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Homilía – encuentro nuevos Min. prov. y Custodes

min07 RECORDAD LOS DÍAS PRIMEROS

(Heb 10, 32)

Encuentro con los nuevos Ministros provinciales y Custodios

(Roma, 28 de enero de 2011)

Fr. José Rodríguez Carballo, ofm

Ministro general, OFM

Heb 10, 32- 39; Sal 36; Mc 4, 26-34

Queridos hermanos: “¡El Señor os dé la paz¡”

Con esta Eucaristía concluimos este encuentro de los nuevos Ministros y Custodios con el Ministro y el Definitorio general. Sea esta celebración el momento culminante de nuestra acción de gracias al Padre de las misericordias por habernos llamado a ser hijos en el Hijo, habernos llamado a formar parte de esta familia de la Orden de Hermanos Menores, y habernos confiado el servicio de la autoridad, una manifestación más de su confianza en nosotros, a pesar de las muchas limitaciones que sentimos en el ejercicio cotidiano del gobierno y animación de los hermanos que nos han sido confiados.

Durante estas semanas, al inicio del “tiempo ordinario” del ciclo A, la Iglesia nos propone como primera lectura un texto tomado de la llamada Carta a los Hebreos. A juzgar por el texto que la liturgia nos presenta hoy, bien podemos afirmar que los destinatarios de este sermón, pues de un sermón se trata, aunque en un segundo momento se le haya dado forma de carta, están viviendo un momento difícil. La valentía con que han superado las pruebas que les ha comportado el ser bautizados ha venido a menos. En su lugar aparecen ya los primeros síntomas de cansancio, frustración y tal vez la mediocridad. Puede que incluso haya habido abandonos. Este diagnóstico es muy fácil deducirlo de una lectura atenta del texto. En este contexto el autor del sermón dice a sus cristianos: sed constantes, no perdáis la confianza, no os volváis atrás, y para ello traed a la memoria los primeros días cuando recibisteis el bautismo, y a causa de ello debisteis sufrir persecuciones de todo tipo (Heb 10, 32ss).

Es esta una situación que se repite constantemente no sólo en quienes hemos abrazado la fe, sino también en los hermanos que hemos abrazado una determinada forma de vida; no sólo en las comunidades cristianas, sino también en nuestras fraternidades. A la entrega incondicional de los primeros tiempos, a la pasión y al entusiasmo en la secuela de Cristo de los inicios, fácilmente siguen momentos de cansancio, de rutina, de resignación, de frustración, a veces incluso de abandono, y muchas más veces de una vida mediocre, verdadero cáncer de la vida cristiana, consagrada y franciscana. Y esto no sólo en los hermanos de a pie, como se suele decir, sino que también es posible que suceda en los hermanos que hemos sido llamados a ejercer el servicio de la autoridad.

A veces el cansancio y la frustración pueden venir del poco resultado que vemos en nuestros esfuerzos, o de la poca significatividad social que ocupamos en nuestra sociedad, sea como cristianos sea como consagrados. Ese fue el motivo del cansancio y de la frustración de los discípulos y de las primeras comunidades cristianas. En ese contexto el Señor les presenta la parábola de la semilla que encontramos en el texto del Evangelio que hemos proclamado (cf. Mc 4, 26ss). En ella el Señor les dice: no os preocupéis tanto del crecimiento. Éste corresponde al único que puede hacer crecer la semilla, hasta hacerla producir abundante fruto, vuestro Padre del cielo. A vosotros simplemente corresponde sembrar. En la otra parábola que hemos escuchado, la de grano de mostaza (cf. Mc 4, 30-32), y que pertenece al grupo de las llamadas parábolas de contraste,  pues contraponen los inicios al resultado final, Jesús pone en guardia a sus discípulos para que no juzguen por las apariencias y los resultados iniciales. El inicio es insignificante, pero con el tiempo puede llegar a ser uno de los mayores arbustos (cf. Mc 4, 32).

