadores en la realización de lo que arde en sus corazones. ¡Deberíamos tener tantos hermanos que quisieran atreverse más y arriesgarse, gastarse por esto!

El deseo que presento a vuestra escucha y discernimiento es el de empezar a pensar en fraternidades interprovinciales e internacionales, por qué no también interobedienciales, especialmente en el norte del planeta, donde la Orden está experimentando una gran reducción y cambio. Si miramos, de hecho, a nuestra familia dentro de 30 años en Europa, América del Norte y otras partes del mundo, es difícil negar que seremos muy pocos, en pequeñas fraternidades carentes de las grandes estructuras del pasado, dispersas en un amplio territorio e incapaces de vivir según la autonomía y la autosuficiencia incluso del pasado reciente. No me da miedo decir que en los próximos 30-50 años en estos territorios podremos tener unas realidades que llamamos provincias, aprendiendo nuevas formas de vivirlas, superando la forma actual. No se trata de un funeral prematuro, sino de la claridad de miras para sostener la confianza de querer vivir nuestra vocación en esta nueva condición y hacerla posible para los hermanos que el Señor quiera llamar. Somos responsables de ello. El discurso de las nuevas fraternidades tiene entonces sentido para mirar al futuro de una manera nueva, sosteniendo ciertas presencias y no limitándose a llevar lo existente hasta el agotamiento.

Estas fraternidades deben estar necesariamente unidas en sus opciones carismáticas y en su estilo (cf. Ite, Nuntiate n. 2.1, pp. 29-31) y, al mismo tiempo, diversificadas en su fisonomía y en su elección de presencia y misión (cf. Ite, Nuntiate n. 2.3, pp. 37-38).

 

¿Qué paso dar?

Necesitamos urgentemente ser testigos de la Christi vivendi forma, recuperando la ligereza y la audacia evangelizadora. Fr. Giacomo Bini nos pidió que reconociéramos la llamada “a pasar de la lógica de la conservación y la supervivencia a la lógica del don gratuito; de la estrategia de la espera en lo ‘cerrado’ a la audacia del encuentro. Estamos invitados a conciliar constantemente, dentro de cada fraternidad, Provincia y Orden, profecía y comunión, novedad y continuidad, con el respeto a cada hermano. Atreverse con nuevas formas de vida y evangelización no significa devaluar lo que se ha hecho o se está haciendo, sino sólo ‘elaborar nuevas respuestas... nuevos proyectos de evangelización para las situaciones actuales’ (VC 73). El criterio de verdad de toda forma de evangelización, nueva o ya existente, no es la supervivencia o la conveniencia, sino la correspondencia de nuestro estilo de vida con el Evangelio, con la Regla, con la ‘coherencia entre el anuncio y la vida’ (VC 85)”.

El paso vital, creo, es acoger y vivir el presente de la persona humana en nuestro tiempo, con la confianza de que es posible vivir la forma vitae depositada en la Regla y el Testamento -mediada por las Constituciones- en la perspectiva de la unidad en la diversidad.

En este camino, es posible una renovación de la institución-orden según el carisma:

· por una parte, captar en esa forma vitae algunos principios operativos inspiradores fundamentales y generales, válidos para todos los tiempos y adaptables a cada contexto, para proponerlos al camino de toda la Fraternidad universal, de las diversas Entidades y de cada Fraternidad local;

· por otro, garantizar el derecho de ciudadanía y el espacio institucional legítimo, dentro de la Orden y sus Entidades, a cualquier intento de proposición dinámica, fiel y creativa de esa misma forma vitae.

 

Conclusión

No hay conclusiones, porque las preguntas siguen abiertas y queremos volver a plantearlas juntos. Nos disponemos a revisar con gratitud los últimos años decisivos de la aventura humana y evangélica de San Francisco. Espero que también seamos capaces de hacerlo con audacia, animados por el deseo de escuchar y acoger la palabra profética que el Espíritu nos sigue entregando para nuestro tiempo.

Muchos me preguntan siempre cómo va la Orden. Mientras haya hermanos que se cuestionen, busquen y lo hagan juntos, creo que está bien. Si luego hacen opciones compartidas para decir con su vida que es posible no repetir, sino vivir el Evangelio hoy según la forma vitae que vemos en Francisco, entonces está bien. Lo creo, lo espero, y con amor y dedicación deseo por mi parte acoger esta voz de mis hermanos, apoyarla donde sea necesario, pedir incesantemente al Espíritu que la suscite, más aún, que la haga arder en nuestra fraternidad en el mundo. Sólo en este camino se superarán y vencerán las fuerzas de la muerte representadas por la extinción de la fe y de la vocación, con la consiguiente incapacidad de vivir y saborear con pasión y alegría la belleza de una vida en seguimiento obediente de Jesús, sin nada propio y casto por el Reino, para resignarse a vivir como pobres sustitutos. Con este deseo, ¡que tengan un buen encuentro y sobre todo que tengan un buen viaje!

Fr. Massimo Fusarelli, OFM

Ministro General

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