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En opinion de... Fray Massimo

Abril de 2026

25 Abril 2026

En el Amazonas y en Perú, algunas veladas culturales me ofrecieron una experiencia realmente intensa: bailes tradicionales en los que los colores, los ritmos y los movimientos crean una sorprendente síntesis entre las culturas de los pueblos originarios y la herencia europea, que hoy se funden en un mosaico lleno de vida. Participar en estos momentos resulta profundamente conmovedor: uno comprende de inmediato que no se trata solo de folclore, sino de cultura viva.

Al recordar esos momentos, me di cuenta de que un hilo común había atravesado todo el viaje de este mes, entre Brasil, Perú y Argentina.Al principio no era evidente. Surgió poco a poco, en los rostros, los lugares y las historias con las que me encontré a lo largo del camino.

En Brasil recorrí mundos muy diferentes —desde las tierras mineras de Minas Gerais hasta la Amazonía, desde el noreste hasta Mato Grosso, y hasta el sur—, donde conocí a frailes, hermanas clarisas y muchos franciscanos seglares. Después, Perú y Argentina, en Córdoba: otros rostros, otras voces. Un continente que escapa a cualquier síntesis.

Y, sin embargo, en medio de esta diversidad, hay algo que se repite.

Se percibe al entrar a un convento antiguo, al contemplar una fachada, al detenerse ante una imagen de la religiosidad popular. Un entretejido de historias: huellas de los pueblos originarios, memoria franciscana, legado ibérico. Nada ha permanecido igual que al principio. Y quizá ahí radique precisamente la clave: el carisma, al encontrarse con estas tierras, ha adquirido un nuevo rostro, sin perder su origen.

Esto se intuye también en los encuentros: en la sencillez de las fraternidades, en la cercanía con los pobres, en una fe que se expresa de múltiples maneras. Como si, a lo largo de los siglos, los frailes hubieran aprendido a hablar con diferentes acentos, convirtiéndose —entre aperturas y esfuerzos— en parte de estos pueblos.

No faltan las dificultades. En algunas regiones, sobre todo entre los pueblos originarios, la distancia persiste. El sentido del tiempo, de la relación con la creación y del “nosotros” por encima del individuo es diferente. Acercarse a la vida religiosa —con su impronta occidental— requiere tiempo, paciencia y delicadeza. Los frailes nativos son pocos. Recibiéndolos, podemos dejar que crezca una vida fraterna y misionera diferente, más integrada en las culturas. Caminos que no se pueden forzar.

Y, sin embargo, también aquí aflora una intuición más profunda: el Evangelio nunca llega a una tierra vacía. El Espíritu va por delante, siembra, prepara. Y con frecuencia somos nosotros quienes debemos aprender a reconocer, incluso antes que a explicar

Quizás esto es lo que he percibido con más fuerza: evangelizar no consiste, ante todo, en aportar algo, sino en dejarse alcanzar. Detenerse, escuchar, recibir. Descubrir que el encuentro transforma también a quien pensaba haber venido a dar.

Nuestro tiempo no es muy diferente al de Francisco, como nos recuerda el Decreto del Año del Centenario que estamos viviendo. Él también cruzó fronteras, se encontró con otros mundos y aprendió —no sin esfuerzo— a recibir antes que a ofrecer.

Este continente lo recuerda, con una fuerza serena e intensa a la vez. La misión no consiste en exportar un modelo.

Es dejarse transformar por el encuentro, con la confianza de que el Espíritu nos precede, ya está actuando en cada cultura y en cada rostro.

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Ministro General
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Fr. Massimo Fusarelli En opinión de Fray Massimo
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