Creo que tampoco en estas parábolas es difícil reconocer la situación de muchos de nosotros. Queremos ver los resultados inmediatamente, y cuando no los vemos fácilmente decimos: para ello no merecía la pena tanto trabajo y tanto esfuerzo. Llevamos años luchando para cambiar nuestras vidas y la vida de nuestros hermanos y todo parece seguir igual. Es más, no faltan quienes nos digan: No lo intentes, no pierdas el tiempo, es demasiado tarde, nadie podrá cambiar esta situación… Después de mucho luchar por destruir los distintos ídolos que se adueñan de nuestras vidas y de la vida de nuestros hermanos, podemos llegar a decir como Elías: ¡Basta ya, déjame morir¡ (1R 19, 4). En contextos así os invito a releer una y otra vez estas parábolas de la semilla y del grano de mostaza, así como las palabras de aliento de la primera lectura de hoy, como si fueran dichas a cada uno de nosotros. Os invito y me invito a guardarlas en nuestro corazón, y hacerlas nuestras en los momentos en los que la tentación del cansancio, del abandono o de la mediocridad se hagan presentes en nuestras vidas; guardarlas en nuestro corazón para comunicarlas con pasión a nuestros hermanos que están sufriendo algunas de las situaciones a las que nos hemos referido, todas las veces que sea necesario: a tiempo y a destiempo (cf. 2Tm 4, 2).

Sí, hermanos: como al pueblo de Israel que había caído en el olvido del Señor y se había ido tras los ídolos, también hoy a nosotros y, a través de nosotros a nuestros hermanos, el Señor nos dice por boca del profeta: vuelve al primer amor, a la entrega llena de pasión al Señor (cf. Os 2, 9); y por boca del autor del sermón que hemos escuchado en la primera lectura nos repite: no eches a perder todo el camino recorrido marcado por no pocas dificultades pero superadas por el amor que me profesabas, trae a la memoria tus luchas, tu constancia y tu fidelidad no siempre fácil (cf. Heb 10, 32). Sé fuerte, se valiente, ten ánimo, espera en mí (cf. Sal 36).

Hemos de reconocer, hermanos, que de constancia, y consiguientemente de fidelidad, no andamos sobrados. A la primera dificultad se hace presente la tentación de abandonar la lucha y, los que un día hemos puesto la mano al arado, fácilmente miramos atrás (cf. Lc 9, 62). Hemos de educarnos y educar a la perseverancia. No basta mostrar nuestra disponibilidad inicial. Como María, al mismo tiempo que pronunciamos nuestro heme aquí (cf. Lc 1, 38), hemos de saber estarpermanecer, en los momentos gozosos, como Caná (cf. Jn 2,1), en los momentos dolorosos, al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25), y, en toda circunstancia, cuando nos necesiten (cf. Hch 1, 14).

Se puede decir que todo ello resulta difícil en una sociedad como la nuestra donde el relativismo y la temporalidad de las opciones se hacen palpables en todas partes. Es verdad. Pero si nuestra vida es sacramento de la fidelidad del Señor hacia nosotros, no podemos sino intentar con todas nuestras fuerzas mantenernos firmes en el propósito de vida que hemos abrazado.

En la fórmula de la profesión decimos: con fe y  voluntad firmes (cf. CCGG 5, 2). La fe es un elemento esencial si queremos permanecer fieles. Una fe que es confianza, una fe que es abandono, una fe que es disponibilidad al proyecto de Dios sobre nosotros. Sin una fe que envuelva a toda la persona nuestra vida carece de sentido. Pero por otra parte se requiere voluntad firme que se traduce en poner todos los medios para permanecer fieles. No todo depende de nosotros, pero nada se hará sin nuestra libre colaboración.

Señor, hoy nos dirigimos a ti como tu mismo nos enseñarte: “No nos dejes caer en la tentación”.

De la  tentación de la resignación, del cansancio, de la frustración, de la mediocridad y del abandono. Mantén siempre viva nuestra fe y firme nuestra voluntad para que en los momentos difíciles hagamos memoria de los primeros días, y nunca nos echemos atrás. María, Virgen disponible y fiel, alcánzanos de tu divino Hijo disponibilidad y fidelidad.